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La barbarie de
siempre
Sí, como dije hace unas semanas, la vida es
bella; hasta que llegan unos salvajes y la embrutecen. Lo acontecido el
pasado día 1 de mayo a las puertas mismas del Estadio Santiago
Bernabéu es claro espejo de lo que digo. El día feriado por aquello de
la Fiesta del Trabajo, la semifinal entre dos equipos de fútbol tan
representativos como el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona y la
tarde luminosa que inundaba Madrid eran toda una invitación para el
paseo, la asistencia al espectáculo deportivo y, en suma, a la calma y
a la concordia.
Y en eso, para amargarnos la existencia, que un coche bomba hace
explosión en la referida esquina enfrente del Estadio, sembrando el
pánico y causando los consiguientes heridos, afortunadamente pocos, y
por suerte ningún muerto. Menos mal que todavía la multitud no había
acudido en pleno y la masacre no fue la que podía haber sido. ¡Encima
habrá que estar agradecidos a los terroristas por haber avisado con
tiempo y haber evitado mayores daños! Está bien claro que no buscaban
el daño personal pero sí llamar la atención y ganarse la publicidad
gratuita de unas cámaras preparadas para retransmitir el evento.
A los pocos minutos, justos los que tardaron en llegar a través de las
vacías calles de la ciudad, el coche en que se habían dado a la fuga
los salvajes también explosionó en la otra punta de Madrid, con el
consiguiente caos y la natural preocupación de los ciudadanos que
dormitaban tranquilamente su siesta.
Y la angustia continuó y la gente se echó encima. Hubo enfrentamientos
entre los más radicales de los hinchas del club blanco y las Fuerzas de
Orden Público y ataques de aquellos a alguna cadena de televisión. La
Policía ya ha localizado a algunos de esos energúmenos que la liaron y
están a buen recaudo. ¿Pero la culpa es de ellos solamente o es que la
violencia padecida hacía pocos minutos engendró más violencia en los
cerebros exaltados? Lo normal es que la gente de bien se quedase en sus
casas o la que estuviese en las calles huyese despavorida. Pero también
es hasta lógico que algunos, de por sí ya camorristas y amparándose
en la multitud que inhibe de la conciencia individual, se lanzasen a la
protesta contundente. No estoy justificando los desmanes, por supuesto.
Pero si esa misma contundencia y vigilancia policial se aplicase en las
calles de las ciudades vascas, donde los aprendices de terroristas
campan por sus respetos, no cabe duda que estos sucesos no tenían por
qué tener lugar en otros sitios. Pero de esto no voy a culpar al actual
Gobierno que es cierto está luchando y bien contra los insurgentes.
Prueba de ello es la detención días después de unos activistas en
Vallecas, cuando estaban preparados para asestar un sangriento golpe,
aunque parece que existió cierta descoordinación entre las diferentes
Fuerzas Policiales.
Estos barros provienen de los lodos que sembraron sus antecesores con
tanta permisividad a unos Estatutos que está visto estaban fuera de
madre. Se permitió y alentó la creación de las ikastolas, cosa por
otra parte muy de encomio por lo que aportan de cultura a un pueblo, sin
darse cuenta de que en ellas se iba a enseñar el odio a España e iban
a ser cuna de un hasta entonces medio soterrado e irracional
nacionalismo. Y fueron, en vez de sedes de enseñanza de un bien
reconocido como puede ser un idioma no estudiado, hervidero y cobijo del
odio que existía en los violentos.
Cada semana se desarticula un comando de asesinos; pero a los dos días
surgen otros que han tenido como maestros a quienes nunca debieron
haberles enseñado. Y no valen paños calientes ni continuar la lucha
día a día. O el mal se ataja de raíz o tendremos guerra para rato.
Guerra, sí.¿Nos asusta acaso la palabra? Pues está muy clara en el
diccionario y en la mente de los revoltosos. Ellos no llaman picoletos a
la Guardia Civil que tanto temen, sino Fuerzas de Ocupación, como si de
un ejército del extranjero se tratase. Se consideran gudaris, con todo
el respeto que ese nombre implica, pero luchan como vulgares y cobardes
asesinos, matando por la espalda e indiscriminadamente. Y las leyes que
ellos no respetan sí son respetuosas hacia ellos. Se quejan de la
ilegalización de un Partido que nunca ha sido democrático y ha
aplaudido los crímenes, pero se acogen al Derecho de la nación que,
según ellos, les ocupa.
Yo no voy a defender la violencia porque no estoy con ella. Pero si es
aplicada por un bando también puede legítimamente ser aplicada por el
otro. Y aquí se mete en la cárcel, y puede ser que bien metido, a todo
un general, el único que supo hacerles frente, por haber empleado
medios similares a los de ellos. Se dice, hasta la saciedad lo he oído,
que es que es ponerse a su misma altura, hacer el bárbaro igual que
ellos lo hacen. Y con ese argumento pacifista, esperamos la próxima
explosión y el próximo asesinato. Si esto debe de ser así, por mí
adelante; pero luego no nos quejemos de que unos furibundos aficionados
extremistas se líen a porrazos con lo primero que encuentren por
delante. Hay rabia contenida y estalla por donde menos lo esperamos.
Ayer fue en un campo de fútbol y mañana puede ser en la Plaza de Toros
de las Ventas. O en una calle de Tenerife arrojando una enorme piedra al
coche de un deportista. O en la Plaza de la Cibeles, donde una multitud
satisfecha pero enardecida no duda en saltarse a la torera las
instrucciones municipales y hasta dispara dos tiros contra un furgón
policial. La gente está que arde y así vamos, con el ceño fruncido y
esperando que nos pisen para dar dos voces.
"El que a hierro mata, a hierro muere", dicen los Evangelios.
Y también que pongamos la otra mejilla ante una bofetada. ¿Pero
solamente unos pocos, hasta que nos maten en aras de una independencia
mal entendida?
Pues habrá que leerse el Talmud, que predica el diente por diente.
¿Cuándo habrá paz por estos lares? Cuando la fuerza de la razón sea
superior a la razón de la fuerza. ¿Y cuándo será eso..? Dios lo
sabe... Pero roguemos que no demore mucho.
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