"Cosas veredes..."

Después de la ironía que me permití la semana anterior sobre las cualidades que deben tener los futuros ministros españoles, no quiero abandonar del todo esa fórmula de tratar los temas con un poco de gracejo y con buen humor, porque para llorar ya tenemos bastante con leer los periódicos o escuchar las noticias a través de la radio y la televisión. Y total, para cuatro días que vamos a vivir, como decía el difunto Tierno Galván: "Que el que no esté colocado, se coloque".
El señor Aznar y su ministro del Interior han sacado a relucir las leyes que se van a aplicar a los delincuentes a partir de ahora. Parece como en un partido de fútbol: La reiteración de faltas leves conlleva la tarjeta amarilla y la acumulación de dos amarillas, implica que te saquen la tarjeta roja. "Dura lex, sed lex", que decían los latinos; pero es que llevan razón, ¡qué demonios! No hay derecho ni es de justicia que un individuo que tiene cientos de detenciones a sus espaldas por delitos menores esté andando por las calles. ¡Joder, que todo tiene un límite!
¿Una persona es un peligro para la sociedad y va a volver a delinquir en cuanto salga? Pues, ¡hala!, al trullo hasta que aprenda a comportarse. Que trabaje como todos los demás; y si no le gusta, que emigre a donde se lo permitan, que en pocos sitios será.
Lo que no puede consentirse es que un miembro de las Fuerzas del Orden exponga su vida por detener a un maleante y a las dos horas, aplicando las Leyes vigentes, éste esté en la calle. El policía, y con razón, dirá: - ¡Que le detenga y se la juegue Su Señoría! Que además gana mucho más que yo y está cómodamente en su despacho mientras yo paso fríos y calores y cobro un asco de sueldo.
Por mucho amor a la profesión y sentido del deber, es lógico que piensen así y no se les puede echar en cara. Si los primeros que no colaboramos debidamente con la Justicia somos los ciudadanos, no se le puede exigir a un agente del Orden que se exceda en su trabajo. Así que, las penas se cumplen, que para eso se han impuesto. Y aunque dijera la excelsa Concepción Arenal aquello de "odia el delito y compadece al delincuente", hay delincuentes que se hacen odiosos por la misma característica de su delito. ¿Qué me cuentan ustedes de ese marido que hace que su mujer introduzca la mano en la sartén donde ha achicharrado las salchichas que le estaba cocinando y no han quedado a gusto del señor? Y su familia, encima, va y le da la razón y le defiende. Pues que podía meter él en el aceite hirviendo otra cosa que yo me sé, (y ustedes, amigas lectoras, que se están sonriendo picaronamente), a ver si hacía un buen sofrito y le tenían que poner una sonda perenne para extraerle la orina hasta que se muriera. ¿Y el que mata a su mujer y a sus hijos, en un rapto de locura, y luego se suicida? Pues que podía invertir el orden de los factores y suicidarse primero, que en este caso sí alteraría el producto. Me recuerda las palabras de Don Mendo, en la magnífica y gran comedia de Muñoz-Seca, cuando le dice a Magdalena que su puñal les dará muerte a los dos: "Primero lo hundiré en ti, ¡lo juro por Belcebú! Y luego, tú misma, tú, hundes el acero en mí". ¡Vaya rostro se gastaba el gachó, demonios! Primero la mata a ella y ,después, pretende que ella, estando muerta, le mate a él. Eso, en el teatro y con tan buen argumento y mejores versos, tiene su gracia. En la vida real, es que no tiene ninguna.
