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Al borde de...
¿qué?
Durante mi vida entera había considerado que
toda persona que escribía un artículo o publicaba cualquier tipo de
imágenes, fotos o dibujos, en un periódico de amplia difusión era
medianamente inteligente aunque estuviera influenciada por sus
tendencias políticas u obligada a seguir la línea editorial del medio
que le abona su salario.
Pero, desde que un viñetista danés ha expuesto unas caricaturas
vergonzantes del Profeta Mahoma, he comprendido que también en el
gremio periodístico existen los "tontos de baba" y, muy a
menudo, los gilipollas como éste y aquellos otros comentaristas,
españoles incluidos, que consideran legítimo insultar a millones de
personas en lo más íntimo de sus creencias en nombre de la libertad de
expresión. Y es que no encuentro otro calificativo más castellano que
ése para definirles: Gilipollas.
Cuando la tensión entre Occidente y el mundo islámico es más alta,
con un líder iraní que no parece estar dispuesto a plegarse a los
mandatos del señor Bus y está decidido a fomentar su potencia nuclear;
cuando el pueblo palestino lleva décadas siendo machacado por Israel y
cuando los jefes religiosos del Islam han conseguido fanatizar a sus
creyentes, llevándolos incluso al suicidio con tal de matar al enemigo
de creencias, ¡va un estúpido y la caga! Así, como suena. Ustedes
denle motivos a un "iluminado" para que les parta la cabeza y
les aseguro que en esa rifa llevarán todas las papeletas para que así
ocurra.
Es de suponer que ese dibujante, idiota como él solo, sea agnóstico.
No creerá ni en Dios ni en el Diablo y dudo mucho que ni tan siquiera
en la madre que lo parió. Porque a nadie que profese alguna religión
se le ocurre mofarse de otro credo, ya que a él no le agradaría nada
que lo hiciesen del suyo.
Pero, aún siendo agnóstico, ateo, cristiano, budista o lo que quiera
ser, lo que no se puede ser es, como he dicho y vuelvo a repetir,
gilipollas. Porque loco no estará. O tal vez sí, vaya usted a saber...
En el nombre de Dios, bajo cualquiera de sus muchas personalidades y
representaciones, se ha matado siempre y mucho. En España, la
Inquisición quemaba a cualquiera por un quítame allá esas pajas. Se
produjeron en la Historia hechos como la terrible Noche de San
Bartolomé, en París; y, siempre, al que no creía en lo mismo que el
poderoso se le quitaba de en medio y asunto resuelto. Unos cuantos
cientos o miles de muertos y aquí Paz y después Gloria.
Pero, hoy en día, en los albores del siglo XXI, cuando los musulmanes
disponen de la llave del petróleo, de energía atómica y de multitud
de individuos dispuestos a ser mártires, ir a tirarles del forro de la
chilaba es demencial verdaderamente.
Señores, ¿ante qué estamos y al borde de qué? ¿Qué puede suceder
si Dios o Alá no lo remedian? Yo, como dijo el sabio, ruego que
detengan un instante el mundo; que me bajo de él. Y les aconsejo que
hagan ustedes lo mismo, por si acaso.
Por cierto, muy diferente es ir a provocar que poner las cosas en su
sitio. Por ello, felicito al Presidente del Gobierno de España por
haber acudido a las ciudades de Ceuta y Melilla haciendo caso omiso de
las bravatas del rey de Marruecos.
Cada cual, en su casa hace lo que quiere. Y mientras no me demuestren lo
contrario, ambas ciudades, aun estando en el Norte de África, son tan
españolas como el mismo Covadonga.
Hasta pronto, con un poco de suerte. Cruzaremos los dedos...
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