¡Estos hijos..!

Este lunes pasado me encontré con mi muy apreciado amigo Rabal, cuya historia tal vez conozcan los visitantes de mi web por su amoroso Relato. El caso es que le veo todos los días, pero apenas si pasamos de saludarnos, decirnos un adiós breve y conciso y luego él marcha a hacer sus cosas y yo acudo a mis quehaceres.
Pero este lunes vi algo en su rostro que me impulsó a detenerme y, tras el abrazo de rigor, me atreví a preguntarle que qué es lo que le ocurría, que le notaba la tristeza en el rostro y que, a pesar de su buen estado físico, parecía como si algo no le marchase bien.
- Pues verás... -. Me respondió. Y pasó a contarme su historia, no ya aquella de sus pasados amores, que sabe que la conozco y bien por haberla plasmado en los papeles, sino la que ahora le atormenta.
- Sabes que tengo tres hijos, una muchacha y dos chicos. A los tres procuré educarles lo mejor posible, les di cuanto pude dentro de un orden, porque yo nunca he sido amigo de que, necesariamente, usasen prendas de las llamadas "de marca", que eso no crea en los muchachos más que un afán de notoriedad que luego puede costarles muy caro en la vida si las cosas les vienen mal dadas.
Les pagué un colegio privado cuando eran niños; fueron luego a un Instituto Público a cursar el Bachillerato y, más tarde, cuando tuvieron edad de hacerlo, cursaron sus carreras en la Universidad. La chica no, porque no se le daban bien los estudios y prefirió hacer Formación Profesional en la rama Sanitaria, pero los dos varones sí valían para estudios superiores y procuré que los pudieran hacer.
Uno me salió muy bueno y cursó todos sus estudios en la Universidad Pública, concluyendo su licenciatura con veintiún años y haciendo, incluso, otra carrera porque le concedieron la beca Erasmus y el muchacho se desplazó seis meses a un país europeo para cursarla, acabándola ese año ya que le convalidaron casi todas las asignaturas. Y hasta se pagó su estancia dándoles, mientras, clases particulares a otros estudiantes mucho más torpes que él. Un chaval excelente, ya te digo. Con veintidós años tenía dos carreras y, tras de un año de trabajar en algo intrascendente para sus méritos, consiguió colocarse en un buen puesto y debe ganar bastante. No lo sé a ciencia cierta, porque nunca me lo ha dicho.
El otro también me salió magnífico. Por la nota que obtuvo en Selectividad no pudo cursar los estudios que pretendía y perdió ese curso haciendo otra materia que no le gustaba. Al final, le pagué una Universidad Privada y allí cursó tres años, consiguiendo por sus méritos que los otros dos se los diesen becado al cien por cien. Comenzó a trabajar sin haber concluido su carrera y obtuvo grandes éxitos. Ahora ya no trabaja en lo que fueron sus estudios, pero sí en lo que le gusta. Le marcha muy bien, al parecer.
Y la muchacha acabó a medias su carrera ya que no quiso continuarla a un rango superior, cosa de la que hoy en día se arrepiente porque, claro, gana menos y trabaja mucho más que si hubiera continuado estudiando. Pero fue su elección y no pude nada contra ella. O sea que, en resumen, estoy satisfecho de los tres. Les enseñé a trabajar y me ayudaron mucho, siendo muy jóvenes, en diferentes empresas que acometí y aprendieron el esfuerzo que significa conseguir el dinero. Creo que fue una buena forja que les servirá para toda la vida. Los tres son personas educadas y apreciadas, tanto en su trabajo como por sus amigos y estimo que tendrán mucho éxito en su porvenir.
El ambiente en que se educaron fue agradable. Yo procuraba todos los años que los Reyes Magos cumplieran bien su labor para con ellos. Y, ya te he dicho que sin excederme en tonterías que no hacen más que malear a los jóvenes, gozaron de cuanto pude darles. A uno le gustaba mucho el fútbol y yo le llevaba todos los fines de semana a que jugara sus partidos, ya hiciera frío o calor y aunque me repateaba tener que madrugar para acompañarle. El otro se definió por el kárate. Le ayudó a calmar sus nervios y le convirtió en la persona seria y responsable que es hoy en día. Aquello era particular, naturalmente, y buenos duros me costaron el gimnasio y las equipaciones, porque el niño crecía y cada año o poco más era un kimono nuevo. Consiguió el cinturón negro cuando cumplió los dieciocho. Un triunfador, ya te he dicho. Se casó va a hacer un año, después de adquirir un bonito piso en las afueras de Madrid. Parece ser que todo le marcha muy bien. El otro no se ha casado todavía, pero tiene intención de hacerlo próximamente. Ahora vive de alquiler, muy cerca de mí, a pocas calles. Y la chica, ya veremos porque, aunque ha comprado un piso a medias con el novio, un piso que creo que es muy majo y bien situado, a esos les veo pocas ganas de casarse dado que tienen escasos recursos para hacerlo, según ellos, aunque tengan para otras cosas; pero eso, ya sabes que tiene poca importancia en estos tiempos. Lo vital es que se quieran y que se respeten mutuamente.
- Pues chico, estarás muy satisfecho de tus hijos, creo yo...
-. Le comenté. -. Parece que te han salido personas de provecho.
- Sin duda que sí. Pero satisfecho, lo que se dice satisfecho... Pues no lo estoy. A raíz de mi locura por aquella mujer que relataste cuando yo te la conté, mis hijos sacaron a relucir todos los trapos sucios que, al parecer, almacenaban en su interior. Yo bebía demasiado en esa época. Y, por lo visto, les causé mucho daño con aquello. Pesaron más unos pocos malos ratos que les di que los muchos buenos que ya les había dado. Dieron más importancia a mis desmanes de borracho que a los cuidados que siempre procuré proporcionarles. De hecho, no conozco las casas ni de mi hija ni del mayor de ellos. Y en la del pequeño solamente estuve el día de su boda. No me llaman nunca por teléfono, salvo el día del Padre y si saben que estoy enfermo. Y si quiero hablar con ellos tengo que llamarles yo. Pero lo que más me duele, y con mucho, es que el sábado pasado, por aquello del Centenario del Atlético de Madrid, que es el equipo de nuestros amores, les dirigí a los tres, intentando recordar aquellos tiempos en que tan unidos estuvimos, un mensaje desde mi móvil haciendo referencia al anuncio de la efemérides: "Papá, ¿por qué somos del Atleti..?". Y ninguno de los tres me ha respondido. Parece como si yo no existiera ya en sus vidas...

Nada más añadió mi amigo a toda esta alocución. Me estrechó la mano y prosiguió su camino. Yo me subí a casa y, dándole vueltas a cuanto me había contado, no pude por menos que exclamar: - ¡Estos hijos..! Aunque, tal vez, Rabal se lo tenga merecido...

 

 

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