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La comedia política
Ha habido actores, también llamados cómicos,
que han llegado a ocupar cargos relevantes en la vida política. El más
cercano y famoso, y sin duda más importante, ha sido el ex Presidente
de los Estados Unidos, Ronald Reagan. Y la vida de la farándula muchas
veces ha estado ligada con la de los políticos. La vida y la muerte,
vamos. Que también otro actor mató a Abraham Lincoln y cuando murió
Nerón se dice que pronunció: - ¡Qué gran artista pierde el mundo!
El gran Charles Chaplin hizo mofa y escarnio de Adolfo Hitler en la película
EL GRAN DICTADOR. Uno ha pasado a la Historia por hacer de reír y el
otro por hacer llorar. Y es que cuando los términos se invierten,
cuando es el político el que quiere hacer de cómico, muy pocas veces
tiene gracia. Y si la tiene, solamente se la ríen sus paniaguados,
aquellos que irían al fin del mundo tras de su sombra con tal de
conseguir una prebenda o un cargo. Los demás, la gente que no tiene afán
de ganar nada porque vive de su honrado trabajo y de su esfuerzo, no
suelen hallar chiste donde sólo reina la falta de respeto hacia la
manifestación legal de miles de ciudadanos que piden que se escuche su
voz ante una Ley que no les parece oportuna ni correcta. La Constitución
Española, ésa mocita ya casadera que acaba de cumplir sus 23 añitos,
así lo reconoce y lo confirma. Y no debe ningún señor político,
elegido democráticamente en las urnas por el pueblo, burlarse porque sí
de tal derecho. Tenga la mayoría absoluta o no la tenga, que ésa se la
han dado las gentes con sus votos y mañana igual pueden retirárselo.
Cuando ciento cincuenta mil manifestantes, en el uso legal de su
derecho, se echan a la calle es porque hay algo. Y no puede un
Presidente de Gobierno prestarles oídos sordos a quienes con su clamor
así lo expresan. Ni reírse de sus adversarios políticos por el mero
hecho de no estar entre sus filas. Ésa es, precisamente, la grandeza de
una señora Democracia.
Cuando quinientos, porque no son muchos más según parece, sanguinarios
vándalos, allá en el Norte, imponen sus deseos mediante el estallido
de las bombas y atemorizan a todo el conjunto de un Estado, más debería
preocupar a las Instituciones la presencia lícita y masiva en una
manifestación de los que dentro de pocos años han de ocupar los cargos
relevantes que hoy día desempeñan los que no quieren escucharles. No
pueden no hacer caso y, encima, prestarse al pataleo del público que ha
pasado por taquilla, (o sea, por unas elecciones), y tiene legítimo
derecho a expresar su opinión con pitos o con palmas.
Y no se lleva la palma en esta ocasión, precisamente, nuestro primer
Ministro con su risa, que suena más que a cómica a bufonada. Más bien
se ha puesto en ridículo a sí mismo.
El ciudadano tiene voz y tiene voto. Quien solamente busque lo segundo,
sin escuchar lo que le dice la calle, es sordo o es que se lo hace. Y ya
sabemos aquello de que no haylo peor que el que no quiere oír.
Yo no sé si la ley de la Universidad futura es buena o mala. Doctores
tiene la Iglesia para dirimirlo. Pero sí diferencio a un genio como
Gila de un cómico de barraca de feria de un pueblo sin alcalde. Y España
es algo más que eso, me parece. O, al menos, tiene mejores coliseos y
grandes autores de teatro. No es necesario que un aficionado venga con
su comedia bajo el brazo a hacer reír, porque no tiene puñetera la
gracia.
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