Su Santidad "hacesantos"

El Papa Wojtyla quiere hacerse con una poltrona en el Cielo; de eso no cabe duda. Para ello, durante todos los años de su pontificado ha ido situando en el Paraíso cientos de árbitros a su favor que, en su día, que no parece muy lejano según su aspecto, cuando tenga que rendir cuentas de sus actos ante el Todopoderoso, le servirán de buenos valedores ante el Altísimo. Ningún Sumo Pontífice de la Iglesia Católica ha convertido a tanto cristiano en beato o en santo como él, basándose además, muy a menudo, tan sólo en simpatías personales o por afán de complacer a paisanos del así consagrado.
¿Cómo puede ser o en qué cabeza cabe que una persona, o una serie de ellas, puedan decidir alegremente que un ser ha alcanzado ese estado extraño y magnífico de la santidad? ¿Son ellos alguien para conocer los designios de Dios y sus deseos? Dice la Doctrina que el Papa es el representante de la Divinidad en la tierra. Con eso podemos estar o no de acuerdo. Pero en ningún sitio aclara que también sea él quien tenga que decidir los que estarán a la diestra de Dios Padre gozando de todos los honores in sécula seculorum. Eso quedará a criterio del Sumo Hacedor y solamente al Suyo.
Juan Pablo II ha elevado a los altares a 463 personas que en esta vida terrenal donde todos acostumbramos a ser malvados pecadores, supieron destacar por su bondad y distinguirse por su amor al prójimo. Primero, ya se sabe, son nombrados beatos y, posteriormente, ya son Santos de oficio.
Para alcanzar esta categoría espiritual y de renombre ante los demás seres humanos, se da por supuesto que el individuo en cuestión llevó una vida digna de encomio o que hubo en el transcurso de la misma un trance supremo que le hizo merecedor de tales honores, como pudo ser el martirio. Éste es el caso de tantos y tantos mártires que vertieron su sangre por la fe, aunque muchas veces no fuese de buen grado sino por imposición de sus verdugos. Pero igualmente la derramaron otros por sus ideales políticos y ni la Patria les recuerda. Para ser santo, además, hay que haber realizado cuatro milagros, personalmente o que se hayan producido gracias a su mediación a través de imploraciones a su memoria. Dos para ser beatificados y otros dos para alcanzar el doctorado. Ahora, en su afán de acrecentar la suma de los beneficiados, Wojtyla ha rebajado el listón a uno y uno, respectivamente. Aparte de que hasta hace poco existía un proceso religioso que duraba varios años y en el que era figura principal el Mantenedor de la Fe, el llamado Abogado del Diablo que dio título a la magnífica novela de Morris West. Este abogado, normalmente un sacerdote, indagaba hasta lo más íntimo la vida del candidato, escudriñando todos sus avatares, no fuera a ser que le dieran gato por liebre y le introdujeran en la lista de los bienaventurados un pillastre cualquiera que, por hechos ajenos a la liturgia, hubiera obtenido buena fama entre sus contemporáneos. Su informe era muy tenido en cuenta por el Tribunal encargado de la causa y su negativa era casi inapelable. No así su beneplácito, que era objeto de un más severo y profundo estudio.
Pues la figura de este mediador entre la creencia popular y la realidad ha sido suprimida y ya no existe. La facilidad para alcanzar la canonización ha sido, pues, incrementada. De hecho, en los últimos años, se está elevando a los altares a personajes cuya existencia puede ser hasta puesta en duda y deberse solamente a la tradición o a la leyenda. Es el caso del indio Juan Diego, al que cuentan se le apareció la Virgen de Guadalupe allá por tierras de Méjico. No está ni comprobado históricamente que viviera y, sin embargo, acaba de ser transformado en santo. Hay otras figuras en la lejana historia, sobre todo reyes y Papas, cuya ejemplaridad habría de ponerse en tela de juicio. Pero los que entonces tuvieron en sus manos la facultad de santificarles así lo decidieron y como tales constan en el calendario.
El actual Papa siente una verdadera pasión por elevar a los altares al mayor número de justos posible. Y esta obsesión no le viene de ahora que puede estar enfermo y un poco alucinado sino desde los primeros tiempos de su mandato. Es loable su deseo de enaltecer a quienes lo merecieron, pero parece que dentro de su cupo cabe cualquiera que puede no sea digno de alcanzar tal honor. Considero justificado, y ya están tardando demasiado, que se canonice a la Madre Teresa de Calcuta, una mujer que llevó una vida ejemplar dedicada por entero a aliviar al prójimo y aún al que no lo era. Y que supo imbuir ese espíritu solidario en las hermanas de su Orden. Pero me parece fuera de tono y discutible que se haya beatificado a José María Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. No voy a discutir los méritos religiosos de dicho Monseñor ni su carácter carismático entre los jóvenes, pero éste también lo tuvo el guerrillero Che Guevara y a nadie se le ha ocurrido santificar su nombre. La bondad de su doctrina no voy a ponerla en duda, pero espero que tampoco nadie me discuta su perspicacia en asuntos económicos. ¿O fue casualidad que en plena época franquista y cuando España alcanzó un plausible bienestar económico, la era de los tecnócratas, muchos de los ministros que lo hicieron posible pertenecieran a dicha Orden? Había, y hay, muchos que no ocultaban su militancia en dicha doctrina, pero otros tantos bien que la silenciaban porque sabían que no estaba bien vista merced a los abusos de poder que cometían en el nombre de Dios. Mejor persona que Escrivá era, y con más seguidores contaba, Mahatma Ghandi y por el hecho de no ser cristiano no se le ha beatificado, cuando sin duda era más digno de ello. Lo cual lleva a la conclusión de que los santos sólo pueden ser católicos y a los demás, aunque sean gente de excepcionales virtudes, les está vedado el Reino de los Cielos. No lo encuentro de lógica, en verdad. No puede existir un Dios para unos y que no quiera al resto por el hecho de no haber sido bautizados, por más que hayan sido virtuosos. Tampoco bautizaron a José, el padre terrenal de Jesucristo, que yo sepa, y bien que se le venera.
Lo del fundador del Opus me parece sacar las cosas de su entorno y tal vez lo que más me moleste a nivel personal es que se celebra su festividad el día 26 de junio, que antes era San Pelayo, un santo con nombre de héroe. Y da la casualidad de que en esa fecha cumplo años. ¿Es que no había otra para festejar tal acontecimiento? Pues no, tuvieron que amargarme y hacer que ponga en entredicho el día de mi nacimiento.
Dejando bromas aparte, creo que Wojtyla no ha sido el Pontífice que se merecía el cambio de milenio, cuando los cambios tecnológicos y las nuevas formas de vida requieren una adaptación más rápida y adecuada a la realidad social existente y no una vuelta atrás al tiempo de las Cruzadas. Confío en que no me excomulgue por opinar de tal guisa, pero me parece que ya han pasado los tiempos de los Autos de Fe y de la quema de herejes. Ahora la gente sólo utiliza los mecheros para hacerse polvo los bronquios con el tabaco, aquellos que seguimos manteniendo ese pequeño vicio por el cual cualquier día vamos a vernos metidos en el Infierno por los que nos niegan tal derecho. Por cierto, Su Santidad Juan XXIII, que fumaba, era una bellísima persona, hizo mucho bien a todo el mundo, modernizó la Iglesia y a nadie se le ha pasado por la mente iniciar su proceso de beatificación. Y fue un gran Papa. ¿Ven cómo el tabaco es malo para la salud, aún para la espiritual?

 

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