La paz: Una exigencia perentoria

El pasado sábado, día 15, millones de habitantes de este planeta se lanzaron a las calles de sus ciudades clamando contra la guerra, contra esa absurda e inútil guerra que el Presidente Bush y sus acólitos están dispuestos a lanzar contra Irak en contra de toda la opinión pública mundial. Parece ser que los recursos petrolíferos son más interesantes que las vidas de miles de inocentes víctimas que ya están seleccionadas por el megalómano remedo de emperador que es el presidente norteamericano. Es cierto que el dictador iraquí no le va a la zaga en vandalismo, pero eso no le presta razones al vaquero texano que, como un nuevo Jhon Wayne al mando del Séptimo de Caballería, está dispuesto a hacerse con el control de todos los recursos del país en que los arqueólogos ubican el bíblico Edén, pasando por encima de los cadáveres de quienes haga falta.
En cerca de 600 capitales del mundo la gente salió a manifestarse solicitando la paz, incluidas ciudades norteamericanas. Londres, París, Roma, Barcelona, Berlín, Madrid, etc... Sin distinción de razas ni colores, patriotismos ni partidismos. Todos fuimos a una, exigiendo el final de la preparación de la más innoble guerra, si es que alguna vez ha habido alguna que no haya sido digna de este calificativo, que los siglos van a ver. Y todo por el petróleo. Sadam Huseim será un dictador pero George W. Bush pasará a la Historia como uno de los mayores asesinos de todos los tiempos si cumple sus amenazas y sus deseos de atacar Irak.
Yo, personalmente, no soy amigo de este tipo de muestras de disconformidad. Tan sólo estuve en la que se celebró después del fallido golpe de Estado del 23-F. Y la verdad es que pocos minutos aguanté en la misma ya que la multitud me agobiaba. Pero este sábado me decidí y, una vez que pude ver en la televisión la que se estaba organizando, la verdad es que no me la quise perder y consideré que mi sitio estaba allí, entre los que se oponían a la guerra. Y tomando el Metro, después de enterarme de las dificultades existentes para desplazarse, creadas al parecer por el mismo Gobierno y por orden expresa del Ministro de Fomento de no incrementar el número de trenes a pesar de que sabían que iba a asistir una multitud, me dirigí a la estación de Sol, en el mismísimo centro de Madrid.
Desde luego que las pasé moradas en el viaje y más al acceder a la calle. A duras penas si pude asomar la nariz a la abarrotada plaza. Por fin lo conseguí y el espectáculo era impresionante. El gentío se agolpaba sin poderse mover y respirando de mala manera. Nunca en mi vida he visto un espectáculo como aquél.
Allí se mezclaban los portadores de pancartas y de banderas, pertenecientes sin duda a los Partidos de la oposición; pero también había muchas personas que no llevaban ningún distintivo ni expresaban consignas políticas contrarias al Gobierno, como se ha dicho. Allí íbamos a reclamar la paz y no a hacer política; al menos, la mayoría de la gente. Que hubiera otros que se aprovecharan de las circunstancias para fines electorales, no lo niego. Pero para mí que eran los menos, y tampoco los que precisamente gritaban más. Lo que se escuchaba allí era la voz del pueblo, de un pueblo soberano que no desea guerras y que no se inmiscuye en las tareas políticas. Un pueblo que solamente desea trabajar en paz, vivir en paz, amar en paz y que le dejen morirse a gusto y no por el vesánico deseo de unos desequilibrados. Y que exige lo mismo para todos los demás pueblos del mundo.
