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El hombre que
evadió a la Ley
Tarde de domingo, 10 de diciembre de 2006.
Acabo de enterarme a través de la radio primero y de la televisión
después del fallecimiento del dictador chileno Augusto Pinochet. Ante
noticia tal, no por más esperada menos sorprendente porque todo
apuntaba a una insospechada mejoría, dejo todo lo que estaba haciendo y
empuño el bolígrafo.
Como es sabido, y así nos lo recordarán hasta la saciedad los medios
de comunicación, Augusto Pinochet fue nombrado Comandante en Jefe de
las Fuerzas Armadas Chilenas en octubre de 1972 por Salvador Allende,
Presidente socialista legalmente elegido, de aquel país. Menos de un
año después, el 11 de septiembre de 1973, y ante lo que consideraba
"una alevosa traición a la Patria, sometida al yugo
comunista", perpetró el Golpe de Estado contra Allende, el mismo
que le había puesto en el Poder, dando lugar a la muerte de éste
defendiendo la Casa de la Moneda, palacio presidencial chileno.
El 17 de diciembre de 1974, y tras haber ocupado la Jefatura Superior de
la nación durante ese tiempo, fue nombrado Presidente de la misma;
cargo en el que permaneció hasta marzo de 1990, tras perder un
referéndum que él mismo convocó en 1988. Pero continuó ostentando el
puesto de Jefe de las Fuerzas Armadas hasta 1998. Luego intervino el
juez español Baltasar Garzón y hubo un largo proceso del cual ha
conseguido evadirse con su fallecimiento. Hasta aquí, la Historia.
Durante su mandato, más de tres mil chilenos
"desaparecieron"; varias decenas de miles padecieron cárcel y
torturas y se calculan en unos treinta mil las personas que tuvieron que
exiliarse para librarse de su "justo castigo" por el mero
hecho de ser de izquierdas. Éste era el hombre.
La historia de tal individuo "nos suena" algo en España, por
la similitud que mantiene con la figura del general Franco: El militar
que ostenta el mando gracias al pueblo y a sus representantes legales y
que termina por oprimirle hasta extremos insospechados, sintiéndose
"el salvador de la Patria". Las mismas armas que la Nación
les confió a ambos para que la defendiesen fueron empleadas por ellos
para someter a sus conciudadanos.
¡Mala herencia dejamos los españoles en Sudamérica! Sobre todo, esa
afición de los militares a considerarse más que meros funcionarios al
servicio del pueblo y exaltarse a sí mismos como héroes predestinados
por Dios para liberar a su país de mayores males. Y eso, a costa de la
sangre de aquellos mismos que le pagaban el sueldo. Lo curioso de todos
estos casos, el Perón argentino también, es que esta gente suele morir
en la cama y a edad longeva. Se deberá sin duda a que consiguieron
acabar con todos sus enemigos y no hubo quien impartiera Justicia para
ellos. Pero, al fin y al cabo, Pinochet fue destituido de su cargo
mientras en el caso español no sucedió así. Claro que, Franco
gobernó durante muchos más años y los que nacimos después de la
Guerra Civil no conocimos otra cosa y hasta no nos parecía mala porque
no teníamos elementos comparativos sino solamente los proporcionados de
oídas y por parte de los derrotados.
Ambos dictadores golpistas, también es coincidencia, gozaron de
similares aficiones: La caza y el coleccionismo. Aunque las colecciones
de uno eran de lápices y objetos de escaso valor y las de Franco eran
de medallas de oro. Pero los dos, como he dicho, eran expertos tiradores
y manejaban a la perfección las armas de fuego.
Lo único que les diferencia es que el español dio el Golpe en una
época propicia para ello, dada la influencia de los regímenes nazi y
fascista de Alemania e Italia. Pinochet lo hizo casi estando concluyendo
el siglo XX y con el consentimiento de los Estados Unidos, quienes
veían en Salvador Allende un peligro para sus intereses económicos.
Pero los dos supieron igualmente librarse de sus compañeros golpistas y
erigirse en jefes indiscutibles del "movimiento liberador".
Afortunadamente para los españoles, Franco ya forma parte de nuestro
pasado; Pinochet acaba de entrar en el de los chilenos. Ambos supieron
eludir a la Justicia y, como dijera el general gallego, solamente
responderán ante Dios y ante la Historia de sus actos.
Pues esperemos que tanto el Uno como la otra sean jueces estrictos para
con ellos. Nadie nace predestinado para salvar nada a costa de asesinar
a sus conciudadanos. Confiemos en que la sentencia sea justa.
¡Hasta pronto!
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