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2019: Apocalipsis
ya
Según los cálculos de un astrofísico
inglés, el 1 de febrero de 2019 el asteroide 2002 NT7 colisionará con
nuestro planeta. Este elemento cósmico mide unos dos kilómetros de
diámetro y rueda por el espacio a una velocidad de cien mil kilómetros
por hora. O sea, que si entra en nuestra atmósfera, según el agorero,
pero científico, sabio, producirá una explosión de alrededor de un
millón de megatones. ¡Un cohetito de feria, vamos! La bomba lanzada
sobre Hiroshima era de veinte kilotones de TNT, para que nos hagamos
idea del regalo que nos viene del cielo.
Se sabe que en una antigüedad muy remota, hace cientos de millones de
años, la Tierra fue alcanzada por dos elementos semejantes que
extinguieron casi por completo la vida en el planeta. Desaparecieron
multitud de especies animales y vegetales y se trasformaron los
continentes, hundiéndose alguno de ellos bajo las aguas, según cuentan
las leyendas de la Atlántida. Casi no quedó bicho viviente y los que
quedaron hubieron de aclimatarse a los cambios promovidos por tamaña
liberación de energía. Una de estas adaptaciones tal vez diera lugar a
que un simio se convirtiera en homo sapiens y de ahí provenga nuestra
especie tal como es hoy en día.
Quedan pues menos de diecisiete años para tal desastre, que amenaza
seriamente con la desaparición de toda nuestra civilización y de
cualquier vestigio de vida en la tierra, salvo quizás las cucarachas
que dicen que soportan la energía nuclear, y aquí estamos tan
tranquilos, pendientes de cómo va la economía, de quién ganará este
año la Liga de fútbol y, lo que es peor sin duda, de matarnos unos a
otros a bombazos o por el medio que sea. No teníamos bastante con lo
que se aproxima desde las profundidades del espacio, amenazando con
deshacer el mundo, que encima tenemos que deshacernos nosotros mismos
por un trozo de terreno o por unas monedas cuando dentro de poco tiempo
no nos van a servir de nada porque el terreno se va a ir a hacer
puñetas y el dinero no lo acostumbran a gastar los difuntos. Aparte de
que se va a fundir con el calor. Habrá que fundírselo antes. El que lo
tenga, claro.
Digo yo que este hombre habrá echado bien los cálculos. Ya han salido
voces de otros colegas suyos desmintiendo tan negro futuro. Al parecer
solamente existe una posibilidad entre siete millones de que la tragedia
se produzca. Pero... ¿Y qué van a decirnos los sabios si saben que es
verdad lo que ha afirmado su colega? ¿Que nos vayamos preparando para
el Juicio Final o que recemos para que el asteroide se desvíe merced a
un milagrito? O que de aquí a ese entonces hallarán la solución de
destruirlo, como siempre ocurre en las películas de ciencia ficción en
las que al final todo concluye con un enorme aplauso de los técnicos
del lanzamiento de los misiles en tanto el protagonista besa
apasionadamente a la hermosa que le ha ayudado a evadir el peligro.
El fin del mundo se ha vaticinado muchas veces y cada dos por tres
tenemos noticias de sectas que se preparan para recibirlo en una
determinada fecha. No hace tanto hubo un eclipse famoso y así estaba
predicho. Pocos meses atrás hubo una conjunción de planetas que
parecía también un aviso de desgracias. Y ambos sucesos quedaron en
agua de borrajas. Aquí estamos respirando cada día, felizmente, y
estrujándonos el cerebro para encontrar la manera de fastidiar al
prójimo lo mejor que podamos. Yo pienso que hasta que no le veamos las
barbas a San Pedro o los cuernos al Diablo no vamos a creernos nada.
