|
Un hombre en casa
Las nuevas costumbres han impuesto
generalmente que casi todos los trabajadores tengamos nuestro puesto
laboral lejos de nuestro domicilio. Y a veces, demasiado lejos. Tanto
que nos lleva horas el acudir a nuestro cometido diario y, casi siempre,
más aún el volver, por la razón de que las horas de entrada son
dispares pero las de terminar son parejas y se forman las consiguientes
retenciones de tráfico en las carreteras y las aglomeraciones en los
medios de transporte públicos. Así que una jornada laboral de ocho
horas se transforma en doce como mínimo, contando con el tiempo
empleado en comer que, obligatoriamente, hay que hacerlo fuera de casa.
Por ello, el sueño de todo trabajador es tener el curro al lado de la
morada, para evitar gastar tiempo y dinero. Pero es tarea difícil de
lograr y pocos lo consiguen. Verdaderamente, si se pusieran las oficinas
y los talleres cerca de donde vive cada uno, se podrían evitar muchas
crisis de nervios causadas por las interminables caravanas de
automóviles y se ahorraría muchísimo dinero, tanto en tranquilizantes
como en combustible.
Pero el sueño dorado, ése que solamente logran unos pocos, es ni más
ni menos que ejercer la profesión a pie de cama, en el mismo hogar. De
esa manera, no se gasta ni en zapatos. Hasta se puede trabajar en
pijama, salvo que seas un profesional que tiene que recibir público,
como pueden ser abogados y médicos. La tranquilidad que proporciona
saber que no tienes que pisar la calle ni ir con el tiempo justo es la
mayor virtud que tiene dicho sistema. De esta forma, enfermos de los
nervios por llegar tarde no estaremos nunca, pero seguramente lo
estaremos, y a no tardar, de otra cosa: De hastío.
Viene a cuento este agotador preámbulo sobre la discusión que tuve
hace tiempo con una conocida, en la que hicimos referencia al trabajo
que lleva a cabo un buen amigo que, despedido tempranamente de la
empresa donde había transcurrido su vida activa, (ya se sabe que ahora,
a partir de los cuarenta no jodes pero sí atormentas y eres ya viejo
para cualquier labor que no sea la de jubilado), se dedica a hacer
negocios desde el despacho que se ha instalado en su casa. Al hombre no
le va mal. Pasa el día conectado mediante su ordenador a Internet y
posee información de bastante primera mano, con lo cual sus gestiones
son fructíferas y se traducen en buenos euros con los que cubre sus
necesidades. Está cómodo y no tiene que desplazarse más que lo
preciso para extraer dinero del Cajero Automático cuando le es
necesario, porque el resto de los pagos y los cobros ya los realiza a
través del Banco y hasta la compra la hace por medio de la Red. Pero se
aburre. Y no se aburre de su trabajo, aunque no es el que ejerció desde
joven, sino de estar todo el día en el mismo sitio, entre las cuatro
mismas paredes y, sobre todo, de sentir íntimamente que molesta a su
querida esposa. Él procura no salir de su recinto y no estar rondando
por las habitaciones pero, a pesar de ello, sabe que estorba. Todavía
no le han puesto la segunda línea telefónica y tiene que efectuar sus
llamadas desde el teléfono familiar, con lo cual ella no puede hablar
con su madre o con sus amigas cuando lo necesita o le apetece y, aunque
durante los primeros meses no protestó mucho, ahora ya lleva tiempo que
sí se queja. ¡Es que es molesto que el marido no salga a las 7 de la
mañana y tener que soportarle y escucharle durante todo el día, sobre
todo a esas horas que ella dedicaba a sus dicharacheros compromisos!
Además, la factura telefónica ahora asciende a mayor importe, aunque
no haya mucha diferencia ya que la que verdaderamente rajaba era ella, y
eso no lo ve traducido (o no quiere traducirlo) en los ingresos que él
obtiene.
