Cada cual, a su bola

De un tiempo a esta parte, o será que por fin estoy madurando y ya veo las cosas desde un punto de vista más conservador, vengo observando que en esta sociedad actual cada cual va a lo que únicamente le interesa a él; despreciando los derechos de los demás y sin menoscabo de que todavía queden personas que sí se preocupan de sus prójimos. Pero éstas son las menos.
También podría haber titulado este artículo como "el tío del saco", en relación a esos célebres y repletos de dinero que el ex alcalde de Marbella, Julián Muñoz, llevaba a su casa; ya que, como le explicaba a su televisiva mujer, eso lo hacían todos.
Y la "inocentísima" y "decentísima" dama iba y se lo creía. O fingía creérselo porque, naturalmente, iba a su bola. Que aquellos billetes proviniesen de comisiones de empresas constructoras por concesión de licencias de obra improcedentes, que fueran escamoteados a los funcionarios del Ayuntamiento o que fueran el resultado de embargos a gente pobre que no podían pagar sus deudas y cuyos bienes eran sacados a pública subasta, le importaba un bledo. Ella podía darse la gran vida, yo diría el "vidón", y qué más daba.
Pero, descendamos de las alturas de estos ediles sin escrúpulos, (quizás fuera mejor decir que subamos de la cloaca de su podredumbre), y veamos el comportamiento de la gente llana. Porque lo mismo resulta que es idéntica, salvo que ésta no tiene la oportunidad de robar tanto; pero si la tuvieran, ya veríamos...
He estado varias tardes supliendo a una compañera en un quiosco de la ONCE muy próximo a una gran superficie de alimentación, de capital francés. El establecimiento está situado en una amplia calle en la cual existe el carril-bus en ambos sentidos, luego les es imposible aparcar sus furgonetas de reparto junto a la acera. Afortunadamente para ellos, hay un rebaje en ésta exento de valla protectora ya que es la entrada del garaje del edificio colindante. Pues ya está. Entran con la furgoneta en la acera y, como el conserje de esa casa, (hombre fornido y con cara de pocos amigos), no les permite que impidan la posible entrada de sus señoritos, te plantan el vehículo casi dentro del quiosco quitando la visibilidad del mismo desde lejos. O sea, aparte de cometer una infracción aparcando sobre el camino de los viandantes fastidian al vendedor que se gana la vida vendiendo sus cupones.
La primera tarde que estuve, y tras tres quejas al conductor, (un mocito más chulo que un ocho que me contestó que a mí qué me importaba), llamé a la Policía Municipal. Cuando el joven se dio cuenta, aparte de opinar gratuitamente sobre las costumbres sexuales de mi santa madre, salió de estampida. A los quince minutos llegaron los agentes, pero ya no había coche que multar y, a pesar de que yo había informado que pertenecía a la firma francesa, como al parecer debe ser difícil multarla a ésta y además no tenían pruebas, se marcharon sin más.
Al rato volvió la furgoneta y el mozuelo se me rió en la cara; así que opté por salir de mi puesto de trabajo, jugándome el mismo, y soltarle una guantada con mis 91 kilos que le hizo girar sobre sí mismo hasta que comprobó que la mujer que me dio el ser era un saco de virtudes. Y ahí terminó el incidente.
Como la situación se repitiese al siguiente día y no era cuestión de volverse a liar a trompazos, no siempre iba yo a salir vencedor, decidí hablar con el gerente del establecimiento. Le expuse el caso y me explicó que no tenían más remedio que actuar así; ya que, de otra forma, deberían estar todo el día llamando a la Policía para que ésta retirase los vehículos aparcados en las zonas de carga y descarga de las dos calles adyacentes.
Le expresé que eso es lo que debían hacer, que siempre haría más fuerza un establecimiento de su categoría que un humilde vendedor de la ONCE. O que podían alquilar una plaza en cualquiera de los tres garajes que se encuentran próximos. O haber pensado en construir un pequeño aparcamiento, robándole un poco de espacio a la entrada de la tienda. Me contestó que todas esas soluciones eran inviables. Sobre todo, pensé, siéndoles más sencillo aprovecharse de la situación existente aunque supusiese una infracción.
Acabó por decirme que tomaría las medidas oportunas, nos dimos la mano y nos despedimos. Y la verdad es que, el resto de los días que he estado, el conductor ha respetado bastante el sitio. Cuando ha aparcado, lo ha hecho por breve tiempo. Se conoce que su jefe le ha indicado que no me molestase. O quizás sea el recuerdo de la trompada que le di. Pero supongo que a partir de que esté nuevamente mi compañera en el quiosco, al ver a una mujer, hará lo que le dé la real gana. Total, o te tomas la justicia por tu mano o la gente no aprende. Y como este caso podría contarles cientos similares que veo a diario por las calles.
La otra noche escuché en la radio a una muchacha de 29 años que contó la siguiente historia: Su padre había sido vilmente asesinado hacía 11 años por un drogadicto que estrelló una furgoneta, porque le pareció bien hacerlo, contra el coche familiar estando éste aparcado. La familia, rota. El padre, muerto, la madre teniendo que sacar adelante a los cuatro hijos. La chica está en tratamiento psiquiátrico desde entonces.
El juez declaró que el sujeto había actuado bajo la influencia de las drogas y no le condenó. Sólo recibieron una pequeña indemnización del seguro obligatorio.
Por lo visto, actualmente el yonki cumple condena por otros asuntos también concernientes al tráfico de estupefacientes. Y la muchacha afirmó que sabía qué día sale de la cárcel y dónde se encuentra ésta.
La locutora le preguntó, intrigada no sé por qué, cuál era su idea y ella no respondió.
Posiblemente, todos los oyentes supusimos la respuesta, al igual que ustedes se la estarán imaginando. Y después, cuando el juez que le absolvió pregunte, que salga el sol por Antequera.
Lo dicho, casi todos vamos a nuestra bola; pero aquellos que se dedican a tocar las de los demás merecen que les corten las suyas. Quizás fuera la única manera de que aprendiesen a comportarse cívicamente; y quizás al resto nos serviría de algo la lección.
Por cierto, he dejado sin movimiento, con 4 euros de saldo, mi cuenta corriente en el Banco de Santander. Por no sé qué manejos suyos, ahora te cobran por tener el dinero en el Banco, me hicieron una liquidación y me quedé deudor en 1 céntimo de euro. Automáticamente me han cargado 15 euros como reclamación de "la deuda". Un 1.500 por ciento, si no me equivoco, sobre la cantidad "adeudada". Y esto es legal y no se considera usura.
¿Les extraña entonces a ustedes lo de Marbella? A mí, no. Como dijo Julián Muñoz, "esto lo hacen todos". La diferencia entre él y el señor Botín no es otra que él es más tonto y lo hace por la cara, mientras éste es más inteligente y actúa de acuerdo con las Leyes.
Insisto, cada cual va a su bola. Pues que siga rodando hasta que un día se detenga. Pero no creo que eso lo vean nuestros ojos ni hasta los preciosísimos de mi nieta ni siquiera los de los suyos.
¡Hasta pronto!

 

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