Legislando al absurdo

Desearía proseguir esta semana escribiendo sobre la ley más absurda que ha programado hasta ahora el gobierno socialista de este país. Luego se sacarán de la manga algunas que lo sean aún más, como pueden ser la aprobación del Estatuto Catalán y similares; pero, de momento, dejemos ésas en un compás de espera.
Tengo la extraña sensación, (no siendo, como desearía, un experto en la materia), que la ley antitabaco puede ser anticonstitucional por mucho que haya sido aprobada por las Cortes Españolas, desde el instante en que discrimina en ciudadanos odiados y perseguidos a los que tenemos la costumbre, vicio o manía de fumar.
Estoy plenamente de acuerdo con que un fumador no posee el derecho de molestar con sus humos a quienes no lo son, como ha venido sucediendo desde siempre. Reconozco que el que una señorita se tuviese que "tragar", obligatoriamente y sin querer, los efluvios de tres paquetes del más duro tabaco negro, (que eran los que se fumaba diariamente su jefe), es inadmisible; nadie puede molestar a otros para satisfacer sus propias apetencias. Tan absurdo y de tan mal gusto, por mucha costumbre que sea, como repartir puros habanos tras los postres de una boda o de un bautizo donde, normalmente, hay cantidad de niños y personas mayores cuyos pulmones son alevosamente castigados en virtud del festejo.
Pero, de ahí, de esos dos ejemplos que hasta la entrada en vigor de la ley han sido el pan nuestro de cada día, a la estúpida situación actual media un enorme abismo. Legalmente, una persona no puede fumar mientras esté en su puesto de trabajo. No me estoy refiriendo solamente a un oficinista que esté rodeado de compañeros ni a un camarero que atienda al público con el cigarrillo en la mano, lo cual ya no es que sea nocivo para el cliente sino que constituye una verdadera falta de educación, (aunque tan grosero, o más, puede ser que el cliente le pida un café mientras le escupe a la cara el humo del suyo). Es que, aunque usted trabaje solo, en un sitio donde no moleste a nadie salvo a sí mismo, no puede hacerlo a menos que disponga de 10 metros cuadrados por lo visto.
O sea, unos ejecutivos sí pueden reunirse en el despacho de uno de ellos y ordenar a la secretaria, abusando de su cargo, que les sirva whisky hasta acabar ebrios como Noé tras la aventura del Arca; pero un joyero que trabaja a solas en su taller o, para más INRI, un estanquero que despacha tabaco en un quiosco de piedra en medio de la calle, donde no tienen acceso los compradores, (que normalmente serán fumadores), no pueden echar legalmente una caladita aunque sea a escondidas.
Que yo sepa, en este país no está prohibido embriagarse en lugar público mientras no sea practicando el "deporte del botellón", con el cual saca menos impuestos el Gobierno. Tampoco está restringido el servicio de bebidas alcohólicas en los restaurantes de carretera. Después, si se mata uno que se ha tomado una botella de vino y tres copas de coñac para acompañar unos callos a la madrileña y una fabada asturiana, con decir que había sobrepasado los límites de alcoholemia en sangre basta y sobra. Pero ninguna norma le había prohibido hacerlo. A ver qué explicaciones les da la señora Ministra de Sanidad a los familiares de las tres personas que se ha llevado por delante tal energúmeno.
Fumar no es sano; de eso no tengo la menor duda como fumador empedernido que soy. Pero no pienso que sea mucho más saludable, mentalmente al menos, verse obligado a abandonar el puesto de trabajo para salir a la calle "a echar el pitillito". No hay nada tan ridículo como observar los corrillos que se forman a las puertas de las empresas. Parece que todos sienten tanta vergüenza y apuro como el chaval a quien sorprende su padre masturbándose en el cuarto de baño. Vergonzoso, realmente.
A todo esto, tengo entendido que el señor Zapatero fuma en La Moncloa. Puesto que se supone que es su lugar de trabajo, es un decir, a pesar de que su despacho mida más de los metros cuadrados indicados anteriormente, ¿con qué derecho puede entonces impedirme que yo fume dentro de mi quiosco de la ONCE, estando como estoy tan sólo acompañado por la música de mis zarzuelas? ¡Que los hagan más grandes!
Es cierto que mis jefes podrán sancionarme, pero siempre en virtud de una ley estúpida y mal confeccionada. Sí soy libre para suicidarme dentro de mi garita tomándome un frasco de psicotropos, pero no para castigar mi capacidad pulmonar con un cigarro. ¡Manda huevos!, como dijese el señor Trillo.
Las últimas noticias que me llegan es que parece que la Administración comienza a recoger velas ante las presiones de la Asociación de Vendedores de Prensa y de las grandes cadenas de restaurantes que organizan banquetes. ¡Si es que no hay nada como tener dinero y ser poderoso para que te escuchen y te hagan caso! Al ciudadano de a pie, que le vayan dando...
Hasta pronto.

 

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