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La huelga del 20-J
Dejando a un lado los versos satíricos de la
semana pasada que hicieron mucha gracia al parecer cuando el asunto
tenía muy poca, voy a intentar sacar conclusiones de la inmensa
patochada con que nos obsequiaron tanto nuestros gobernantes como
nuestros sindicalistas el día de marras. No hace mucho escribí uno de
mis artículos al que puse por título En un país de fábula y en el
que llegaba al resultado de que verdaderamente éramos un país de
gilipollas. O por lo menos, como a tales nos consideran nuestros
queridos políticos. Y tengo que ratificarme en tal afirmación.
Según la Prensa del día 21, los sindicatos afirman que el 84% de los
trabajadores secundaron la huelga. En los mismos medios, el Gobierno
dice que fue el 17%. Eso, de por sí, ya es difícil de evaluar, pero lo
que no cuadra en absoluto son las cifras de los manifestantes en Madrid
según unos y otros. Medio millón, según informaciones sindicales y
veinte mil personas según el Delegado del Gobierno. Los porcentajes de
los que hicimos huelga, (unos forzados, como en mi caso, y otros por
convicción), pueden ser contradictorios, pero no tanto. Y lo que no es
de recibo es la diferencia en el público asistente a una manifestación
y el estimado, sobre todo en un terreno que ya está bastante trillado
por muchas otras anteriores y se conoce al milímetro la superficie a
estudiar. La gente se podrá expandir o apretujar más o menos en un
metro cuadrado, pero no hasta el extremo de ocupar uno solo el espacio
de veinticinco o que veinticinco ocupen el espacio de sólo uno, según
las diferentes versiones. O los sindicalistas usan lentes de aumento o
los del Gobierno padecen de miopía tremenda y se habían dejado las
gafas en el despacho. Una persona no puede estar en dos sitios a la vez,
así como dos personas no pueden ocupar el mismo sitio que una, en el
mismo instante. Y si quieren, les mandamos a ambas partes a la
Universidad para que estudien la Ley de la Relatividad, que deben
haberla olvidado si es que alguna vez oyeron hablar de ella.
Lo que sí es cierto, y nada relativo, es que el consumo de energía
eléctrica descendió más de un 20% sobre un día normal y que a partir
de las 11 de la mañana dichos datos desaparecieron de la web de Red
Eléctrica Española en un burdo intento de ocultar datos, porque dicha
postura da lugar a pensar que la caída fue en picado y no se quiere
reconocer. O no; quizás creció la demanda. Pero la falta de
información parece que quiere ocultar algo.
También es cierto que los piquetes de información sobrepasaron los
límites constitucionales. Si yo quiero tomarme un café en un bar no
hay justificación moral ni legal que me lo impida, siempre que pague su
precio. No tengo por qué ser insultado por hacerlo ni correr el riesgo
de que me partan la cara. Sobre todo cuando los componentes de los
mencionados piquetes actúan como mercenarios. O sea, trabajador que no
trabajaba sufre el descuento de sus haberes mientras que los que se lo
impiden hacerlo cobraban por ello. Eso se llama en mi pueblo ser
mercenario de la más vil ralea mafiosa que pueda existir.
También mis amigos los periodistas exageran sus afirmaciones: Un
policía muere cuando actuaba contra un piquete. Cualquiera que lea esto
ha de pensar que le pegaron cuatro tiros o le abrieron un boquete a
puñaladas por la espalda. ¡No, por Dios! El pobre hombre padecía del
corazón y sufrió un infarto que le causó la muerte. Si sus superiores
no lo sabían o le obligaron a llevar a cabo labores que no podía, la
culpa es de ellos no de los sindicalistas. Si yo intento competir en la
próxima maratón lo más posible es que caiga muerto antes de mil
metros. No se puede jugar con tonterías ni excederse en el celo de unas
funciones.
El caso es que la huelga no ha sido ni un éxito ni un fracaso para
nadie salvo para los ciudadanos en general que vieron perturbada su
tranquilidad cotidiana. ¿Qué había motivos para hacerla? Muy
posiblemente. Estoy por afirmar que sin ninguna duda. ¿Que los que la
convocaron carecían de legitimidad para hacerlo? Eso lo asevero
categóricamente. Unos sindicatos paniaguados con las subvenciones
millonarias del Estado y que no representan apenas a nadie, no son los
más indicados para ello. Y menos actuando con violencia; violencia que
fue contrarrestada por la contundencia desmesurada de las Fuerzas de
Orden Público y su enorme despliegue. ¡Si parecía que estábamos en
Territorio Comanche, hombre! Y aún quizás se quedaran cortos, a pesar
de ello.
El decretazo causante de la huelga es insostenible y las prestaciones
sociales que menoscaba mucho más. El Partido Popular y sus gobernantes
han decidido aplicar el rodillo que le presta su mayoría absoluta y no
han tenido en cuenta que hay otros muchos millones de votos en su
contra. ¿Qué buscan, otra vez las dos Españas de Machado o que esto
vuelva a ser "el cortijo del abuelo"? Pues creo honradamente
que lo han conseguido, pero dando lugar a que los otros se echen a las
barricadas como en viejos tiempos.
La pérdida de los salarios de tramitación en caso de despido
improcedente es tan atraco como el que hizo a la Selección Española de
Fútbol el egipcio del sábado pasado. Y la percepción de la
prestación por desempleo a partir de que se cumplan las vacaciones no
disfrutadas por imperativo del patrono, lo mismo. Con todo ello se dice
que se va a fomentar la creación de empleo al disponer las empresas de
mayor capacidad de maniobra. ¿Para dar esos puestos ficticios que se
van a crear a los inmigrantes indocumentados que cada día abundan más
en nuestro país y que trabajan por la mitad del salario que un español
con tal de comer? ¡Maravilloso, de veras!
Yo propongo una huelga general y de larga duración. Pero esta vez de
consumo, no de trabajo. Si los trabajadores españoles se abstuvieran
por unos días de comprar productos de no primera necesidad, y aunque
sufriéramos alguna privación primaria tampoco pasaba nada, las arcas
del Estado, que es donde le duele al sistema capitalista que nos han
impuesto, iban a ser las primeras en obligar a sentarse en la mesa de
negociaciones al Gobierno. Si lo que les fastidia a los multimillonarios
es que les prives del ingreso de un solo euro, no que les amenaces con
la pérdida posible de muchos millones. Dicen, o decían, que la letra
con sangre entra. A los banqueros, que en definitiva son los que marcan
la política de un Estado, se les atemoriza con el corte del chorro de
los intereses abusivos que nos cargan. Al margen de versos satíricos,
que no satánicos, de un año a esta parte, y sobre todo a raíz de la
entrada en vigor de la moneda única, un trabajador normal no llega a
fin de mes con su salario ni de broma. Y anteriormente, alguno lo
conseguía. Pero el señor Aznar no se debe dar cuenta de eso. Que baje
él a la plaza a comprar y que abastezca de combustible su automóvil de
su propio bolsillo y ya veríamos cómo otro gallo le cantaba.
Señor Zapatero, usted tampoco ha estado a la altura de las
circunstancias en esta ocasión. Se ha puesto al lado de los piquetes y
eso lo va a notar usted en las Generales. Un político, cuando salta a
las barricadas, o se queda allí hasta morir o mejor que no lo haga. Lo
que no puede hacer es ejercer de Capitán Araña, que a todos embarcaba
y él se quedaba en tierra. Porque las prebendas de jefe de la
oposición las sigue gozando sin el menor recorte, al menos que yo sepa.
¡No tenemos arreglo! Y menos que lo vamos a tener...
A
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