|
Sueño
¿En dónde me encontraba? ¡Quién lo sabe!
Si a mis ojos la vida se escondía...
¿Un desierto, una gruta, un mar acaso?
Ni siquiera sé si era de noche o era de día.
Mis pies tupida alfombra de aguanieve
pisaban silenciosos;
se alzaban a mi paso mil reflejos
furtivos, vaporosos...
Marchaba sin cesar, como un autómata,
sumido en el sopor de la energía.
Mi mente, torbellino bullicioso,
en sueño agotador se consumía.
He aquí que, repente, entre las sombras
izadas por columnas de ceniza,
del mar de la tristeza surgió leve
un sueño prodigioso de alegría.
Al aire el pelo negro que en cascada
rompía en sus mejillas,
el busto abrasador, desafiante,
los ojos dos relámpagos del cielo
y los labios abiertos,
cual frescos manantiales.
Ceñía el grácil cuerpo leve túnica,
dejando comprender entre sus pliegues
la carne juvenil, tan fresca y suave
cual nubes de guedejas transparentes.
Sus labios, en cadencia misteriosa,
me envolvieron en velo de jazmín.
En sus ojos los míos se clavaron,
en sus labios ardientes me perdí.
Deleites que mi ser de soñador desconocía
produciéronme pasmo y confianza;
recliné la cabeza entre sus senos
que bullían con el mismo calor que da una fragua.
Me abrasé con sus besos y tomó
el paraje color y circunstancias.
Relucieron los astros en los cielos,
en el campo la flor lució sus galas.
Las cenizas del suelo se tornaron
fresco césped que el pie grácil surcaba;
las columnas de humo, manantiales
que la dicha sonora murmuraban.
Concepción de una vida que mi pecho
en su sueño tranquilo aún ignoraba.
Concepción de un amor que, en suave lecho,
en las noches de invierno nos ampara.
Los recuerdos se fueron del pasado,
de las aves en las ligeras alas.
Y mis labios rieron, pero entonces
además de los labios rió el alma.
Y mi voz se elevó allá a los cielos
con un eco piadoso en la plegaria.
Había descubierto que en la vida
algo más que los sueños y el genio es lo que manda.
El último calor, el más intenso,
a mi ser intranquilo conturbara.
Desvelé de mis ojos el reflejo
y entonces... no vi nada.
A
Concepción
|