Al principio, mi amigo adoptó la costumbre de levantarse, pasar por la
ducha y la cuchilla de afeitar, como si fuera a ir a la oficina lejana,
y tras desayunar, sentarse a su mesa y comenzar su labor. Hasta que un
día, una gestión muy mañanera le obligó a acudir al teléfono sin
pasar por el lavabo. Aquel día hizo un buen negocio y se percató de
que lo mismo daba, para los negocios que realizaba, estar afeitado y
pulcro, con el pelo bien peinado y en condiciones de revista, que estar
hecho un Adán. Total, nadie iba a verle... Y empezó a dejarse de tanta
pulcritud y a espaciar las duchas y demás abluciones.
Y la mujer comenzó a pensar que convivía con un guarro. Con un guarro
que ganaba dinero, sí, pero que no dejaba de ser un cochino. De ahí a
opinar que tenía el despacho hecho un desastre transcurrió poco
tiempo, apenas unas semanas. Según ella, no podía limpiar a gusto
estando él delante y tenía miedo de perder cualquier papel que fuese
necesario. ¡Aunque para el desorden que allí reinaba, tampoco era
comprensible que supiera dónde estaba cada cosa! Él le aseguró que
sí, que conocía perfectamente donde tenía todas sus documentaciones.
Pero ella no le creyó y una mañana que el esposo hubo de desplazarse a
hacer una gestión personal, aprovechó para entrar a saco, fregona en
ristre y "colocar todo en su sitio".
No hay que ser muy listo para comprender que cuando él volvió y se
encontró con el desaguisado y no pudo hallar la copia de la oferta que
había cursado y motivado su salida aquel día, la cual le había
rendido buen provecho por cierto, montó en cólera y tuvieron sus
palabras, más altas las de ella por el agudo tono de las mujeres.
Desde aquel día, mi amigo se encuentra, como dice el genial cómico
Enrique San Francisco, "muy jodido": Le expulsaron de su
empresa cuando aún era útil para ella pero resultaba mucho más caro
que un chavalín que aunque no tuviera su experiencia sí era más
maleable y se dejaba llevar mejor. No encontró otro trabajo igual o
parecido, con un salario similar, aunque aportase mil currículos que
justificaban su valía. Se había tenido que dedicar a otra labor que,
aunque agradable y remunerativa, no era la que le correspondía
profesionalmente y, por último, su santa había estado a punto de
hacerle perder un bonito negocio merced a sus ansias limpiadoras. Menos
mal que él sí pudo encontrar el documento y realizó el negocio. Pero
lo que más jodido le dejó fue comprender que en casa no daban valor a
su trabajo porque no cobraba una nómina mensualmente. El caso es que me
mostró sus beneficios de esos meses y resultaban ser parecidos o
mayores que los que antaño tuviera; pero como no eran fijos, a cobrar a
último de mes, para su mujer era como si no se tratase de un trabajo;
que caían del cielo, vamos.
Y ya, por último, lo que acabó de deprimirle fue que él, que
habitualmente tomaba una cerveza al salir de su trabajo con los
compañeros sin que nadie se lo reprochara, aquella tarde que quedó
conmigo para explicarme toda su problemática, mientras me vendía una
póliza de seguros, que es a lo que se dedicaba, y nos tomábamos una
copa, fue reprendido severamente por "irse de copas con los
amigotes".
Decididamente, la labor de un hombre en casa no es reconocida por mucho
dinero que proporcione. Pero, ¿qué voy a contarles yo a ustedes,
amigas lectoras, que se han deslomado durante siglos en el mismo sitio y
nadie se lo ha agradecido lo más mínimo? Y encima, el teléfono lo
utilizaban su marido y sus hijos, "porque era para cosas
importantes". Las cosas son como son y no vale darle vueltas.
¡Menos mal que en los tiempos que corren la mujer ya se ha
independizado un poco y alterna en el mundo laboral de los varones!
Aunque también, y ustedes ya lo saben, son tan mal vistas en él como
mi pobre amigo cuando realizaba sus ventas desde el hogar. Y digo
realizaba porque acaba de pedir la separación y luego pedirá el
divorcio. Guarro, sí. Pero, por lo menos, que nadie se lo llame.
A
portada |