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Memorias del 23-F
Aquel lunes amaneció para la mayoría de los
españoles como el primer día laborable de otra semana más. Es cierto
que el ambiente político estaba sobrecargado tras el fracaso previo de
la investidura presidencial, el viernes anterior, de Leopoldo Calvo
Sotelo tras la sorpresiva dimisión del Presidente Suárez; pero nada
parecía anunciar ningún acontecimiento de mayor relevancia que el que
aquélla tarde, en una nueva sesión del Congreso y ya por mayoría
simple, el candidato sería elegido para tan alto cargo.
Así pensaba la mayoría de los ciudadanos, excepto unos cuantos, y de
esta forma se dirigieron a sus trabajos y transcurrió la mañana y las
primeras horas de la tarde.
Recuerdo perfectamente que teníamos concertada una reunión con
nuestros hermanos mayores a las 6 de aquel atardecer que se presentaba
plomizo. Había temas que tratar sobre el futuro de nuestras empresas.
La coyuntura económica no era buena para nosotros y teníamos que
hallar nuevas soluciones. Dar un golpe de timón, frase que días más
tarde vi escrita en los periódicos y me hizo sonreír pensando que me
habían plagiado el invento. Pero el cambio de rumbo que otros habían
preparado era muy diferente...
Dieron las 6 y media y mis hermanos no se presentaban. Nos extrañó su
tardanza, pero en aquel instante escuchamos el incesante paso de coches
de Policía por el Paseo de la Castellana bajando hacia Cibeles y
Neptuno a toda velocidad y con el ruido escandaloso de sus sirenas.
Un delineante que trabajaba para nosotros, y del cual no ignoraba que
pertenecía al Sindicato anarquista C. G. T. , entró en la sala de
reuniones con la cara desencajada y anunciándonos que la Guardia Civil
había entrado en el Congreso de los Diputados hacía escasos minutos y
que las noticias de lo ocurrido eran muy confusas.
Salimos a la calle Recoletos y pudimos oír a los vecinos dándose la
noticia unos a otros de balcón a balcón. Hubo quien afirmó que había
más de 200 muertos y que seguramente serían muchos más. Todos esos
"demócratas de mierda", dijeron. Y escuchamos gritos de
¡Arriba España!
Volvimos al interior de nuestras oficinas y, mirándonos con caras
cariacontecidas y de estupefacción, comprendimos que algo muy grave
había sucedido. Rápidamente, dijimos a nuestros trabajadores que se
fuesen a sus casas y procurasen no meterse en líos. Telefoneé a mi
esposa para informarle y ya conocía la noticia. Me dijo que la gente se
agolpaba en el supermercado de enfrente de nuestra casa, lo había visto
al volver de recoger a nuestros hijos del colegio.
Así que mi próxima reacción, intuitiva, fue vaciar la caja fuerte de
billetes y repartirlos entre el hermano que trabajaba conmigo y dos de
nuestros subalternos más allegados. También me eché al bolsillo los
talonarios de cheques, recordando lo que me dijera mi padrino que
sucedió al término de la Guerra Civil sobre que los billetes no
valieron en su inmensa mayoría pero sí los depósitos en cuentas
bancarias.
Echamos los cierres y os dirigimos al aparcamiento en busca de nuestros
coches. - Esto es un golpe de Estado. -. Aseguró mi hermano. Y
yo asentí. ¿Cómo acabaría?
En el trascurso de mi corto viaje, atajé mi camino atravesando El
Retiro que entonces estaba abierto al tráfico rodado, fui incapaz de
sintonizar ninguna emisora de radio. Hacía días me habían roto la
antena y no se escuchaba más que ruido.
Aparqué rápidamente, subí a casa, besé a los niños y le entregué a
mi mujer el dinero que me había quedado, indicándole que bajara al súper
a por lo más indispensable. Confieso que me sentí contagiado de aquel
afán compulsivo de acopiar comestibles, nadie sabía lo que podría
ocurrir.
Telefoneé a los hermanos que habían faltado a la cita y me explicaron
que el grave caos circulatorio se lo había impedido. Pero, ahora,
pasados los años y pensándolo bien, me pregunto qué causó que si la
cita era a las 6 y la entrada de Tejero en el Congreso se produjo sobre
las 6 y veinte minutos, ya hubiera graves trastorno de circulación con
anterioridad. Una pregunta que ignoro si muchos se han hecho pero cuya
respuesta nadie ha sabido nunca darme. A no ser que José Oneto lo
explique en el libro que acaban de publicarle.
He olvidado contar que, al ir a tomar el ascensor a mi llegada a mi
domicilio, un vecino, (profesor de Filosofía, intelectual y socialista
de pro él), me espetó violentamente: - ¡Ya lo habéis conseguido!
-. Y salió corriendo como alma que lleva el Diablo. Ignoro por que me
atribuiría tendencias nostálgicas cuando, en esa época, mi única
preocupación era trabajar y siempre fui totalmente ajeno a involucrarme
en Política; como lo sigo siendo aunque ahora sí opine sobre ella.
Sería porque sentía miedo, sencillamente, y es lo primero que se le
vino a la boca.
Más tarde, bajé a la calle y fui con el conserje hasta la bodega
cercana a tomar una copa. Pude observar cómo el vecino del segundo
piso, suscriptor de la revista Fuerza Nueva, colgaba una bandera
preconstitucional en su balcón. O sea: Teníamos un vecino
"rojo", que huía despavorido, y otro, "facha", que
esperaba el triunfo de los suyos. Y los demás en medio, totalmente
ajenos a todo lo que no fuera conseguir el pan nuestro de cada día.
- Largas horas nos esperan, Esteban. -. Musité, preocupado, al
conserje. Y tan largas que fueron...
Como es sabido, las únicas noticias que llegaban eran a través de un
micrófono oculto dejado por dos periodistas de la Cadena SER. Las
demás emisoras y la televisión solamente emitían música militar y
clásica. Sí anunciaron la próxima presencia de Don Juan Carlos ante
las cámaras. Pero esa presencia se hizo de esperar porque Prado del Rey
estaba tomado por fuerzas militares.
¿Qué ocurrió durante esas horas en España, aparte de la bien
conocida toma de Valencia por las fuerzas al mando de Milans del Bosch?
Se han barajado multitud de hipótesis e imagino que se seguirán
barajando durante muchos años. ¿Cómo es que aquel mediodía se
suprimieron los pases de pernocta en todos los cuarteles de Madrid?
¿Por qué en Salamanca se vaciaron totalmente los mercados el sábado
anterior con la excusa de que "venía el Movimiento"? ¿Qué
motivó a Tejero a exclamar a voz en grito ante los escoltas y guardias
del Congreso: - ¡En nombre del Rey! ¿Por qué todo un Teniente
General como Milans, monárquico a ultranza, sacrificó su carrera y se
enfrentó al papel constitucional de su Rey?
Tantas y tantas preguntas a las que nos han respondido de varias maneras
y ninguna en exceso convincente... La única respuesta que hallo en mi
memoria es que, después, Calvo Sotelo fue nombrado por fin Presidente,
que nosotros continuamos trabajando y que aquel fin de semana volvió a
jugarse la Liga de fútbol.
A últimos de aquel año accederían los socialistas al Poder y comenzó
una etapa diferente.
Hasta pronto.
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