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Juventud, divino
tesoro...
... te vas para no volver. -, que
escribiera Rubén Darío. Aparte de que un servidor se sienta más poeta
que columnista de Opinión, viene a cuento esta incursión en el Arte de
Calíope merced a la asonada juvenil celebrada el pasado viernes en casi
todas las capitales españolas en pro del denominado "fenómeno del
botellón". Y puedo asegurarles que si volviese a ser joven me
apuntaría el primero a una de esas fiestas. Para divertirme. Porque,
ciertamente, reír, beber y pasarlo bien junto a los amigos es
fantástico y aún lo recuerdo. Después, la vida nos carga de
obligaciones y compromisos familiares y aquellos jolgorios ya pasan a la
Historia, preocupados como estamos por el trabajo, la hipoteca y el
fatigoso pasar de la existencia.
Pero yo recuerdo que me divertí y mucho bebiéndome un par de cervezas,
la cosa no daba para más, y apurando un cava de vil estofa que nos
vendieron en una bodega. Repito que es que la cosa no daba para más.
Sin embargo, ahora, los muchachos beben whisky, ron y toda clase de
licores de alta graduación y de no bajo precio. Y lo peor del caso es
que no se divierten; simplemente, se emborrachan.
Vean ustedes las fotos de portada de este pasado sábado en cualquiera
de los periódicos de mayor tirada y podrán comprobar que cuanto afirmo
es cierto. Esas caras desfiguradas por una estúpida ingesta de alcohol
así lo ratifican. De divertirse bebiendo se ha pasado a beber para
divertirse. Y esto, amigos, que puede parecer tan sólo un juego de
palabras, significa realmente un grave problema social.
El alcohólico alcanza el punto de difícil retorno cuando pasa de vivir
para beber a beber para vivir. Cuando nuestros jóvenes necesitan
imperiosamente emborracharse, armar gresca, destrozar el mobiliario
urbano y enfrentarse a las Fuerzas de Orden Público para ocupar sus
ratos de esparcimiento es que algo muy turbio se cuece en esta sociedad.
En mi niñez se jugaba con los compañeros a "pídola", a
"tú la llevas", al "rescate" y al
"clavo", entre otros juegos. Y se intercambiaban
"cromos" de futbolistas y de películas. Los niños de hoy en
día juegan con la Play Station, recluidos en la soledad de sus
habitaciones. ¿Y para qué van a coleccionar las fotos de sus ídolos o
de grandes películas si pueden bajárselas de Internet y, encima, las
películas de grandes tienen bien poco?
Actualmente, un film como Los diez Mandamientos, que en su
momento rompió moldes e hizo que todos los chavales buscasen las
imágenes de Yul Brinner y de Charlton Heston, no pasaría de ser un
tostonazo ya que habla de Dios, no hay escenas de sexo y, para colmo,
tampoco está repleta de hemoglobina hasta ahogarnos.
¡Nuestros adolescentes se aburren! Dicho tan taxativamente, parece
imposible que esto ocurra poseyendo teléfonos móviles, ordenadores,
vídeos, DVDs, consolas y demás modernismos. Y, encima, sexo bastante
más fácil que el que tuvimos en mis mocedades.
Pues ocurre.
¿Los motivos? Como cantan en la zarzuela DOÑA FRANCISQUITA: - Cuando
algo tienes, siempre piensas en algo que nunca viene. Están
saturados.
Los horarios de trabajo, sobre todo de las madres porque a tu padre no
le veías apenas ya que tenía que traer el dinero a casa, han alterado
las costumbres; la televisión ha acallado las conversaciones familiares
y, más que nada, las criaturas molestan. Es más fácil comprarles lo
que sea para que se entretengan y le dejen a uno en paz. Y cuando ya
tienen catorce o más años, darles 50 € y despreocuparse de ellos y
de dónde andan. En todo caso, una llamada al móvil de vez en cuando y
basta. No importa que tu hija te diga que está bailando aunque la
escuches perfectamente jadear en el éxtasis del orgasmo. Habrá tomado
precauciones...
Cuando luego avisen a los padres desde una Comisaría o desde un
Servicio de Urgencias, todo parecerá imposible.
En cualquier verbena o fiesta popular siempre han existido reyertas y
borracheras; los jóvenes nunca han dejado de hacer trastadas. Pero eran
cosas propias de la juventud y los más viejos las envidiaban con
nostalgia. Hoy en día, esos jóvenes parecen tan ancianos como sus
mismos abuelos porque tienen muerta la ilusión. Y eso, señores, es
preocupante y sin duda la culpa es de sus mayores.
Podrán pensar que son divagaciones de un casi sesentón, pero si lo
examinan a fondo comprobarán que no están desacertadas y que en mis
palabras no se trasluce la envidia. Les aseguro que nunca haría lo del
Doctor Fausto, cada edad tiene su belleza...
Lo importante es saber apreciarla.
¡Hasta pronto!
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