Treinta años después

Este domingo se cumplirán 30 años de la muerte de Francisco Franco, "Caudillo" de España por la Gracia de Dios. Voy a intentar, saliendo de un largo letargo en que me han tenido sumido mi obra poética y otros quehaceres como el trabajo, recordar para mis lectores aquellos días y los sentimientos que experimentamos los que vivimos esa época.
Hacía unos meses que yo había cumplido los 29, (sí, calculan bien, nunca he ocultado mi edad), lo cual significa que era más joven en aquellos instantes que el menor de mis hijos ahora, y toda mi vida había transcurrido bajo la dictadura, (confieso que me enteré a los dos días de que así era como vivíamos, cuando escuché el discurso del rey), del Generalísimo. Para mí no existían los Partidos Políticos porque nunca me metí en esos berenjenales y si algo había oído hablar de ellos eran rumores solamente.
Mi familia era de clase acomodada y yo vivía muy bien, bastante mejor económicamente que ahora. Éramos ricos, en una palabra. Y, cuando se tiene dinero, en lo único que se piensa es en vivir lo mejor posible y, haciendo una metáfora, los árboles no te dejan ver el bosque. Sí había escuchado que a veces se producía alguna huelga, pero no acertaba a comprender el significado de las mismas. Pensaba que pagaba a mis empleados justamente, cosa que hoy comprendo que no era cierta, ya que sus salarios eran superiores a los que marcaba el Convenio correspondiente. El que el mío fuera infinitamente superior carecía de importancia a mi entender ya que para eso "nos jugábamos nuestro dinero" en tanto ellos no lo hacían. Tal vez por lo mismo ellos, donde quiera que estén, tengan ahora sus viviendas mientras yo no conservo la mía.
Desde el mes de Octubre, Franco estaba enfermo. Y gravemente, según se dijo. Hasta se aseguró que había fallecido a mediados de dicho mes pero se ocultó su muerte mientras todo se dejaba "atado y bien atado", como él dijera.
Los últimos días, cuando compraba el periódico para leer las noticias, comentaba con la vendedora: - ¡Pobre hombre! Le podían dejar que se muriera ya en paz... -. Y ella me daba la razón. Pero yo seguía inmerso en mi trabajo y en mi empresa y en ver como mis hijos iban creciendo. El futuro no me interesaba ya que, efectivamente, todo parecía estar bien sujeto con el nombramiento de don Juan Carlos como sucesor y con la férrea mano de Arias Navarro de por medio para que no sacase los pies del tiesto.
Aquella noche del 19 de noviembre me acosté junto a mi esposa, teniendo el transistor pegado a la oreja. Las últimas noticias del Telediario eran que el "Caudillo" estaba extremadamente grave. Naturalmente, me dormí; pero, (y algo similar debió de ocurrirles a gran parte de españoles), a eso de las 4 y media de la madrugada me desperté y alcancé a escuchar la noticia de que el Dictador había fallecido.
Ya nos levantamos mi esposa y yo y pasamos el resto de la noche en vela escuchando tanto la radio como la televisión, hasta que anunciaron que a primera hora de la mañana hablaría el Presidente del Gobierno. Así que me arreglé y, tras desayunar, me fui a la oficina más pronto que ningún día.
Estaba arrancando el coche cuando escuché la llorosa voz de Arias anunciando que Franco había muerto. Sinceramente no recuerdo qué pensé. Simplemente, me fui al trabajo y allí estuvimos comentándolo todos. Unos estaban más preocupados que otros, a algunos no nos importaba mucho el porvenir ya que parecía que lo teníamos todo seguro... Y supongo que hubo quien ocultaba su alegría para que nosotros, sus jefes, no nos diéramos cuenta. Más tarde me enteré que en Cataluña se acabaron las reservas de cava y me pareció una enorme falta de respeto y una cabronada.
