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Cuando
éramos súbditos
En los últimos tiempos,
el cine estadounidense ha puesto de moda recordar eventos
históricos juzgándolos objetivamente con gran severidad y
sacando a la luz todos los trapos sucios que se ocultaron en su
momento.
De esta forma se rodaron - y han obtenido un gran éxito de
público - Banderas de nuestros padres y Cuando
éramos soldados; además de otros títulos. En todas estas
películas se cuestiona la actuación de su Gobierno y de sus
jefes militares.
Hoy, 15 de junio de 2007, se cumplen treinta años de las
primeras votaciones verdaderamente democráticas en España
desde 1936. Es cierto que anteriormente hubo algún que otro
simulacro de comicios para elegir representantes en Cortes por
el llamado Tercio Familiar e, incluso, un referéndum para dar
visos de legalidad a la denominada Democracia Orgánica. Pero
todos ellos fueron solamente eso, una pantomima de libertad; ya
que estuvieron totalmente amañadas desde el máximo rigor del
franquismo.
Por ello, hace treinta años, (cuando éramos súbditos y no
ciudadanos; cuando, personalmente, era un mozo próximo a
cumplir los 31 años), todos cuantos acudimos a las urnas
sentimos una impresión que nunca anteriormente había
experimentado la mayor parte de nosotros; solamente aquellos que
tuviesen más de 62 años habían podido votar sin ser
coaccionados de una forma u otra.
Ya digo: Aquella mañana nos levantamos siendo súbditos y nos
acostamos siendo ciudadanos. Una categoría muy distinta.
Estaba claro que a la muerte del general Franco, y teniendo un
rey joven, algo tendría que ocurrir; pero pocos pensamos que
sucediera tan rápidamente aunque a algunos se les hiciera
eterno. Y menos todavía que habiendo sido nombrado Presidente
del Gobierno un hombre que había sido anteriormente Secretario
General del Movimiento éste se atreviera a dinamitar los
pilares de la Dictadura y a legalizar al Partido Comunista
Español, hasta entonces un ente casi desconocido por la inmensa
mayoría de españoles y del cual parecían formar parte
solamente unos cuantos diablos con cuernos y rabo largo.
Pero Don Adolfo Suárez así lo hizo, obligando casi a un
suicidio colectivo a unas Cortes totalitarias y elegidas a dedo.
Aún no puedo explicarme, por mucho que me lo intenten hacer
comprender, cómo aquellos Procuradores nombrados gracias a su
adhesión a Franco y gozando de las prebendas de que disfrutaban
pudieron aprobar el “Proyecto Suárez” de democratizar el
país. Tal vez pensaran que todo se quedaría en una nueva farsa
y que las cosas seguirían siendo de igual forma, pero con un
ligero maquillaje de libertad para pasar el visto bueno de la
Unión Europea. No en vano había dicho Franco que todo lo
dejaba atado y bien atado. Así que no costaba nada complacer al
Monarca, “un joven estúpido y sin ningún merecimiento” que
había sido diseñado – pensarían – por el viejo general
para perpetuar el “espíritu del 18 de julio” que se vio
obligado a jurar al ser nombrado Príncipe de España.
Y la verdad es que la mayoría de nosotros, los que éramos
súbditos, no pensábamos de muy distinta forma. Pero cuando
comprobamos que tanto socialistas como comunistas y otros
Partidos cuyos miembros no habían “tocado” nunca poder - y
hasta incluso habían estado perseguidos y muchos de sus
miembros encarcelados - estaban “dentro de cacho”, nos dimos
cuenta de que aquello iba en serio. Y nos convertimos en
ciudadanos, así de simple.
Todo ello fue posible gracias a Suárez, por supuesto; pero
también contribuyeron Felipe González y Santiago Carrillo,
así como “el viejo profesor” Tierno Galván, que aplacaron
las ansias de revancha de sus seguidores y consiguieron
infundirles la paciencia suficiente que condujo al consenso para
redactar una Constitución al año siguiente y que aún sigue en
vigor.
Hasta aquí, las alabanzas a todos los que hicieron posibles
aquellas elecciones. ¿Y las críticas? Porque tendrá que
haberlas y haberlas haylas. No todo iba a ser bueno cuando
estaba creado solamente por hombres y no por dioses. También es
lógico que exista un lado malo y es natural.
Pero eso lo dejaremos para otra ocasión. Para mí, realmente,
lo peor es que entonces tenía aún 30 años y ahora voy a
cumplir 61 si Dios quiere. Claro que si todos los males fueran
esos, estaría contento; pero es que hay más...
Pero, bueno; lo dicho: Eso, para otro día.
¡Hasta pronto!
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