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Libertad con ira
O la Justicia española está mal hecha o es
que cada Juez, igual que cada maestrillo tiene su librillo, tiene su
peculiar manera de ver las cosas y de aplicar las Leyes.
Una jueza de Bilbao otorgó la semana pasada el tercer grado
penitenciario a un etarra convicto y confeso que estaba condenado a 298
años de cárcel por diferentes actos terroristas, incluidos cinco
asesinatos. De esta cifra de años de condena, el pájaro solamente ha
cumplido 13. Lo cual obliga a pensar que o estamos locos o que, como
dijo en su día el alcalde de Jerez, la Justicia es un cachondeo.
La Fiscalía y la Administración Penitenciaria no son partidarios de
conceder el tercer grado a los condenados por terrorismo, narcotráfico
y delincuentes del crimen organizado. De hecho, ya se ha recurrido la
libertad del liberado en cuestión y el Consejo General del Poder
Judicial ha abierto un expediente de información previa a la señora
jueza. Y es que no pueden tener el mismo trato un vulgar delincuente,
por muy habitual que sea, que un canalla que se dedica al terrorismo
salvaje o a traficar con drogas en gran escala o a asesinar con la misma
sangre fría que el que ejerce el oficio de carnicero.
Lo triste y malo de este asunto es que Su Señoría no ha actuado
arbitrariamente, sino aplicando las Leyes vigentes; interpretándolas a
su modo, eso sí. Pero con plena legitimidad. Ello conlleva a decir que
la Ley es mala de solemnidad, dejando aparte la interpretación que cada
uno quiera darle. Todos conocemos que un mismo Letrado puede obtener
resultados dispares de un mismo texto legal, pero ello significa que ese
texto está fatalmente redactado o, como dice la voz del pueblo, escrito
por el que inventó la trampa a la vez que hizo la ley. Si la Norma dice
que por una vía pública no se puede circular en un sentido y sí en
otro, no valen paliativos: Es de dirección única. Luego podrán usarse
las atenuantes o eximentes que se crean más idóneas y que un abogado
defensor, por mucho asco que le dé su defendido y su conducta, está
obligado a utilizar por oficio: "El conductor iba bajo el efecto de
drogas o estimulantes y no se percató del riesgo que originaba".
"La ira cegó al homicida y se cebó en su víctima". "El
dinero estaba al alcance de la mano y no se pudo resistir la tentación
de hacerse con él". Vale. Todas estas excusas, bien esgrimidas,
pueden hacer cavilar sobre si el delito fue cometido consciente o
inconscientemente. Si en realidad el delincuente tuvo intención de
delinquir o si fue un mal momento que todos podemos tener en esta vida.
Y ahí, dependiendo de la pericia del defensor, pueden inclinar a un
lado o a otro la severidad del castigo que dicte el Magistrado, que
queda al libre albedrío de éste que, al ser persona, también puede
confundirse y ser más benévolo de lo debido o más severo de lo que
debiera. Hasta aquí, errar es de humanos. Pero parece que esta señora
Magistrada es "reincidente" en dejar en libertad a los etarras.
Creo que es al sexto al que concede el beneficio del tercer grado, en
contra de las recomendaciones recibidas. Puede ser que padezca un
especial cariño por ellos o que crea firmemente en que ya se han
arrepentido de sus crímenes y que su reinserción en la sociedad es
posible. Cuando los que hoy deja en libertad vuelvan a matar, supongo
saldrá de su craso error. Mientras tanto, ella se justifica diciendo
que no hizo más que aplicar las Leyes. Y en eso lleva razón. Los
Jueces no son los Legisladores, pero sí los que interpretan la Leyes
emitidas por el Parlamento. Y si la Ley es mala de solemnidad, la forma
de interpretarla puede ser peor. Total, que entre todos las mataron y
ella sola se murió.