En ningún instante pensé acercarme a ver el cadáver, como hizo tanta gente que formó una inmensa cola alrededor del Palacio de Oriente donde se expusieron los restos del viejo general. Ya había estado en dicho lugar unos meses antes, cuando la manifestación del 1º de Octubre y era la primera y única vez que asistía a un acto de esa índole. Vi tal fanatismo y tanta preparación allí que juré que nunca más volvería a estar presente en un acto de aquellos, cosa que incumplí después dos veces. La primera, cuando la protesta contra el Golpe de Estado del 23 - F; y, posteriormente, cuando la manifestación contra la guerra de Irak, hace pocos años. Y no acudiré a ninguna otra, supongo, porque en todas las ocasiones me he percatado de la inutilidad de esa presencia del pueblo ya que al final se hace siempre lo que los que están en el Poder desean.
Que tanto en aquella presencia, no tan espontánea sino bastante organizada, ante el Palacio Real para ver y mal escuchar al "Caudillo" como en la cola, ésa sí voluntaria, para contemplar su cadáver hubo infinidad de gente no me lo puede negar nadie ni entonces ni ahora. Aparte de que lo vieron mis ojos, está grabado en imágenes. Luego parecía que España estaba con Franco, dijeran lo que dijeran y digan lo que sigan diciendo actualmente. ¿Qué había mucho "rojo"? Sin duda. Pero menos de lo que ahora se dice. La gente presumía, eso lo he escuchado decir no sé cuántas veces, de ser "de derechas de toda la vida". Ahora todos somos demócratas y de derechas no hay nadie salvo unos cuantos locos nostálgicos; así se les denomina.
A los dos días tuve la ocasión de ver en color, en un bar ya que a pesar de "ser rico" no tenía aparato de televisión en color en casa, el nombramiento de Don Juan Carlos como Rey de España. Y recuerdo su discurso que en estos días he tenido ocasión de releer. La verdad es que me emocionó tanto que, cuando terminó, con la ingenuidad de mi juventud, lancé un ¡Viva! Todos los que allí estaban me miraron y ninguno dijo nada. El amigo que me acompañaba, un ingeniero industrial de AEG del cual hace mucho que no sé nada, me recomendó silencio y sin añadir nada más nos fuimos a la calle.
Han transcurrido treinta años. Mi cabello castaño ya apenas si existe y mi barba, en aquel entonces rubia, ya es blanca. Mis hijos se han casado y ya tengo una nieta. He escrito mucho y libremente desde aquel entonces, cosa que al parecer antes no podría haber hecho; pero como sólo hacía poemas románticos seguramente sí me lo hubieran permitido. Y han cambiado muchas cosas en esta Nación desde entonces. Ahora, pocos nos atrevemos a seguir diciendo España; es más común leer "este país", aunque ya también ese término se emplea para las que antes eran llamadas provincias. Podemos charlar ya abiertamente de política en cualquier sitio y nadie se ofende por ello, salvo en esos "países" donde si afirmas que siguen siendo España puede acabar la cosa como el Rosario de la Aurora.
En fin, que han existido muchos cambios y se han impuesto muchas nuevas costumbres y no todas buenas. Antes éramos súbditos y ahora somos ciudadanos; en eso sí hemos mejorado. Pero en otras muchas cosas, no. Ya se puede decir que el general Franco fue un traidor que dio un Golpe de Estado y no te meten en la cárcel. Imagino que si Tejero hubiera tenido éxito sí lo harían.
Por una parte, estoy satisfecho porque hoy puedo escribir estas líneas; por otra, no acaba de convencerme el derrotero que ha tomado España, con perdón. Y lo que menos me gusta, desde luego, es que dentro de unos meses, si Dios quiere, cumpliré los 60.
Pensándolo bien, meditando y hablando en serio, eso es lo que más me disgusta. Y no por alcanzar esa edad, de lo cual estoy muy satisfecho y además me siento aún joven; pero, sinceramente, jode enormemente cuando ves a los chavales de 18 años, les preguntas por Franco y te dicen que es un gran portero, Franco Nero, que juega en el Atlético de Madrid; mi amado equipo, como diría Torrente. Pero más molesta cuando miras a las chicas jóvenes y bellas y te das cuenta de que te observan como si fueras un viejo verde. Y quizás lleven razón, es muy posible.
Espero volverles a escribir de nuevo antes de mi cumpleaños, que es en Junio. Se lo prometo. Que sean felices.

 

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