Dioses en guerra

En el instante en que redacto estas líneas, el ejército israelita tiene asediada la iglesia de la Natividad del Señor, allá en Belén. En su interior y edificios aledaños se refugian unos doscientos milicianos palestinos así como decenas de eclesiásticos católicos y de otras confesiones cristianas que claman por la paz y por el cese del acoso. Cuando ustedes lean este artículo, tal vez se haya ya formado un cristo de buena envergadura, y nunca mejor sitio para que se forme ya que allí nació.
Tres pueblos, tres religiones y un mismo Dios. Todos ellos respetan y creen en el Dios de Abraham, del cual descienden tanto judíos como árabes. Los cristianos también basan su creencia en el mismo Dios, aunque con diferente nombre en las tres religiones; pero al fin y al cabo es el mismo que mostró las Tablas de la Ley a Moisés en el Sinaí.
Sabido es que Sara, esposa del patriarca, era estéril y aquél tomó a Agar, su esclava egipcia. De ella nació Ismael y, más tarde, de forma milagrosa y según promesa divina, Sara dio a luz a Isaac, que se salvó del sacrificio a manos de su progenitor por bien poco. Mientras, la egipcia huyó llevándose a su hijo y con la también promesa celestial de que éste sería padre de una gran nación. Así pues, ismaelitas y hebreos parten de un mismo tronco y tienen creencias similares o, al menos, enraizadas.
Descendiente de la casa de David nace Jesús en el lugar, según la tradición, en donde ahora se libra la batalla. Y con su llegada arriba un nuevo tiempo y una nueva religión, acaso la más extendida por el mundo a pesar de sus múltiples escisiones. Para los judíos, el hijo de José y de María no pasa de ser uno más de tantos profetas y salvadores cantamañanas que se han presentado a lo largo de la Historia. Para los mahometanos, sin embargo, fue un gran profeta. Y para los cristianos es, nada más y nada menos, que el Hijo de Dios vivo.
Nunca se ha matado tanto y a tantos inocentes como en el nombre de Dios, sea cual fuere cualquiera de los tres, que son el mismo, y de otros. Si los hebreos padecieron el cautiverio en Egipto, la dominación romana, la diáspora de Tito y, en general, el desprecio y los progroms (matanzas) por parte de los cristianos, tampoco los musulmanes salieron bien parados de su trato con los mismos. Siempre se declaró la guerra al infiel por ambas partes, mientras los descendientes de Isaac intentaban capear el temporal y pasar desapercibidos. Bajo el dominio musulmán no fueron muy mal tratados y hasta se les veneró convenientemente. Los cristianos también vivieron a la vera de sus dineros, que cogían con una mano mientras con la otra limpiaban el manto que se había "ensuciado" con su contacto.
Ahora, al parecer, las cosas han cambiado. El Mesías o Redentor ha debido llegar, aunque no se haya anunciado, en forma de los dólares del Tío Sam y los hebreos, raza trabajadora como pocas, han sabido darle buen recibimiento.
Los palestinos, por el contrario, siguen haraganeando y viviendo de los recuerdos de la grandeza de sus califatos e imperios. Bien cierto es que la injusta partición de Palestina efectuada por la ONU gracias a Gran Bretaña les perjudicó enormemente, pero es que no han dado un palo al agua desde entonces por enriquecer el territorio que les dejaron. La ancestral fraternidad se ha tornado en odio al hebreo por parte de todos los países árabes, con ánimo de echarles al mar, pero bien poco han ayudado a sus correligionarios que siguen viviendo en campos de refugiados. Cierto es que no han contado con la poderosa ayuda de los judíos norteamericanos pero también que los petrodólares de sus hermanos se han convertido en armas para matar al enemigo en vez de en tractores para cultivar sus tierras.
En Israel gobierna un halcón que ya era conocido por su permisividad en las matanzas de ciertos campos de refugiados. Y el pueblo palestino es conducido por un líder que siempre ha llevado pistola al cinto por mucho Premio Nóbel de la Paz que tenga. La confrontación era de esperar y así ha sucedido. Sharon se sabe el más fuerte y no va a dar tregua a sus contrarios por mucho que el presidente Bush quiera frenarle. El ansia de venganza y el odio que el pueblo judío alimenta desde hace miles de años por las matanzas y persecuciones de que ha sido objeto así se lo exigen. Una de las enseñanzas del Talmud es la Ley del Talión, ojo por ojo y diente por diente; aunque opino que los dirigentes políticos poco tienen ya que ver con las creencias religiosas. Aquí se trata de una guerra económica y "el pueblo elegido" no va a dejarse arrebatar lo que tantos sudores  y caudales le ha costado ganar cuando trabajaba con el arado en la mano y el fusil a la espalda, en prevención de los ataques de sus vecinos resentidos.
En tanto, la cristiandad está a la expectativa, atónita pero ambigua, y no se decanta en favor de la paz sino que solamente le importa que sus Santos Lugares sean respetados. Si tantas riquezas como ha acumulado el Vaticano durante siglos se destinaran a paliar la pobreza de los que allí viven quizás las cosas fueran bien distintas. Pero parece que la lucha contra el infiel no ha terminado ni terminará durante años. O será que bien poco le importa el destino de los que mataron a Jesucristo y de los que combatieron su doctrina desde siempre. Una guerra de Dioses, en fin, que es uno sólo, aunque se le denomine con diferentes nombres. Verdaderamente que no hay dios que les entienda, por muchas cruces que uno pueda hacerse. Pero todos pasarán por el mismo calvario que desean a los otros. Y si no, al tiempo. Tiempo que está por concluirse, por cierto, como les dé por seguir armando la marimorena.

 

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