El que sí se ha muerto de veras ha sido José Antonio Rodríguez Vega,
"el asesino de Santander", célebre por haber cometido 16
asesinatos en las personas de unas ancianas en dicha ciudad, además de
violarlas y cometer actos vejatorios contra sus cadáveres. Por dichos
crímenes fue condenado a 440 años de cárcel, de los cuales había
cumplidos pocos pero, en función de las leyes de redención de penas
iba a ser puesto en libertad el 18 de octubre de 2008. Pues ya le han
liberado para siempre. Hace días fue trasladado a la prisión de Topas
(Salamanca) y allí fue ajusticiado por tres convictos mediante nada
menos que 120 puñaladas, cumpliendo la ley de la cárcel: Los
violadores deben morir.
El despreciable sujeto, (no me gusta hablar mal de los muertos, pero es
que no se me ocurre otro epíteto más suave), tenía la caradura
suficiente de alardear encima de lo poco que le quedaba para salir
libre, para concluir su condena. Sus víctimas pudriéndose en la tumba
y el desalmado en la calle dentro de 6 años, en plena libertad de
volver a matar. Pues no. Los mismos presos, desecho asimismo de la
sociedad pero con más dignidad que muchos de los que se hallan en
libertad y ocupando cargos, se han ocupado de él y han puesto fin a lo
que iba a ser otro error judicial. Han aplicado la Ley del Talión, el
que la hace la paga.
Para nada me agrada la muerte de una persona, por muy criminal que sea,
pero dicen que "vox populi, vox dei", o sea: La voz del pueblo
es la voz de Dios. Y aunque en este caso estas voces hayan sido
proferidas por personajes no muy dignos de representar a la gente
normal, sí que es cierto que han sabido clamar, y en voz bien alta y
con acierto, el pensamiento de la gran mayoría de ella. No habría más
que preguntar a los familiares de los muertos por estos asesinos cuál
es su opinión al respecto. Y sin ser familiares, ¡qué demonios!
Porque en estos días no he hecho más que escuchar la misma opinión en
el restaurante donde como todos los días y emitida por personas de muy
distinta procedencia y diferentes niveles sociales.
Lo curioso del caso es que un sujeto roba una gallina porque tiene
hambre, caso del célebre El Lute, Eleuterio Sánchez, en su día, y se
convierte en el enemigo público número 1. Ahora se mata por capricho o
en nombre de unas ideas perversas, con premeditación y alevosía y,
aunque te condenen a la tira de años, al cabo de poco tiempo estás en
la calle. ¿Esto es justicia? Me niego a admitirlo. Las condenas deben
ser cumplidas en su totalidad, sin ninguna clase de eximentes, y tan
sólo en el caso de que se observe un verdadero arrepentimiento y de que
se vea totalmente posible una real reinserción del delincuente, no se
debería conceder el menor beneficio al condenado. ¿De verdad hay
alguien que crea que el canalla que asesinó a Miguel Ángel Blanco de
un tiro en la nuca y obligándole a ponerse de rodillas para estar más
cómodo a la hora de efectuar el disparo va a arrepentirse de tal hecho
y a intentar ser alguna vez un ciudadano normal? ¿O que el violador y
asesino de indefensas ancianas va a sentir caridad por sus víctimas en
vez de buscar otras nuevas que le proporcionen ese insano placer? ¡Por
favor! Cuentos, en Las mil y una noches, que aquí vivimos la vida real
y aunque puedan tomarnos por idiotas no lo somos tanto. El mismo Don
Quijote se dio cuenta de la realidad cuando las aspas del molino le
tiraron por tierra, maltrecho. ¿Vamos a tener que esperar a que nos
vapuleen para darnos cuenta?
A este "elemento" se le ha concedido la libertad, pero ha sido
una libertad que ha despertado la ira de la gente de bien. La Santa Ira,
que decían los textos bíblicos, la de las personas que están hartas
de que les tomen el pelo en nombre de un Código que si bien no conocen,
por no haberlo estudiado, más difícil será de entender para el que lo
haya hecho.
Libertad, sí. Pero para el que la merezca y, en general, para todos.
Porque estando los asesinos sueltos, ninguno estamos libres de tener
cualquier percance. Y, ¡coño! No me da la gana que así sea, señores
jueces.
A
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