¡Que se case, leñe! 

Yo no sé a qué viene tanto opinar de la boda de Felipe de Borbón y Grecia con su adorada Eva. Si él quiere hacer de Adán, ¿a qué impedírselo? ¿No se ha dicho mil veces que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra? Pues dejémosle que se estrelle con quien quiera, que para eso ya es mayorcito de edad, de saber y de gobierno. Aunque el Gobierno no ponga muy buena cara a sus deseos.

Lo que no me parece nada correcto es que el Príncipe de Asturias, heredero de la Corona de España, contraiga matrimonio con quien se le ponga en las narices. Eso ya es otra cosa. Una cosa es predicar y otra, más bien muy diferente, repartir trigo. Y este joven, según dicen los medios bien informados, amigo de francachelas y del buen vivir, amante del “dolce far niente”, que no ha pegado golpe en su vida y cuya vivienda, modesta según sacan en las fotografías (o sea, un palacete en toda regla), la vamos a pagar entre todos aquellos que sufrimos nuestras perpetuas hipotecas y que no tenemos en dónde caernos muertos hasta que el Banco no nos libere de su apremio, debe elegir entre ser el futuro Rey Felipe VI o conformarse con ser un ciudadano más, según reza en su DNI, con nombre y apellidos, pero sin aspirar a tan alto cargo.

Y no es yo que tenga nada en contra de la citada señorita. No me hago cruces de que luzca lencería íntima en las cabinas de los camiones, según cuentan, propiciando así que algún solitario transportista dé rienda a sus calenturientos impulsos y se desahogue manualmente contemplando su efigie. ¡Pero que el día de mañana hiciera lo mismo ante una moneda de 50 euros me parecería una barbaridad, porque sería impulsarle al más pérfido fetichismo! Hacerse una gayola ante unas prendas femeninas es de lógica, dentro de lo que cabe. Ante una fría pieza de metal es caer en lo más bajo de las desviaciones sexuales.

Felipe, el honrado cajista de la zarzuela LA REVOLTOSA, podía enamorarse de Mari Pepa o de la que le diera la gana, ya que cobraba unos pocos reales por su trabajo. Este real Felipe, que cobra del erario público, no puede hacer lo mismo, por mucho que la prensa llamada del corazón (¿no será de la entrepierna?) afirme. Se debe a su deber y nunca será mejor dicho. O rey o enamorado. Ambos sustantivos son difíciles de entrelazarse. Solamente su tatarabuelo Alfonso XII lo consiguió con María de las Mercedes y la unión tuvo un final trágico.

Cualquier otra postura que nuestro príncipe escoja, seguir su voluntad o abdicar de su destino, no llevará a otro fin de que veamos el fin de una Institución que data de siglos.

¡Que unas bragas impongan lo que no pudo hacer siquiera un pueblo..! Abriría el camino a la III República Española. En verdad que la lencería tiene tela...

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