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Morir a solas
Rara es la mañana en que no nos desayunamos,
últimamente, con la noticia en la radio o en la Prensa de que un
anciano ha sido hallado muerto en su domicilio, en el cual vivía solo.
El hallazgo se debe casi siempre a algún vecino que le ha echado en
falta al cabo de muchos días y que, temeroso, avisa a la Policía.
Personas que han fallecido a solas, y más viviendo sin compañía, las
ha habido siempre. Lo malo del caso, actualmente, es que su falta se
nota después de mucho tiempo, tanto que ya aparecen en total estado de
putrefacción cuando no momificados. Y eso no ocurría antaño.
En el edificio al que me fui a vivir cuando me casé, a mis 23 años,
éramos, si mi memoria no me falla, 89 familias. Con un promedio de
cuatro personas por cada una, de verdad que aquello parecía un pueblo.
De hecho, más de uno hay en España que no alcanza la cifra de 360
habitantes.
Pues a pesar de que el edificio estaba dotado de dos escaleras
independientes y cada una de dos ascensores, yo conocía personalmente
al menos a 300 de aquellos vecinos. De los padres, desde luego que raro
era el que me fuera desconocido. Con los pequeños ya era otro cantar,
aparte de que cada año nacían varios y el censo del inmueble iba en
crecimiento.
En Navidades celebrábamos fiestas y hasta venían los Reyes Magos a
visitar a nuestros niños. Íbamos de piso en piso acompañándoles y
tomando unas copillas que, gentilmente, nos ofrecían en cada familia
visitada. Mejor será no recordar cómo acabábamos la noche, porque no
sé si una vez hasta llevamos al Rey Melchor a hombros en vez de
montarle en su camello. Anteriormente, donde nací, éramos 12 familias,
formadas por más miembros normalmente, ya que en esa época se tenían
tres o cuatro hijos como mínimo, de media.
Al fallecer mi padre, en mi mente de niño recuerdo todavía la visita
de todos los vecinos, sin excepción, para manifestarnos sus
condolencias. Y mientras duró su enfermedad, raro era el día que no
subía alguno a visitarle.
De todos esos vecinos de entonces, de mi niñez y de mi juventud, yo
conocía vidas y milagros, oficios y carreras. Y hasta a alguno le
pillé yéndose de picos pardos; o sea, trayéndose a una pilingui a
casa aprovechando que estaba de "Rodríguez".
Hoy en día, vivo en la misma casa donde nací. Ahora ya tiene 14
inquilinos, pues ampliaron la altura y construyeron un ático. En estos
instantes, conozco "más o menos", (más menos que más), a
uno de ellos, el que vive encima de mi piso. Y le conozco porque era
amigo de mis hermanos, no por otra cosa. Pero no sé exactamente a qué
se dedica ni de qué vive. Del resto, sé que uno es sacerdote y abogado
y que tiene un hermano, también Licenciado en derecho, que vive casi
enfrente mío y tiene bastantes hijos, ya todos mayores. Y pare usted de
contar. No conozco más que de vista a alguna persona más, pero que no
me pregunten sus nombres porque es que los ignoro totalmente. Reconozco
más a los perros que algunos tienen en sus casas, por sus ladridos, que
a los dueños mismos. ¿Triste, no? Pues es lo común de la norma.
Los Ayuntamientos están estableciendo un sistema de vigilancia y ayuda
para todos estos ancianos que habitan solos en una casa, pero es
inútil. Muchos de ellos ni lo desean, porque les parece sentirse
controlados. Y a la mayoría es que no les alcanza el presupuesto
municipal para poder atenderles.
¿A qué se debe este fenómeno relativamente moderno? Porque antes,
nuestros mayores estaban bien atendidos por sus familiares, ya fueran
hijos o sobrinos. La causa tendría que explicárnosla un buen
sociólogo e invito a que alguno de los lectores que lo sea lo haga. Yo
me inclino por pensar que los jóvenes, que ahora tardan mucho más en
irse de casa por carecer de medios para hacerlo, cuando se van se van
definitivamente. Nos hemos hecho egoístas y cada cual quiere vivir su
vida libremente, sin ataduras y sin nada que le impida hacer aquello que
mejor le plazca. El esquema de la familia, fundamental en aquella
sociedad, se ha roto y ahora solamente existe, como mucho, el de la
pareja. Y cuando ésta se rompe, ni ése. La pareja permanece,
comúnmente, unida mientras tienen hijos pequeños, pero es que ni el
vivir en familia padres e hijos implica necesariamente que esta unidad
familiar sea un hecho. Cada uno va a su aire y tiene sus propias
amistades. Hace años, yo era amigo de los hijos de los amigos de mis
padres. Ahora, las amistades se escogen libremente y cuanto más
apartadas del núcleo familiar, mejor. Solamente hay un nexo de unión
ante el que todos se juntan: El televisor. Y entonces no se habla, sino
que se escucha y se mira. Cuando acaba el programa que ha conseguido
unir a todos durante un rato, cada cual vuelve a sus gustos o a sus
quehaceres. Esto es lo que ha conseguido la moderna sociedad en la que
vivimos y de la que dicen que formamos parte; pero será como números,
no como personas.
Los Centros Sociales para mayores tienen su éxito, mientras están
abiertos. Allí se distraen, pasan el tiempo, charlan y recuerdan
mejores tiempos. Pero luego llega la hora de volver a casa y la soledad
impera nuevamente. Un día uno cae enfermo y no tiene quién le haga una
tisana ni llame al médico. Existen Servicios de Control a los que
pueden avisar en caso de apuro, pero no deja de tratarse de una mera
contrata. Por muy eficientes y cariñosos que sean los miembros que en
ellos trabajan nunca llegarán a poder ofrecer el cariño de un familiar
allegado. El miedo que nos han infundido nos ha forzado a cerrar
nuestras puertas a todo lo que nos sea ajeno y también las ha cerrado
para la caridad y la compañía.
Mucho ordenador, mucho teléfono móvil, mucho aparato sofisticado...
Pero falta el más necesario, aquél que no puede ser suplido por nada
construido por el hombre: El amor sincero. Eso no se ha inventado y no
creo que se invente. Eso es creación divina y el hombre no puede hacer
de aprendiz de brujo y sacárselo de la manga.
Háblele usted a cualquiera de estas personas que viven solas sus
últimos años de los sucesos que acaecen en el mundo. No les importan
un bledo. Ni que ganen las derechas ni que ganen las izquierdas; ni que
haya guerras donde sea, ni que se hunda el mundo. Ellos no tienen con
quién comentarlo... ¿Para qué van a preocuparse? ¿Qué peor mal
puede sobrevenirles que vivir su solitario despertar sin esperar que una
mano les brinde su apoyo? Lo que ocurra fuera de su entorno no les
importa. Y su entorno son solamente ellos mismos.
Hace días escribí un relato en el que contaba que se murió mi vecino,
uno que conocía desde niño. Me enteré al cabo del mes y medio. Y
desde luego que no le echado en falta.
Es muy triste vivir solo, seguro. Pero morirse a solas tiene que ser
mucho peor. ¡Ojalá que a ninguno de nosotros nos ocurra! Y si nos
ocurre, que al menos tengamos el consuelo de que Dios esté a nuestro
lado en ese supremo instante. Al menos nos echará una manita para
superar tan difícil trance.
A
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