Me sobran mil palabras

Si he perdido mi tiempo suplicando
que esta guerra tremenda no estallara,
contra aquellos que no me hicieron caso...
me sobran mil palabras.

Si hoy que el mundo retiembla conmovido,
desgarrada su faz por la metralla,
contra aquél que forjara los cañones...
me sobran mil palabras.

No podré detener los bombardeos
ni curar esas carnes laceradas,
mas en contra de aquellos que eso aplauden...
¡me sobran mil palabras!

Remedando, con permiso, aquellos grandes versos de Blas de Otero, me he permitido escribir estos míos, pobres y humildes, pero no por eso menos generosos y expresivos. Mi último artículo y un posterior chiste sobre el presidente Aznar que me enviaron y, luego de corregirlo ortográficamente, hice correr entre mis corresponsales, me ha costado la pérdida de tres de ellos; dos, personas vagamente conocidas y, el otro, lo que más me duele, un buen amigo. Imagino que, aparte de estos tres casos que conozco y que me han manifestado que no desean volver a leerme, habrá habido otros muchos que opinen lo mismo pero no se habrán molestado en decirlo. A todo escritor le duele la pérdida de sus lectores y mucho más si gozamos de su amistad, pero si el conservar tanto unos como otros implica el hipotecar los pensamientos y la opinión sincera de uno mismo... ¡Bien perdidos se encuentren y que pasen de leerme!
Yo no voy a cambiar de idea sobre la guerra que ya está en marcha, por mucho que puedan amenazarme ni por variopintos que sean los insultos que reciba. Lo primero es ser honrado con uno mismo; lo demás es secundario e intrascendente. ¿De qué me sirve tener amigos si el primero que no está conforme con mis ideas soy yo? ¿Voy a discutir conmigo mismo? ¿Y de qué me vale que me lean si aquello que escribo no es lo que yo siento? Para eso, cuelgo la pluma de la Opinión y me dedico a escribir novelas de aventuras, que suelen estar mejor pagadas y tienen un mejor y más amplio recibimiento. O escribiré sobre los temas del corazón, que eso sí que da dinero.
Al fin y al cabo, tanta falta de recato exhiben las personas que relatan con todo lujo de detalles sus aventuras de cama, sin el menor pudor ni vergüenza pero sí a cambio de millones, como el señor Bush cuando nos cuenta cómo va a masacrar a una población inocente, anunciándonos incluso el día en que va a hacerlo. También cobrando bien por ello porque, si no, no se andaría con guerras.
Ya los idus de marzo están muy cerca. Parece que los conflictos que tiene Tony Blair con su propio Partido pueden retrasar unos días la anunciada fecha del día 17. Pero no será mucho más lo que le den de tregua al tirano iraquí. Porque que Sadam es un tirano, eso viene hasta en los libros de Historia, seamos claros. Hasta en el libro gordo de Petete, si me apuran. ¿Pero qué me cuentan de Bush y de su acólito, el señor Aznar, los cuales, valiéndose de una mayoría conseguida democráticamente - ¡ojo, que Sadam no subió al poder por la fuerza de las armas ni mucho menos! - van a entrar a saco en un país lleno de ciudadanos que no tienen ninguna culpa de verse obligados a soportar esa tiranía?
¿Podría el señor Aznar, que tanto ruega que le creamos lo que quiere decirnos sin dar mayores explicaciones, pensar por un momento qué hubiera ocurrido en 1945 si, una vez lanzadas las bombas atómicas sobre Japón y conseguida la victoria, a los aliados se les hubiera ocurrido pensar en que en España gobernaba un fascista que se había aupado al poder tras una guerra de casi tres años y masacrando a una gran parte de su pueblo? Porque en aquella época no existirían armas de destrucción masiva, pero las cunetas y las tapias de los cementerios amanecían todos los días repletas de cadáveres. Muy bien podrían haber decidido apartarle del poder, lanzando para ello un artefacto nuclear sobre una ciudad española medio industrializada, similar a Hiroshima o Nagasaki, que hubiera podido ser Valladolid o el importante puerto de Bilbao. También sería factible que ahora, para terminar con el terrorismo de ETA, Bush le haya propuesto lanzar esa bomba de 10 toneladas que acaba hasta con las hormigas, sobre la Bella Easo; es decir, San Sebastián o Donosti, como ustedes prefieran. Claro, que en Vascongadas no hay petróleo y no resultaría rentable realizar tal dispendio. Porque ahora resulta que para lo que quieren los Estados Unidos la aprobación de las Naciones Unidas no es para iniciar la guerra sino para que se la financiemos entre todos, como ya ocurrió con la del Golfo. Ellos ponen los hombres y los medios, que los tienen de sobra, pero los demás ponemos la pastizara, de la cual dicen que carecen. Eso, en mi tierra, se llama ser cornudo y encima apaleado. Ponemos el oro para pagar el acero con el que pueden matarnos. Porque si tanto Irak como los demás países árabes no habían tenido nunca nada en contra de España, incluso eran amigos nuestros en la época de Franco, ahora el señorito Aznar nos acaba de poner en el punto de mira de su venganza y bien puede ser que lo paguemos con nuestra propia sangre.
La otra tarde, José Antonio Labordeta tenía toda la razón en su intervención ante el Congreso. Cuando se dirigió al ministro, los diputados del PP no hacían más que reírse y no dejarle hablar. ¡A la mierda!, les dijo. ¡Lo que a ustedes les jode es que ahora hablemos los que siempre hemos tenido que guardar silencio y hemos estado perseguidos! ¡Coño, ya está bien! ¡A la mierda!
Ha habido medios que han criticado su lenguaje, pero es que cuando uno se ve impotente ante la injusticia y despreciado, como siempre, por los que eternamente mandaron, no es raro que saque los pies del tiesto y se le vaya la lengua. Así que unos la usan para soltar improperios y otros para lamerle los pies, por no decir otra cosa, al Emperador americano.
La guerra que se avecina es una infamia. Y amenazar a los aliados con derecho a veto con posibles sanciones económicas, otra mayor todavía. Al final, Francia se quedará sola, con el voto de Alemania, - ¡dos enemigos históricos irreconciliables unidos en una sola empresa! - , y sabrá escribir una nueva Beau Geste. Los españoles también escribiremos algo: Las aventuras de Mortadelo y Filemón, por ejemplo, en las que el primero asegura que su jefe es un capullo. Y fíjense si será cierta esta afirmación que Aznar hasta ha pensado en suspender las Fallas de Valencia del día 19 y celebrarlas en Bagdad, más por todo lo alto, más vistosamente y con mayor ruido de mascletás, el día 17. Aunque la fecha la tiene que poner todavía Tony Blair, ya que parece que sus seguidores sí tienen vergüenza y no acatan sus órdenes cual perritos falderos como ocurre en nuestro país. No habrá Fallera mayor pero sí el mayor de los salvajismos.
Y como le respondí al amigo que mencioné al principio y que se me enfadó, no me parece oportuno que el PSOE vaya a sacar tajada de este triste asunto para las próximas elecciones. Si ellos estuviesen, como ya estuvieron en el 91, a las órdenes de papá Bush, harían lo mismo aunque más ladinamente. También entonces intervinimos, pero entonces quizás sí existieran motivos para hacerlo. Ahora no existe ninguno.
Repito: Contra aquél que forjara los cañones, ¡me sobran mil palabras! Todo puede ser que vengan y me corten la lengua para que no las diga.

 

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