Piove... ¡porco governo!

Hace muchos años tuve un amigo italiano que constantemente me repetía estas palabras, refiriéndose a que en su país siempre se culpaba de cualquier acontecimiento, aunque no tuviera nada que ver con el mismo, al gobierno de turno. Si llovía, como dice el título de este artículo, porque llovía; si los campos se secaban por falta de agua, por lo mismo; si se helaban de frío, con más motivo. Y si era el sol de la canícula el que abrasaba las mentes de los toscanos, también era porque el ministro de Medio Ambiente no había previsto dotar a estos de una buena crema solar con el máximo factor de protección. Así eran las cosas en el país cercano.
Por supuesto que en aquella época era impensable que en España se criticase a un ministro; no digamos ya al Presidente del Gobierno, que todos sabemos bien quien era. Y cuando dejó de serlo y puso a otros en ese cargo, tampoco. Era la diferencia que existía entre un Estado demócrata y otro que estaba gobernado por una dictadura.
Cuando ya en España pudimos empezar a hablar y a emitir libremente nuestras opiniones, la verdad es que muchas veces hemos convertido tanto la calle como el hemiciclo del Congreso en verdaderos galimatías. Se conoce que estábamos tan ansiosos de hablar en voz alta que nos traía sin cuidado si con nuestras voces acallábamos los gritos del vecino.
A medida que han ido pasando los años y consolidándose nuestra democracia, los ciudadanos hemos tomado conciencia de lo que significa la palabra libertad y hemos comprendido que la de cada uno termina justo donde empieza la de los demás. Lo hemos entendido así todos... Todos menos los políticos, precisamente.
Cuando el PSOE estuvo en la oposición, culpó a UCD de todos los males; cuando alcanzó el poder, fue Alianza Popular, convertida luego en el Partido Popular, quien se encargó de buscar el chivo expiatorio. Cuando el PP gobernó, con Aznar al frente, fueron los socialistas los que les echaron las culpas de si había sequía o inundaciones; y ahora que nuevamente mandan ellos, son los otros quienes les increpan.
Los monumentales atascos en las carreteras españolas que se han producido con motivo del "puente" de primeros de mayo han hecho clamar a la oposición. El gobierno ha explicado que es que el parque de automóviles ha aumentado en el último año en más de un millón de coches mientras las carreteras siguen siendo las mismas. El PP les ha acusado de falta de previsión y hasta ha hecho correr el chiste de Mariano Rajoy de que "ya que cuando llueve hay atascos y cuando nieva o hace sol también, rogaremos que esté nublado a ver si así no se producen". Y el que más ha vociferado, como de costumbre, ha sido el ex - ministro Aceves, precisamente ex - ministro de Interior, y por tanto responsable del tráfico, bajo cuyo mandato se produjeron atascos tan intensos y tan numerosos como los que ahora maldice. Creo recordar, asimismo, que el señor Rajoy ocupó también ese puesto anteriormente.
Dentro de unos años, serán ellos o alguno de sus correligionarios los que vuelvan a ocupar tal cargo; entonces será el ministro actual, que estará en el paro, el que proteste por el mismo motivo. Y mientras tanto, los sufridos ciudadanos a aguantar y a padecer las consecuencias de la inutilidad de unos y otros. Porque la cosa tiene difícil arreglo: Si en una botella cabe solamente un litro de líquido, es inútil querer introducir dos ya que no existe sitio para ello. Tal vez, si se intenta licuar y meterlo en estado gaseoso... Mejor será no darles ideas de casquero, ¿no les parece?
Lo bueno, o lo malo, del caso, es que la gente no protesta y en el próximo puente se volverá a lanzar a la carretera a sabiendas de lo que tendrá que soportar. Y en las próximas elecciones no tendrá en cuenta esas amargas horas y volverá a votar a uno de los dos Partidos. Y, de esta manera, in saecula saeculorum...
Esta mañana he acudido a que me hiciesen una radiografía de la mano, para lo cual he tenido que aguardar un mes y pico. Las enfermeras o auxiliares me han tratado de mala manera, como si mi mano les importara un bledo, lo cual es cierto ya que la que les importa es la suya. Entonces he reclamado la presencia del Jefe del Servicio de Radiología donde estaba siendo mal atendido. La respuesta ha sido que no estaba y que si quería exponer una queja acudiese a Atención al Paciente. Y, efectivamente, he ido. En vez de dos funcionarias que debería haber, solamente había una. Y, esperando, cuatro personas delante de mí. Como ya me conozco el paño de otras veces, he optado por irme y ya me quejaré a mi médico de familia cuando le lleve la placa. Pero, eso sí, mientras yo me quejaba, otros que esperaban a ser "radiografiados" discutían entre sí por el turno. O sea, que estamos dispuestos a discutir por el menor motivo con el vecino pero no nos atrevemos a quejarnos a quienes cobran sus salarios de lo que nos descuentan de nuestras nóminas.
Si no me equivoco, éstas son las consecuencias de cuarenta años durante los cuales no pudimos hablar en voz alta. Espero que nuestros hijos, y sobre todo nuestros nietos, se comporten de otra forma y distingan la diferencia entre quejarse y protestar, que no es pequeña; porque si no, seguirán eternamente diciendo lo que decía mi amigo el italiano: - ¡Porco governo!

 

A portada

Hosted by www.Geocities.ws

1