¿Y qué me cuentan de los emigrantes? ¡Benditos sean los que vienen a trabajar honradamente porque en su país no encuentran oportunidad de hacerlo, que son la mayoría! Demasiada desgracia tienen con tener que abandonar su tierra. Pero es que hay una caterva que vienen expresamente a delinquir, porque saben que aquí a las leyes se las toma por el pito del sereno. Y ese grupito de maleantes, afortunadamente no tan numeroso como se dice, es el que da mala fama a los demás. Luego se crea xenofobia y pagan justos por pecadores. Una cosa es que las leyes de la inmigración hayan estado mal aplicadas y no se haya tenido en cuenta que quizás no hacía falta tanta gente en un país que tiene un alto índice de paro, (y más que va a tener, como decía el ministro de Trabajo, porque cuanta más gente haya más gente buscará empleo), y otra que importemos a todos los chorizos de otros sitios, cuando ya tenemos los nuestros propios. Lo malo del asunto es que al pobrecito que robe una gallina para comer, porque tiene hambre, como le pasó al mítico Lute, le van a tratar igual o parecido que al mafioso que se desplaza desde Colombia cargado de droga o para cargarse a alguien. Y mientras, los verdaderos chorizos, esos del guante blanco que se han llevado los millones a espuertas, gozarán de los privilegios de poderse pagar los mejores abogados para que les pidan y consigan que les apliquen el tercer grado, la redención de penas y la Biblia en verso. Pero la vida es así. Creo haberles contado ya el chiste, (y si no, se lo cuento de nuevo), de lo que cada uno de los ministros de un gobierno quería hacer un año con el superávit que había habido. El de Transportes quería aplicarlo a construir más carreteras; el de Sanidad, más hospitales, etc... Y el de Justicia, más inteligente que ninguno, propuso que se construyeran mejores y más cómodas y confortables cárceles, dotadas de todos los lujos, para cuando les tocase a ellos ingresar en las mismas.
Y no hemos tocado el tema de la guerra que se avecina ni de los coreanos del norte. Eso, más que de chiste es de parodia. Al señor Bush le están indicando que en Irak no se han encontrado armas de destrucción masiva. Pues él se empeña en que las hay. Capaz será de metérselas de matute para que los inspectores de las Naciones Unidas las encuentren "casualmente". Pero que él tiene que armarla, eso está muy claro. Le interesa el petróleo que allí tienen y no se va a parar en barras con tal de conseguirlo. Como ya lo han hecho a lo largo de la historia, no me sorprendería que lo hicieran una vez más. Ya enclavaron una guarnición de facinerosos, por mucho que John Wayne nos cuente que lo de El Álamo fue una gesta, en medio de Texas, para conseguir librar una guerra contra Méjico y apoderarse de los estados más ricos y que les interesaban. Y el acorazado Maine no se hundió debido a un sabotaje español, sino a una explosión de las calderas que también pudo ser provocada por ellos mismos para culpar a los españoles. Y la treta de Pearl Harbour, dejando allí los barcos viejos como cebo para las ansias imperialistas de un Imperio Japonés al cual habían restringido antes los recursos económicos, está bien descrita en los libros. Si unimos a eso que lo de las Torres Gemelas no hay Dios que se lo explique todavía, ya no hay que asombrarse de nada. Y el señor Aznar, mientras, como un corderito, haciéndoles el juego.
Lo de los coreanos tiene más miga. Es una potencia nuclear y, además, peligrosa. Pero con ellos van a tratar diplomáticamente. Primero, porque no tienen petróleo; luego no les interesan como objetivo. Y segundo, lo que es más importante, porque esos sí que tienen armas de destrucción masiva, comprobado, y están dispuestos a utilizarlas. Total, que conlleva un riesgo importante y no es cosa de que te pongan morado un ojo si te pegas con el más fuerte. Es más fácil pegarle al débil, al indefenso, porque seguro que ganas, con suerte.
Decía mi padrino: Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, pues Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos. Y es que la Historia se repite desde los tiempos del hombre de Atapuerca. Hay que ponerse al sol que más calienta aunque no lleve razón, que ya saben que "el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija". Lo peor del caso es que, cuando hay tormenta, los árboles suelen atraer los rayos y, muchas veces, el que está a resguardo, tan a gustito, sale chamuscado.
Ya lo dijo Don Quijote, aquél divino loco: "Cosas veredes, amigo Sancho...". Ya las iremos viendo, si Dios quiere. Y si no, será muy mala señal.

 

A portada

Hosted by www.Geocities.ws

1