El golf

Es sabido que en España el golf era un deporte desconocido hasta la llegada de los triunfos de Severiano Ballesteros. Poco aliciente tenía para los jóvenes españoles eso de darse paseos por un campo de hierba dándole golpes con un palo a una bolita. Y a los menos mozos les iban más las clásicas partidas de mus, dominó, tute subastado o billar en los casinos de los pueblos. Además, no existían apenas lugares donde practicarlo.
Hay deportes propios de una región, como puede ser la pelota en el País Vasco y en gran parte de Castilla; la petanca por Cataluña y Levante. Y otros practicados desde niños en todo el país, como el fútbol. Para el primero sólo se necesitaba la pared trasera de la iglesia del pueblo y tener la palma de la mano dura como el granito; para el fútbol, cualquier terreno servía. Un solar recubierto de cascotes, incluso; y se hacían las porterías con los jerséis de los chavales.
Pero para el golf son necesarios, aparte de una gran extensión de césped bien cuidado, unos palos costosos y un monitor que enseñe a utilizar el apropiado para cada uso. Vamos, que desconozco el número de licencias federativas y de aficionados que habría en nuestro país hace 50 años; pero intuyo que el número era escaso porque los niños ricos a lo que jugaban era al tenis, otro desconocido hasta que Santana lo popularizó.
El verbo golfear se utilizaba para denominar otro "deporte": Tomar copas con los amigotes e irse de putas. El término golfista no sé si existía, pero sí los de golfo y golfante.
Y, de repente, de la noche a la mañana, a muchos españoles les ha dado por practicar dicho juego en su aspecto más deportivo y más decente. Parece como si a todos nos hubiese entrado la "golf fever", la fiebre del golf; sobre todo, a los integrantes de nuestra clase política.
Ya deben existir más campos para "golfear" que para jugar al fútbol. O una cantidad parecida. Y yo continúo sin conocer a nadie de la clase trabajadora que lo practique habitualmente como deporte favorito.
¿Cómo puede darse esta paradoja de que haya tantos campos y tan pocos practicantes? Pues muy sencillo: En el pueblo de Navavillejas de Abajo, es un decir, se le compran los terrenos baldíos y los campos de barbecho al tío Colás, a peseta la fanega; pasan dos años, la zona anteriormente considerada verde y no apta para la edificación se recalifica y se proyectan construir dos mil chalets en un pueblo de doscientos habitantes. Para disimular levemente lo de la antigua zona verde, se construye un campo de golf y, de esta manera, el terreno adquirido por fanegas o por la medida agraria de superficie usada en el lugar a un valor irrisorio se vende por metros cuadrados a precios millonarios. Y ya tenemos a nuestros políticos, el alcalde, el concejal, el secretario del Partido de turno, golfeando. Pero ahora dándole al verbo el significado de siempre. Porque, ellos, las únicas bolas que golpean son las de los demás que no son de plástico duro. ¡Hatajo de sinvergüenzas!
Está visto y comprobado que, en esto, el negocio es similar al de los bares; que adquieren los barriles de cerveza de 50 litros y los venden en cañas de 20 centilitros. Pero las cañas hay que escanciarlas y no es tan sencillo hacerlo bien y a veces se suda la gota gorda cambiando los barriles. ¡Que me lo hubieran preguntado a mí hace años! Pues en eso consiste todo negocio que se precie de serlo: En comprar al por mayor y en vender al detall, como se decía antes.
El precio del metro cuadrado de vivienda construida es similar en toda España, con ligeras variaciones según cueste la mano de obra en un sitio o en otro. Pero el metro cuadrado de solar, no. Valen menos mil fanegas en Extremadura que cien m2. en las calles de Serrano o de Preciados de Madrid, pongamos por caso.
La Ciudad Deportiva del Real Madrid se construyó como zona deportiva sobre las huertas del tío Perico; y, ahora, previa la pertinente recalificación, se han elevado allí una torres de oficinas que ya quisiera la inclinada de Pisa costar lo que cuestan éstas.
Ésa es la llamada "burbuja inmobiliaria". Nuestros gobernantes, aparte de aprender a golfear, (que eso ya debían llevarlo en sus genes), han aprendido a "hacer el egipcio": Una mano por delante, para que se vea lo poco que dan; y otra por detrás, en la que no se ve lo que van recogiendo. Pero les aseguro que es mucho. Por ésa y no por otra razón, aquí no dimite nadie. Porque mientras siga en el cargo continuará forrándose.
Así es, os parezca o no. ¡Vivan la especulación y las hipotecas a 50 años!
Hasta pronto.

 

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