Las llamas del odio

Los sucesos ocurridos en San Sebastián el pasado domingo, causan la indignación de cualquier español bien nacido incluyendo, claro está, a los ciudadanos vascos de buena voluntad que se continúan sintiendo españoles aunque hagan uso de su legítimo derecho del amor a su patria chica y su orgullo encomiable de sentirse vascos. Igual que los andaluces aman a Andalucía, los catalanes a Cataluña y los madrileños amamos a Madrid, por mucho que nos asqueen los manejos de los políticos que nos rigen.
Un acto organizado por la izquierda abertzale, que en principio fue prohibido por el Ministerio del Interior y más tarde permitido por el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, amparándose en que la persona que lo había convocado, Ainhoa Iñigo, no estaba demostrado que tuviese vinculaciones con la formación ilegalizada Batasuna y que debía primar el derecho fundamental de manifestación, degeneró como era de prever en una charlotada indignante en contra de España.
Ese mal nacido que es Arnaldo Otegi, al cual no hay más que mirarle a la cara para darse cuenta de qué puede esperarse de él salvo violencia y asesinatos o instigación a los mismos, se ocupó de que aquella marcha, en principio pacífica, se convirtiese en una apología del terrorismo sanguinario de ETA. Sus palabras fueron caldeando el ambiente y, mientras él hablaba, tres encapuchados subieron al estrado e hicieron arder una bandera de España. Otegi, burlonamente, comentó: ¡Qué mal huele la bandera española!
Y a todo esto, la Ertzaintza debía estar tomando café porque no hizo el menor acto de presencia ni antes ni durante ni en momentos posteriores a estos desmanes.
Luego, ese cabrón con pintas, porque es que no tiene otro nombre salvo que deseemos recurrir a más fuertes apelativos, se cubrió las espaldas concluyendo su intervención con un grito en el cual cambió los términos. En vez de decir: ¡Gora Euskadi ta askatuna!, en clara relación con la banda terrorista, recurrió al ¡Gora Esuskal Herria ta askatasuna!, un juego de palabras que le permitió no mencionar las siglas de los pistoleros, para que no pudiesen acusarle de apología del terrorismo a pesar de que estaba claro que todo el acto en sí mismo lo era, como he dicho anteriormente.
Y en tanto, como también he citado, la policía autonómica vasca tomando café recluida en sus cuarteles. Deben hacer suficiente acopio del mismo para cuando se celebran esta clase de actos porque, si no, no se entiende esa pasividad. O cumplirán órdenes del lehendakari Ibarretxe, otro que tal baila.
Lo que es cierto es que cuando una serie de ciudadanos sale a la calle a reclamar un derecho en cualquier parte que no sean las provincias vascongadas, si no cuentan con la autorización pertinente del Ministerio del Interior automáticamente son dispersados a palos y sin contemplaciones. En el País Vasco es diferente. Allí los bandoleros campan a sus anchas y sin que nadie se preocupe de ponerles freno. Debe existir miedo de hacerlo.
Esa quema de banderas españolas son las llamas del odio que se ha ido fomentando a lo largo de los años en las ikastolas hacia todo lo español, inculcando en los jóvenes vascos que a ellas han asistido que España es la potencia ocupante, la fuerza represiva. Y esto ha sido permitido por los gobiernos centrales, tanto del PSOE en su momento como, posteriormente, el del PP. Se le ha dado manga ancha y cuerda larga a ese perro rabioso que es el nacionalismo llevado a ultranza. Y estos son los resultados. "Si nos hubiesen dado la autodeterminación no hubiese habido muertos", afirmó Otegi. Y "de este país no nos echa nadie. Los que sobran son los perros fascistas".
De ese país se le saca a ese animal rabioso en cuanto haya alguien que le eche bemoles al asunto. Pero ese alguien está cumpliendo condena por habérsele ido la mano en el caso de Lasa y Zabala. Me refiero al ex general Galindo, el militar más graduado de la democracia y que está recluido en una cárcel de presos comunes.
¡Parece mentira! ¿Es que no hay otro con las mismas agallas que él? Por lo visto no. O tienen miedo de acabar en su mismo destino. ¡Qué vergüenza!

 

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