Cuando la masacre de las Torres Gemelas en Nueva York, el 11 de
septiembre pasado, rápidamente salió un avezado internauta con la
historia de que el suceso estaba vaticinado en las cuartetas de
Nostradamus. ¡Y que cuadraban punto por punto, las muy asquerosas! A
los dos días ya se dijo que solamente se trataba de una broma del mal
gusto de un chusco, de un mal menguado, como dicen en el Tenorio, y yo
no tuve la curiosidad ni ocasión de leerlas y poder comprobarlo. Pero
les juro que como el próximo Papa, cuando Juan Pablo II pase a mejor
vida, se llame Pedro por un casual, que bien que lo dicen esas
predicciones que será Pedro el Romano, agarro mis bártulos, me despido
de la familia y de los amigos y me apeo del mundo pero echando mixtos. Y
no es que tenga miedo precisamente, porque dicen que mal de muchos es
consuelo de tontos y como por tal me tengo, si cascamos todos tampoco
pasa nada. Lo malo es cuando te vas de este mundo, como normalmente
sucede, y dejas a los demás disfrutando de la vida. Eso sí que es
jodido de veras: Irse al hoyo hecho una pena y mientras, que el resto se
lo pase en grande. Si todos corremos la misma suerte ya es un poco
pasajero.
Y digo yo: En vez de hacerse tantas cábalas y discutir de números y de
cálculos astrofísicos, desmintiéndose unos a otros con ecuaciones
erróneas y otras zarandajas, estos señores que entienden y, sobre
todo, los gobernantes de las grandes potencias que son los que
despilfarran el dinero en guerras y en atormentar a las buenas gentes
con amenazas de desastres provocados por ellos mismos, ¿no podían
empezar a prepararse por si esta amenaza cósmica sí es real? Porque es
que si lo es, nos puede pillar en bragas. Aquí no sirven los planes de
evacuación porque no se puede trasladar de planeta a seis mil millones
de personas. Ni los refugios subterráneos porque tampoco cabría tanta
gente y además serían vulnerables al impacto, según dicen, y a las
extraordinarias temperaturas que se producirían. La única solución, y
volvemos al cine, es como en las películas: Tener preparado, pero desde
ya, una serie de proyectiles nucleares, o cualquier más novedoso
invento, que desviasen el dichoso peligro. No dejar para mañana lo que
pueden hacer hoy. Así estaríamos más tranquilos dentro de lo que
cabe. Empleando el dinero y los cerebros en intentar salvar vidas en vez
de arrebatarlas financiando conflictos bélicos que les llenen los
bolsillos a algunos, podría hacerse algo positivo.
Personalmente, y viendo el calendario, a mí la destrucción del mundo
me pillaría con 73 años. Creo que ya es una edad como para no temer
mucho a la muerte porque va siendo vieja compañera de viaje, pero me da
pena de todos los chavales que se vendrían conmigo al otro barrio sin
haber tenido ocasión de vivir la vida. Y me fastidia que mis poemas
queden destruidos por la hecatombe y que no haya nadie que los lea y
pueda criticarme. Porque tanto me duele el perder a los amigos como no
contar con detractores.
Que se lo tomen en serio, por favor. Que no jueguen con fuego, que
podemos quemarnos todos. Las cifras de Benny Peiser, el pregonero del
destructor meteorito pueden estar equivocadas. Pero si no lo están,
Armagedón tenemos y a pocos años vista. ¡Carajos con el asteroide! No
tiene ninguna gracia tener que reunirnos en el Valle de Josafat para que
nos juzguen cuando podríamos estar tranquilamente en cualquier tasca
echando una partidita de mus. O jugando a lo que ustedes prefieran, pero
sin meternos con nadie y sin que nadie se meta con nosotros. Gracias por
el aviso, mister Peiser, pero me ha dado usted la tarde y se me han
atragantado las judías. Le echaré a usted la culpa si no duermo a
causa de una digestión pesada.
¡Vaya! Parece que no me ha quitado el sueño a pesar de todo y me
despiertan con la noticia de que la NASA descarta la posibilidad del
choque. Si acaso, que hay posibilidades lejanas de que se produzca en el
2060. ¡Y tan lejanas! Marcharé al "cortijo de los callados"
sin compañía, afortunadamente para los niños de ahora... ¿Y qué
coño iban a decirnos, si no era esto, para tenernos tranquilos? Parece
el cuento del lobo, que al final nadie hizo caso.
A
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