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Objetivo alcanzado
Hace muy pocas semanas escribí, coincidiendo
con cualquier persona que tuviera dos dedos de frente, que España
había sido puesta en el punto de mira del terrorismo islámico merced a
la ayuda que el señor Aznar había prestado a los Estados Unidos en su
guerra de invasión a Irak. Lo dije y lo hemos podido comprobar muy
prontamente. Los atentados de este viernes pasado en Casablanca han sido
dirigidos principalmente contra centros españoles y judíos,
vertiéndose sangre de compatriotas nuestros, inocentes del todo y que,
en esta ocasión, no prestaban su trabajo para la Prensa, como los dos
periodistas muertos en la guerra. Éstas son las primeras consecuencias,
que no las últimas, de esa entente tripartita con Bush y Blair de
nuestro presidente de Gobierno.
Mañana, o el día menos pensado, puede ser en el Metro de Madrid o de
Barcelona. O en cualquier centro comercial ampliamente visitado por el
público. Está claro que las Fuerzas del Orden están sobre aviso y que
van a mantener una estricta vigilancia en nuestras fronteras, pero es
que da la casualidad de que el enemigo ya lo podemos tener dentro, entre
los miles de inmigrantes de origen marroquí y de otros países árabes
que residen en el nuestro.
Muchas gracias, señor Aznar, por habernos situado en una postura de
riesgo. Como muy bien le dijo en el Congreso el líder de la oposición:
¡Váyase y déjenos en paz! Y esto no eran ganas de echarle, que
el pueblo le confirió su confianza en su día y tiene todos los
derechos para mantenerse en su cargo. Era, simplemente, el deseo
manifestado por millones de españoles de no verse involucrados en un
conflicto internacional con nuestros tradicionales amigos, los árabes.
Pese a este rechazo a la guerra, y haciendo oídos sordos a tales
demandas, ya ha conseguido su meta: Meternos de lleno en él. El
objetivo, pues, ya está alcanzado,
obteniendo, de paso, la Medalla de Honor del Congreso de los Estados
Unidos a título personal. No me vale la excusa que me ponían
hace poco de que ello nos iba a permitir defender con la ayuda de los
yanquis nuestras ciudades africanas. Ésas habremos de defenderlas
nosotros solos si es que se considera mayoritariamente que merece la
pena hacer tal cosa.
Dejando estas "minucias" a un lado, este sábado nos
encontraremos en la jornada de reflexión de las elecciones municipales
del 25 de mayo. Ambos líderes, Aznar por el PP y Rodríguez Zapatero
por el PSOE, han convertido estos comicios en una lucha por el poder
como si de las generales del año próximo se tratara. Han intentado y
conseguido hacer de menos al contrario, acusándoles unos de no haber
cumplido las promesas efectuadas y sacando los otros a colación los
fracasos de anteriores gobiernos socialistas. En cualquiera de los dos
casos, una actitud que no beneficia en nada a los ciudadanos y que
además no es sincera. Los gobernantes del PP sí han cumplido en muchos
casos con su misión y a los actuales responsables del PSOE no hay por
qué restregarles los fallos cometidos por sus antecesores cuando
estaban en sus cargos.
Los españoles somos muy amigos de convertir unas elecciones a alcaldes
en un enfrentamiento general. Por unas similares cayó la Monarquía en
las del 12 de abril de 1931, dando lugar al advenimiento de la Segunda
República. Lo que era una simple elección de ediles se convirtió en
todo un referéndum sobre la fórmula de Estado que se deseaba. Está
visto que aquí sabemos muy bien sacar las cosas de contexto y que no
nos atenemos a lo que en realidad está en juego.
En esta ocasión va a suceder lo mismo. No se va a cuestionar al Rey,
pero sí es una guerra abierta entre la derecha y la izquierda, pensando
más en el año que viene que en quién puede representar mejor nuestros
Municipios y Comunidades ahora. Está visto que somos muy propensos a
mezclar las churras con las merinas y a apartarnos del fin primordial:
Elegir un buen alcalde o presidente de Comunidad, que luchen por mejorar
nuestras vidas cotidianas, sin tener en cuenta el signo que representen.
Pero esto no será posible mientras existan las listas cerradas y los
candidatos sean propuestos por los partidos políticos en virtud de las
órdenes de sus mandamases.
En el caso concreto de Madrid, posible llave del Palacio de la Moncloa
indudablemente, opino que el señor Ruiz Gallardón es el candidato
ideal para ser alcalde y no la socialista Trinidad Jiménez. ¿Pero
vamos a votarle a él a sabiendas de que ese triunfo le catapultaría
con toda seguridad a ser el sucesor de Aznar, dejando la alcaldía en
manos de sus segundos, entre los que se cuenta nada menos que Ana
Botella, la esposa del actual Presidente? No me parece nada sabio
hacerlo. Podemos votar al mejor alcalde y a los pocos meses puede que
nos hallemos con una alcaldesa no deseada. Si Ruiz Gallardón asegurase
que iba a mantenerse en su cargo al margen de los deseos del señor
presidente, con gusto le otorgaría mi voto. No siendo así, y más
después de haber disculpado los despilfarros de dinero del actual,
Álvarez del Manzano, por el mero hecho de ser de la misma tendencia, no
es mi decisión votarle. Y bien que lo lamento porque le considero el
más idóneo para ocupar el puesto. En la Comunidad no hay duda alguna:
Esperanza Aguirre no dio la talla en los diferentes cargos que ha
ocupado y no se merece ocupar el sillón en que en su día se sentó
Joaquín Leguina y que actualmente utiliza el candidato a alcalde. Va a
dar paso a un casi desconocido Rafael Simancas que ya veremos qué puede
depararnos porque es una verdadera incógnita, pero en este caso no se
debe aplicar el refrán de más vale lo malo conocido...
Y en el resto de España habré de suponer que ocurrirá tres cuartos de
los mismo. La lucha es entre partidos y no entre los que mejor habrían
de trabajar por y para el pueblo. ¿Para cuándo pues el cambio de la
manera de elegir a nuestros representantes? Es una cuestión de
urgencia, totalmente necesaria e ineludible, pero nadie se atreve a
variarla ya que es sabido que el que a buen árbol se arrima... Y
eso sería ir en contra de sus propios intereses creados. Sobre eso ya
escribió don Jacinto Benavente en 1907 y todo continúa lo mismo. Han
pasado casi cien años y es de esperar que pasen otros tantos y siga sin
arreglarse.
A
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