|
La marca de Caín
La vida es una lucha constante contra la
muerte. De hecho, ya comenzamos a morir cuando nacemos y, al fin y al
cabo, la muerte no deja de ser una función fisiológica más de la
existencia. Pero una cosa es morir y otra diferente ser asesinado.
El hombre es uno de los pocos seres capaces de matar por algo más que
las leyes naturales. Los predadores acechan y cazan a sus víctimas para
conseguir alimentarse. Todos los machos en la Naturaleza compiten entre
sí en cruentas luchas para ser el poseedor de la hembra y mantener su
estado dominante, llegando hasta la muerte en dichas riñas. También el
primitivo "homo sapiens" tuvo que emplear la violencia
para librarse de las bestias que le acosaban y, como animal que al cabo
era, asimismo compitió por las mujeres y por mantener su territorio.
Dice la Biblia que el primer asesino del mundo fue Caín, cuando alzó
la quijada contra su hermano Abel. Seguro que había habido ya más
víctimas de la violencia homicida, pero hagamos caso a las Sagradas
Escrituras y creamos que sí, que todo el género humano lleva en su
frente, innata y bien grabada, la marca de Caín.
En la historia, y desde tiempos inmemoriales, han existido asesinos
célebres por sus macabras hazañas, desde tiranos, conquistadores,
dictadores y guerreros que gozaban tiñéndose de sangre las manos. La
ambición de conquista, las ansias de poder, la discrepancia de
religiones y la diferencia de razas han sido siempre causa de guerras y
matanzas. El genocidio de pueblos enteros por parte de sus dominadores
no es nada nuevo y propio del siglo XX. Se ha practicado desde siempre,
así como los crímenes por envidias y celos pasionales, por odios y por
las más meras disputas. Toda esta violencia es abominable, pero matar
por matar, por el simple deseo de acabar con una vida, es verdaderamente
demencial.
Todos los años nos enteramos de criminales aislados que operan en la
sombra hasta que son detenidos por la Policía. Esta vez le ha tocado a
España y al tristemente conocido por "el asesino de la
baraja". Alfredo Galán, natural de Socuéllamos y con
domicilio en Madrid y alrededores, antiguo militar en Bosnia y forzado a
extraer chapapote de las costas gallegas, no halló mejor distracción
que adquirir una pistola y, dejando de ver la televisión según sus
declaraciones, salir a la calle y poner fin a la vida del primero que se
le pusiera a tiro en condiciones que le permitieran la huida, dejando
sobre los cadáveres un naipe del palo de copas, hallado allí
casualmente y utilizado para alcanzar notoriedad. Primero el as, después
el 2 y así sucesivamente. Seis muertos ha dejado esta "enajenación
mental", aparte de dos heridos que tuvieron mejor fortuna. Y
todo, según explica, por comprobar qué se sentía al matar a una
persona. No tuvo más motivos. Verdaderamente inexplicable, por mucho
que los psicólogos quieran explicárnoslo. En un rapto de ira, en un
acaloramiento, accidentalmente, la muerte puede estar más o menos
justificada o por lo menos comprendida. Pero así, a sangre fría y sin
mediar causa alguna, es terrorífico.
Parece ser que, según las Leyes, podría ser condenado a 114 años de
cárcel pero los expertos afirman que en poco más de 14 pudiera estar
de nuevo en la calle. Incomprensible. ¿Cómo por el impago de una multa
de tráfico pueden las Autoridades volver loco al más pintado y por
acabar con seis inocentes la pena puede ser tan baja? Ya está
descartada la locura del citado sujeto; solamente era para él un juego,
una especie de divertimento. Y lo dicho, dentro de unos años estará
libre mientras sus víctimas duermen el sueño eterno.
¿Qué afán puede haber movido a este individuo a cometer tales hechos
y qué remordimiento no le habrá atosigado para que se haya entregado
voluntariamente, aparte de encontrarse borracho? Nunca lo sabremos, al menos los que no somos expertos
en los extraños mecanismos de la mente humana. Por más que queramos
entenderlo, no llegaremos a conseguirlo. Son cosas que no tienen cabida
en una cabeza normal.
Y como él, pero sin el renombre alcanzado, seguro que viven entre
nosotros otros muchos de igual calaña. Habrá que ir con sumo cuidado y
rezar al buen Dios para que no nos topemos con alguno de ellos, porque
la marca de Caín no es visible a simple vista aunque sí brille a veces
en los ojos de más de uno.
¿No podría la Ley ser más implacable para esta clase de delitos? O al
menos, no tan complaciente a la hora de remitir penas. El que mató
ayer, lo más fácil es que vuelva a hacerlo mañana, eso debemos
tenerlo por seguro. Si hoy pintaron copas, más tarde puede pintar en
bastos, que dicen que es todavía peor. ¡Quién sabe..!
A
portada |