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Pornografía en la
red
Es cierto que cada cual, con su persona, puede
hacer lo que mejor quiera, pero cuando ya se mete en el honor y en la
intimidad de los demás y aún en la propia integridad física de otras
personas, pierde toda la decencia y hasta incurre en delito. Harto estoy
de repetirlo: La libertad de cada uno termina donde comienza la de
los demás. Pero, al parecer, es una práctica de la que alguna
gente no hace caso y por ello nos martirizan de forma tremebunda con sus
prácticas y sus ofertas abominables.
En mi correo electrónico se reciben todos los días varias cartas
proponiéndome el acceso a páginas web de contenido pornográfico, las
cuales van inmediatamente a la basura y quedan bloqueados los
remitentes. ¿Quién les ha dado a estos mi dirección para que pueden
enviármelas? Lo ignoro, sinceramente. Aunque hay casos en que, al
tratarse de envíos masivos a varios clientes del mismo servidor, está
muy claro que han sido empleados de esa misma empresa quienes han
brindado mis datos mediante el pago de alguna cantidad. Eso me suele
suceder, sobre todo, con mi correo de infonegocio.com, antigua
compañía perteneciente a Telefónica, del grupo Telefónica Data que
en la actualidad ya no existe. Se ve que algún trabajador descontento
con el despido ha procurado llenarse el bolsillo de algún modo y ha
ofrecido la cartera con todos los usuarios al mejor postor.
Desde luego que no voy a asustarme por entrar en una páginas de ésas.
Uno ya está curtido y ninguna escena escabrosa le atemoriza; pero me
fastidia, por no utilizar otra expresión más rotunda, que quieran y
que consigan meter en mis dominios cosas que no son ni de mi interés ni
de mi agrado. Por ello, y para evitarlo, me puse al habla con el citado
proveedor, actualmente ya telefonica.net y me dijeron que
tratarían de solventarlo. ¿Ustedes creen que lo han hecho?
Naturalmente que no e, incluso, en una de las respuestas que me dieron,
parecía como si yo me hubiera suscrito a aquella basura.
Es cierto que mi correo y mi ordenador estuvieron durante meses al
alcance de varios de mis colaboradores en la revista Primeraclase
y que hubo un sinvergüenza que accedió a documentos privados
manejándolos a su antojo. Dada la catadura moral de aquel individuo,
nada me extrañaría que hubiese sido él quien hubiera encargado dichas
suscripciones. Y como lo que queda dentro de una base de datos ya puede
ser utilizable por cualquiera, he ahí la razón de que reciba dichos
"encargos".
A mí me trae al pairo lo que a cada uno le agrade. Dice el refrán que
para gustos están los colores. Pero también hay otro que afirma
que hay gustos que merecen palos. El sexo es una cosa que me
agrada y de veras lamento no tener treinta años menos para poder
disfrutar de él como en aquel entonces hice. Pero no entiendo a quienes
se complacen viendo unas escenas pornográficas en una pantalla, en un
papel o en una película. Eso, como "puesta en marcha", y
siempre que te encuentres en agradable compañía, lo encuentro
tolerable y hasta puede ser que práctico. Pero como fin en sí mismo,
lo encuentro totalmente propio de mentes enfermizas y sin capacidad para
lograr relaciones en la vida real. Es como el uso de las célebres
muñecas hinchables y de otros artilugios que la técnica ha puesto al
alcance de quienes no pueden alcanzar el placer de modo natural y
lógico. Pero, vamos, tampoco voy a darme golpes de pecho por las
locuras de esas gentes que los utilizan. Cada cual, como he dicho al
principio, es muy libre de satisfacer sus deseos como crea más
conveniente.
Menos con la pedofilia... Por ahí sí que ya no transijo. Anchas
tendrá las tragaderas este villano, pero que se utilice a los niños
perversamente para calmar esas lujurias desaforadas me parece digno de
cárcel, si no de un mayor castigo.
Recientemente ha sido detenida una pareja de sudamericanos, no sé si
chilenos o peruanos, acusados de violar a una criatura de cinco años
para grabar y expandir a través de la Red sus escarceos sexuales con
ella. Sea donde sea donde haya ocurrido esta barbaridad, y otras muchas
del mismo estilo, ¡al trullo con los traficantes! Que no se merecen
otra cosa. Pero si malos son los que lo venden, no son mejores aquellos
que lo compran, pues está claro que no existiría oferta de un producto
si no hubiese la consabida demanda. ¿Qué placer puede obtenerse de ver
cómo se viola a una niña de corta edad y en saborear esas escenas?
Está más claro que el agua que sólo puede tratarse de un enfermo o de
un sádico, de un ser, en suma, que necesita urgentemente tratamiento
psiquiátrico. Mal está gozar con las imágenes de una mujer o de un
hombre desnudos, luciendo cuerpos perfectos y mostrando al detalle todos
sus atributos. Pero masturbarse observando los de un tierno infante, eso
ya entra dentro del terreno de la paranoia y de la criminalidad.
¡Habiendo como hay tantos adultos deseosos de complacer y de verse
complacidos, tener que recurrir a tales medios..!
Vivimos en una sociedad hipócrita, asquerosa y sin valores humanos. El
dinero es el principal motivo que nos mueve y con él se compra hasta la
conciencia de cualquiera. No hay Dios más poderoso que esos billetes
que todos necesitamos para subsistir en nuestra vida cotidiana y que
algunos emplean para adquirir todo lo que satisfaga sus más bajos
instintos. Por ellos se roba y se mata con tal de poseerlos y podernos
conceder cualquier capricho. Pero cuando se llega a esos extremos tan
inmundos, hay que atajarlos de la manera más contundente. Ya sé que la
Justicia los pena con dureza, pero aún poca me parece para castigar tan
asquerosas prácticas.
Por cierto, y quisiera avisar a algunos lectores que puedan no estar muy
al corriente: ¿Saben que hay páginas cuyo contenido promete ser
"interesante" sin llegar a traspasar esos límites? Pues
tengan mucho cuidado que, por menos de nada y sin que te des cuenta, te
conectan a través de un número 906 y luego viene la factura adecuada.
Tengan mucho cuidado con ver en dónde pinchan y antes de aceptar nada,
que después los sustos son morrocotudos. Aunque bien empleado les
estará a muchos que, por no hacer caso de tan sabio consejo como no lo
hizo la mujer de Lot, no se convertirán en estatua de sal pero sí se
quedarán de piedra cuando vean que les rascan el bolsillo. ¡Y más que
habría que rascarles, por pecar de curiosos!
Como lo natural no hay nada, que no me vengan con cantos de sirena. Y si
uno no puede conseguirlo, se hace voto de castidad y Santas Pascuas.
¿No les parece?
A
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