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Prohibido prohibir
De aquí a menos de quince días, como no
ignorará ninguno de mis lectores, en España no va a poder echar humo
por la boca ni el Diablo; al menos, en público.
Recientemente aprobada y ratificada por el Congreso de los Diputados, la
Ley antifumadores será ya una realidad a partir del 1 de enero. Y digo
yo, ¿quién es el Legislador para legislar sobre lo que es ilegislable?
Estamos de acuerdo en que la libertad de cada uno acaba donde comienza
la de los demás y en que fumar no es sano. Pero tanto como llegar al
extremo de prohibirlo...
Hay lugares donde el uso del tabaco no debe estar permitido; hospitales,
lugares donde se encuentren niños, aquellos en los que la mayoría de
los presentes no sean fumadores, etc. De acuerdo. Pero llevadas las
cosas a unos límites absurdos, también podría yo, como fumador en
activo y ya antiguo bebedor, quejarme del pestazo que exhalan los bares
a alcohol. O de los más de 90 muertos y el doble de heridos en la
carretera del pasado "Puente de la Inmaculada", cuyos sepelios
y secuelas también salen de los impuestos que satisfago.
Y jamás he visto que en una botella de ginebra ponga ESTO PUEDE MATAR,
ni tampoco que en un automóvil escriban de fábrica un cartel que diga
ESTO MATA.
Parece realmente mentira que un Gobierno socialista que proclama la
libertad del individuo coarte hasta tal punto la forma en que cada uno
quiera morirse; pero, ya puestos a hacerlo, que prohíban esas
mencionadas, y otras, actividades nocivas.
Reconozco que no tengo el más mínimo derecho a echarle el humo en la
cara a una señora sin su consentimiento; pero tampoco ella lo tiene
para atufarme con un pestilente perfume de tres al cuarto. Si mi hecho
puede dañar a su salud, el suyo daña a mi buen gusto y hasta puede
quitarme el apetito.
Y todo, digan lo que digan, porque a nuestros dueños, los yanquis, les
ha dado esa manía. Primero, inundaron el mundo con sus flamantes
cajetillas de tabaco rubio que hacían sentir vergüenza al que se liaba
un humilde "caldo de gallina"; luego, llenaron las pantallas
de nuestros cines de varoniles vaqueros encendiendo un Marlboro. Y ahora
tildan de vicioso a quien hace aquello que ellos nos enseñaron.
Me recuerda la historia de los pobres pieles rojas que no conocían
"el agua de fuego" y a los que emborracharon hasta
convertirles en pobres idiotas a los que era sencillo exterminar. Y lo
malo es que se les sigue el juego.
Como trabajador de varios gremios que he sido a lo largo de mi vida, no
puedo imaginar a un contable cuadrando su balance sin encender un
cigarrillo ni a un periodista escribiendo sus artículos sin dar la
última calada a la "pava" ya consumida en el cenicero. No veo
lógico que se fume en unos grandes almacenes mientras se atiende al
público, pero no veo qué mal hace el camarero que se "echa un
pitillito" mientras sus clientes se emborrachan delante de sus
narices y tiene que aguantar sus pesadas bromas.
Hasta Su Santidad Juan XXIII fumaba y en público. ¿Es que los
discípulos de Pablo Iglesias, tal vez por aquello del apellido, van a
enmendarle la plana a aquel santo varón? Lo de siempre, que somos más
papistas que el propio Papa.
No sé lo que opinarán ustedes, pero les aseguro que no fumaré en el
Metro ni en un recinto cerrado donde haya más personas; mas aquél que
me reproche que fume mientras se gasta en el juego 300 euros ya puede
irse buscando otro vendedor, porque este "menda" piensa seguir
haciéndolo. Y la multa, si es que llega, que la pague Zapatero.
¿Quieren hacernos olvidar aquel dicho de "un cigarrito pa el
pecho por lo bien que lo hemos hecho"? Pues por mí, como
decía el difunto cantante Carlos Cano, que les vayan dando...
Feliz Navidad, sea todo dicho de paso, les desea
A
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