No sé si el señor Aznar estará sordo y no escuchará ese vocerío; pero ciego no creo que esté. Y las pancartas alusivas a su condición de sumiso a Bush eran bien expresivas. Desde la que decía "Ni guerra ni hostias" hasta la que le tildaba gráficamente de "lameculos" de Bush. La que más gracia me hizo, y es que el pueblo de Madrid tiene su gracejo propio, fue una que decía: "No sigas a un asesino e invítanos a un vino", queriendo expresar con esa consigna que era mejor irse de fiesta que ir a matar gente. Lo curioso del caso es que hoy, lunes, cuando escribo estas líneas, me entero que los organizadores del acto no culpan ya tanto a la Delegación de Gobierno por la falta de medios para asistir al mismo. Por lo que se ve, hasta ni ellos esperaban quedar desbordados por la afluencia de asistentes y por ello no pactaron un refuerzo en el transporte. Lo cual significa, ni más ni menos que, aparte de los convocados por su filiación política, hubo una manifestación espontánea de multitud de ciudadanos que, en vez de permanecer en sus hogares, calentitos, decidieron salir a padecer las inclemencias de la fría tarde madrileña, voluntariamente y sin seguir ninguna consigna.
Y esto es lo meritorio de tal actitud y lo que debe hacer recapacitar a Aznar.
Si miles de ciudadanos que seguramente le votaron hace dos años, ahora salen a exigirle que no utilice su voto como un cheque en blanco sino que tenga en cuenta su opinión, ¿a qué aguarda o qué ilusiones se hace para no hacer caso de tamaña advertencia? Sabemos que los votantes "de derechas de toda la vida" le van a votar lo mismo, entre en guerra o deje de hacerlo. Y que "los de izquierdas de siempre" no le van a votar, haga lo que haga. Pero, ¿y esa mayoría silenciosa, que el sábado dejó de serlo para clamar bien alto su descontento? Ésa es la que, a la postre, da el triunfo en las urnas o te lo quita. Y, por de pronto, Aznar ya la ha escuchado. Difícil papeleta piensa dejarle a su sucesor si no hace caso.
Que los inspectores de la ONU han comprobado que Irak no posee armas de destrucción masiva, como afirma Bush, eso ya está aclarado. Y aunque las tuviera, ¿qué país es el que no las tiene? ¿Es que no las posee España mismamente? Fabricar un barril de ántrax está al alcance de cualquier laboratorio químico un poco cualificado. Otra cosa es manifestar la intención de usarlas, como sí pudo ocurrir en el 91 cuando los iraquíes invadieron Kuwait. Pero en estos momentos, que yo sepa, no han amenazado a nadie. ¡Si no pueden hacerlo! ¡Si desde que terminó la Guerra del Golfo vienen siendo bombardeados todas las semanas a la mínima sospecha! El motivo de esta guerra no es otro, y todos lo sabemos, que el deseo de Bush de hacerse con los pozos de petróleo iraquíes. Lo demás son excusas de poca monta para engañar a los ingenuos y a sí mismo. ¿Y cuáles son las razones de Aznar y de Blair para secundarle en tal atropello? Sean las que fueren, o son inconfesables o todavía no nos las han explicado. Aznar se limitó a rogar que le creyésemos, que tuviéramos fe en lo que nos decía. ¿Desde cuándo es usted un dogma de fe, don José María? Que yo sepa, la Iglesia todavía no le ha beatificado ni le ha concedido el beneficio de la infalibilidad, como al Papa. Y Éste es el primero en discrepar de esta guerra atroz.
Los Estados Unidos pueden, para eso son el Imperio, hacer la guerra por su cuenta a cualquier nación, sin dar explicaciones a nadie; pero como desean contar con el beneplácito de los demás para disimular su soberbia, hasta apelan a la OTAN para defender a Turquía si ésta sufre un ataque de Irak cuando los americanos lo invadan. ¿De verdad que alguien cree que a los iraquíes les van a quedar ganas y recursos de atacar a nadie si son bombardeados tal y como se ha difundido ampliamente? Lo que ocurre es que los yanquis quieren contar con el apoyo y hasta con las fuerzas de la OTAN y por eso han sacado a relucir el tema. Lo demás es simplemente una filfa.
Mientras, Corea del Norte se hace el gallito y exhibe sus armas nucleares, capaces de alcanzar a la misma Norteamérica. Pero allí no hay petróleo que robar, así que se tratará diplomáticamente la cuestión.
"¡Qué paliza les dimos ellos a nosotros; ellos eran cuatro y nosotros ocho! Yo, como el más fuerte, me tiré al más flojo. Si no me lo quitan me saca los ojos."
Así se escribe la historia, efectivamente. ¡Qué poca vergüenza!

 

A portada

Hosted by www.Geocities.ws

1