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Sombra
¡Qué sabía mi vida del amor
si dormía a la sombra del ayer!
¡Qué tranquilo en mi pecho se abrigó
el sentido de amar y el del placer!
Tranquilo reposaba en mi jardín
de mágicos arbustos, cuyos dones
me dieron la virtud de no morir,
salvando mis instintos pecadores.
Dormía por las noches abrigado
de un manto que la Luna me bordó;
mi almohada eran los sueños y mi lecho
dos nubes regaladas por el Sol.
Bebía de las fuentes cantarinas
donde las ninfas dejaban su pudor
y frutos ignorados de los árboles,
de mi mano al alcance, me daban el vigor.
Una paz armoniosa me embriagaba,
no sentía las garras del dolor
y cantaba mi voz a las estrellas
bellos salmos compuestos en su honor.
Los dulces cervatillos, a mi lado
sin temor acudían a comer
y bandadas de hermosos ruiseñores
con sus trinos sonoros formaban un dosel.
Mi mirada era firme, sin temores,
con el brillo que presta la virtud.
En el fondo del alma relucía
la pureza del alma de la Luz.
Ignoraba yo el gusto de las lágrimas
y los ecos dolientes del suspiro,
la sonrisa en mis labios era eterna
cual si fuese una estatua de granito.
Y, dichoso, sintiéndome cansado
de vivir tan tranquila sinfonía,
en alas de Morfeo arrebatado,
mis párpados cerré a la luz del día.
La niebla rodeóme con sus brazos
que, helados, me causaron frío temblor.
Después vino la Muerte y una estrella
las simas de mis ojos alumbró.
A
Concepción
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