Libertad de conciencia

En estos días en los que la atención de todos los medios de comunicación han estado y están, lógicamente, pendientes de la gran catástrofe originada por el petrolero Prestige y de la desolación que amenaza a nuestras costas y a las gentes del mar, ha surgido una noticia que habrá pasado desapercibida para el gran público, pero que sí ha sido oportunamente recogida por los periódicos y la televisión: La sentencia del Tribunal Constitucional a favor de un joven periodista que, en septiembre de 1997, decidió rescindir su contrato con el diario Ya, anteriormente uno de los de mayor tirada y en aquellos momentos editado y dirigido por dos ambiguos personajes: El siempre controvertido abogado Emilio Rodríguez Menéndez, célebre por sus casos truculentos y por haber ejercido como abogado sin poseer el título, por su casa zoológico en Las Rozas (Madrid), por haber sido objeto de un intento de asesinato por parte de su esposa y, sobre todo, por no pagar ni a sus empleados ni a ninguno de sus proveedores. El otro implicado, el director, era Javier Gómez Bleda, militante, al parecer, de Falange Española y que provenía de un panfleto que editaba por tierras de su Albacete natal.
Rodríguez Menéndez es ampliamente conocido por el público en general por haber defendido a "la dulce Neus" y al "Dioni", aparte de otros casos de menor relieve pero que tendrían mayor trascendencia si fueran sacados a la opinión pública, (se dice que tiene contactos con capos del narcotráfico), a los que ha sacado las castañas del fuego alguna vez. Pero su mayor fama la debe, aparte de las decenas de denuncias que tiene interpuestas en el Colegio de Abogados por su manera de trabajar, saltándose a la torera una y otra vez todas las leyes del Derecho, al chantaje que quiso ocasionar al director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, con la publicación y difusión de un video escabroso, motivo por el cual ha sido condenado, junto con su lacayo Javier Gómez Bleda, recientemente, a varios años de cárcel, cuyo apelación está en trámite. También la montó, aunque esto fue tan ingenuo que a lo único que inspiró fue a la risa, cuando "encontró" al tristemente célebre Anglés, el asesino de las niñas de Alcacer. Luego se demostró que todo era un montaje para vender periódicos y que el pretendido Anglés, entrevistado a bombo y platillo por Rodríguez Menéndez, solamente era un actor argentino de segunda o tercera fila que se prestó a tal juego con tal de ganar algo de plata.
Pues el bueno de Bleda, cuando se hizo cargo de la Dirección del diario Ya, puesto por el que habían pasado sucesivamente diversos grandes periodistas y que habían tenido que dimitir por no aguantar las incongruencias e impertinencias del barbudo y obeso Rodríguez Menéndez, (ignoro cómo ha sido también célebre en las revistas del corazón con ese aspecto de todo menos de galán que tiene; será por el dinero que debe gastarse con sus amantes y por el mismísimo asco que les dé a ellas, que deben ser morbosas), quiso imponer un orden nuevo en una plantilla que, primeramente, no cobraba como Dios manda y que, además, carecía de medios para trabajar. Les tenían cortado el suministro hasta las Agencias Informativas. De aquella plantilla de trabajadores, a los que se les exigía más de lo que podían dar, surgió un muchacho de 24 años y le planteó directamente, fruto de su corta edad y de su valía como redactor y como hombre, al implacable director las necesidades que tenían. Sus compañeros no dudaron ni un segundo que aquella era la última vez que le veían por la Redacción, ante su rasgo de audacia. Pero Bleda, que a veces tiene rasgos de lucidez, y Rodríguez Menéndez, que como buen sinvergüenza no tiene un pelo de tonto, plantearon al muchacho que si deseaba ser subdirector del periódico. El joven pidió quince minutos para pensarlo, tiempo que aprovechó para telefonear a su padre y pedirle consejo. Éste le dijo: - "¡Adelante, con dos cojones!". Y el muchacho aceptó el puesto, obteniendo relevantes éxitos. A todo esto, seguía sin cobrar su salario de redactor, naturalmente, así que el de subdirector ni le vio.
Días después, un festivo que descansó, pudo leer que el Editorial que salía en el diario, en vez de ser el que él había dejado listo para máquinas, era uno que había escrito el melifluo abogado, insultando nada menos que a la persona del Rey, exactamente llamándole traidor por no haber asistido a los actos conmemorativos del Quinto Centenario de la ciudad de Melilla.
El joven periodista tuvo una conversación con su padre, vieron las responsabilidades en que podía incurrir él personalmente ocupando tal cargo en un periódico que había cambiado radicalmente su línea editorial y, siguiendo los paternales consejos, dimitió de su puesto, presentando ante el Juzgado de lo Social la oportuna demanda, acogiéndose a la cláusula de conciencia que ampara a todo periodista. Este Tribunal desestimó la demanda, aunque reconoció la deuda de salarios, ante lo cual recurrió al Tribunal Superior de Justicia de Madrid, el cual tampoco le dio la razón con fecha 5 de mayo de 1998. Por ello, apeló al Tribunal Constitucional y, ahora, al cabo de casi cinco años, se le ha dado la razón en virtud del artículo 20.1 de nuestra Constitución, que dice:
Se reconocen y protegen los derechos:
a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
b) A la producción y creación literaria artística, científica y técnica.
c) A la libertad de cátedra.
d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. La Ley regulará el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas libertades.
O sea, un periodista no puede ser obligado a mantener unas tesis, o a colaborar a que se publiquen las mismas, si no está de acuerdo con ellas y rompen la tradicional línea de un medio en el que trabajaba con anterioridad. Es un complemento más de la libertad de expresión, detallado en el apartado a). Este derecho debería ser ampliado a todos los trabajadores en general, pero los periodistas gozan de él precisamente por la profesión que ejercen. Si un comunista compra el diario ABC, tradicionalmente monárquico y conservador, no puede obligar a sus redactores a atacar sistemáticamente a la Monarquía, por ejemplo. Igual que si en El País entra un editor de derechas y pone a parir a la izquierda. Cada medio tiene su propia línea de conducta y no pueden ser alterados arbitrariamente por los caprichosos deseos del nuevo dueño.
La Justicia ha sido lenta, pero se ha definido rectamente al final. El caso no sería importante si no fuese la primera vez que ocurre en España y, por tanto, sienta jurisprudencia. Ahora veremos cuándo cobra lo que se le debe el hoy todavía joven periodista, 29 años, que comer no se come del aire, pero el caso está ahí.
Libertad de expresión. Libertad de conciencia. Libertad, en suma, que ha costado muchos años y no menos vidas alcanzarla.
Felicidades por tu tesón, Francisco Escobar Jiménez, querido hijo mío. Has sabido dar ejemplo de cómo debe actuar un PERIODISTA y, sobre todo, de que los tienes bien puestos. No, si ya se dijo que "del casta le viene al galgo ser rabilargo...", por la parte que me atañe. Un beso y un abrazo muy fuerte para ti, que espero te dediquen también todos los lectores de esta humilde sección.

 

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