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La vida es bella
Pues sí, amigos lectores, aparte de ser el
título de una excelente película dirigida e interpretada por Roberto
Benigni, a la que todos recordamos además de por su calidad, su belleza
y sus méritos por aquel grito espectacular de: ¡Robertoooooooooo!,
proferido por Sofía Loren cuando le concedieron el Oscar a la mejor
película extranjera, la vida es bella de verdad cuando se quiere y nos
permiten observarla desde el verdadero prisma del amor y de la amistad.
Este villano ha estado enfermo varios días, con una afección virulenta
en sus ojos. ¡Estaba tan guapo con mis ojeras que a punto estuve de
hacerme una fotografía y publicarla en vez de la que pone Anika todas
las semanas! Hubiera asustado al personal, de veras. Pero este
sufrimiento, que no crean que ha sido leve sino más bien intenso,
requiriendo de lavados constantes y de un continuo levantar de párpados
para poner los colirios recetados, me ha hecho comprender que la vida no
puede limitarse a ver tan sólo el lado malo de ella. En mis visitas a
diferentes centros médicos he podido observar cómo toda una clase
profesional, especialistas, médicos, enfermeras, auxiliares y hasta los
simples recepcionistas de las consultas se desvelaban por facilitarme mi
paso por sus estancias y ponían todo su interés y su sapiencia en
curar mi mal. Me podrán decir que cobran por hacerlo, pero el desvelo
volcado no tiene salario para ser pagado. Y si estos obreros o artesanos
de la salud perciben emolumentos por sus servicios, desde luego la mujer
que me ha cuidado con todo su afán no ha recibido a cambio más que un
contagio de la misma, lo cual es un injusto, por más que no deseado,
pago.
En estos días no he podido ver apenas la televisión. Solamente vi la
alegría de mis afines, los hinchas del Atlético de Madrid, y la
algazara de los valencianistas al obtener el titulo de Liga. Me cansaba
mirar las paridas del Gran Hermano, que no sé a quién narices pueden
interesarle, con el tan fino léxico cuartelario de sus concursantes y
los gritos marranos y las salidas de tono del programa que dirige quien
fuera un eminente periodista, Javier Sardá, hoy en día convertido en
un apologista del mal gusto, de lo vulgar y de lo obsceno. El ruido
abominable de esos programas me hicieron emigrar a la Segunda Cadena
que, la verdad sea dicha y desde que no retransmiten óperas, he
contemplado muy poco, y me hallé con una serie de documentales sobre
zoología y botánica que infundían calma y sosiego a mis ojos
malheridos.
Viendo comportarse a los más fieros animales, en su vida familiar, o a
las pacíficas y contemplativas gacelas, (no crean que tan sumisas que
bien luchan entre ellas por defender su terreno o su jerarquía
procreadora), entendí que esos seres que nosotros llamamos inferiores,
porque al parecer no gozan del hálito divino de la Inteligencia, están
muy por encima de la congénita maldad de algunos hombres. El león mata
para comer, igual que todos los predadores. Solamente el hombre, el ser
al parecer creado a imagen y semejanza de Dios, mata por placer y lucha
por conseguir la hembra y las posesiones del prójimo, no para mantener
las propias.
Dicen los sabios que todo está basado en la teoría de la evolución
propugnada por Darwin, aunque hay otros teóricos que opinan que el
hombre vino de más allá de las estrellas. Sea como fuere, y ya que no
tengo el más mínimo interés en entrar en polémicas de algo que
desconozco, (yo y el más sabio, por muchas razones que esboce, que
sobre ese misterio nadie sabe nada), lo que es seguro es que algo en el
hombre ha evolucionado equivocadamente, que alguna reacción química de
aquellas que mostraba la película FANTASÍA, de Disney, que se cocían
en el laboratorio del brujo y que quedaron en manos de su aprendiz (el
simpatiquísimo Mickey Mouse) por un momento, ha surgido mal efecto y ha
torcido la naturaleza buena e innata en el hombre cuando es solamente
niño. Aunque puedan objetarme que hay cada infante que se las trae...,
pero dijéramos que son solamente travesuras y no maldad reconocida.
En mis días de convalecencia, y por prescripción médica, di largos
paseos por el Parque del Buen Retiro de Madrid. De villano en mi rincón
me convertí en "paseante en corte", oficio muy en boga
durante el siglo XIX. El aire puro, la visión de los árboles y el
concierto de las aves dieron luz a mis ojos y paz a mi espíritu. Allí
pude ver a una joven pareja, (no sumaban ni treinta y ocho años entre
los dos), dándose un beso. Y trotar torpemente a unos críos, vigilados
atentamente por el cariño afectuoso de sus madres. ¡Yo debo estar en
otro mundo!, llegué a decirme. Allí no había pugnas ni nadie tenía
que "salir del armario", frasecita que algún día espero
alguien me explique. Todo era normal, sano y pacífico.
Salud, dinero y amor, dice la vieja canción. Si obviamos el dinero, que
aunque es necesario no es totalmente imprescindible, gocemos de la salud
y del amor tranquila y plácidamente. Y gocemos de ellos junto a las
personas que nos quieren.
Desde estas líneas, a aquellos que se han preocupado por mí en estos
dolorosos días, les envío mi más sincero agradecimiento. Han sido
pocos porque no lo he ido propagando, pero para muestra vale un botón.
Gracias, de verdad.
Y ahora que lo pienso... ¡He conseguido escribir un artículo sin
soltar un palabro ni protestar por nada ni de nadie! Ya veremos cómo
ahora viene algún comentarista y lo fastidia. Pero, a pesar de que eso
ocurra, la vida seguirá siendo igualmente bella. Si queremos que lo
sea, naturalmente.
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