Wojtyla, el Grande

Hablar de la vida del Papa Juan Pablo II en estos días tras su fallecimiento parece tema casi obligado para cualquier comentarista, pero es de suponer que el lector estará más que harto después de la avalancha de artículos, reseñas, anécdotas y biografías que se han publicado desde que se produjo el óbito y ya anteriormente con motivo de su larga y penosa agonía.
Confieso que carezco de la suficiente formación teológica y aun social para opinar sobre su figura y la impronta que ha dejado en el seno de la Iglesia. Personas mucho más preparadas que yo hay y habrá que juzguen desde diferentes ángulos su personalidad; gente que le conoció, que le trató, que gozó de su amistad e incluso aquellos que fueron enemigos suyos. A pesar de ello, voy a permitirme darles mi modesta opinión.
Para mí se ha tratado de un gran hombre que dejará una profunda huella en la Historia. No ha sido un Pontífice más sino un verdadero apóstol del mundo, al igual que cada país tuvo el suyo en diferentes épocas, que se ocupó de esparcir el Evangelio por todo el orbe valiéndose de los medios que la tecnología actual puso a su alcance. No se limitó a permanecer en su palacio de El Vaticano sino que, con razón, se le llamó el Papa viajero. Su carisma y facilidad para congregar multitudes están bien a la vista y si bien Juan XXIII, un Papa para la transición según estaba pensado, se reveló al final como un gran renovador y con mucha más valía de la que era de suponer, Carol Wojtyla, que poseía una personalidad y un temperamento muy superiores y contando con mejores armas, para mí que se quedó a medio camino del triunfo. Me explicaré, sin la menor acritud hacia su persona por supuesto:
Cuando el Cónclave proclamó su nombramiento, todo fueron expectativas. Un Papa polaco, en contra de la tradicional elección de los italianos desde hacía siglos. Un hombre que provenía del Este, de un país como Polonia cuya lucha contra el comunismo por parte del pueblo oprimido leíamos todos los días en la Prensa. Y un hombre joven que había padecido la brutalidad del nazismo y se había forjado en la lucha y el sufrimiento.
Aquello de que uno de sus primeros deseos fuera que le construyeran una piscina en Castelgandolfo sonaba a música celestial. ¡El nuevo Papa era un deportista! Y a todos nos produjo la impresión de que, en el último cuarto del siglo XX, se había elegido un Pastor de pleno siglo XXI abierto a la sociedad moderna y comprensivo con todos sus problemas. Un renovador mayor que el gran Juan XXIII, en suma.
Pero después, y a pesar de que se preocupó por expandir el mensaje evangélico como pocos antecesores suyos han hecho, la verdad es que considero que mucho de lo que creímos los que entonces éramos jóvenes se ha quedado un poco en agua de borrajas.
No voy a sacar a relucir ahora el tema de que no haya admitido el aborto, el divorcio ni haya santificado la homosexualidad, cosas que van en contra de los mismos principios que le colocaron en el cargo; pero se dejó en el tintero de los asuntos que pudo y que muchos creímos iba a resolver temas que sí eran realizables y factibles de llevar a cabo. Es cierto que pidió perdón en nombre de la Iglesia por los grandes errores cometidos por Ésta durante el transcurso de los siglos, lo cual es muy de agradecer. Pero continuó manteniendo posturas que a estas alturas ya deberían estar superadas y que considero que sí eran necesarias. El celibato de los sacerdotes, por ejemplo; pero, primordialmente, el papel de la mujer dentro de la Jerarquía Eclesiástica y de la Iglesia.
En un mundo actual en el cual las féminas superan en número a los varones y en el que ya desarrollan con gran acierto igualdad de funciones, aunque sigan estando discriminadas en muchos casos, es incomprensible que una monja carezca de las mismas atribuciones que un sacerdote tan sólo por el hecho de carecer de pene. Si una mujer puede ser Arquitecto y Juez, ¿por qué no puede ser sacerdotisa o como queramos llamarlo para no caer en sinónimos de ritos antiquísimos? No entiendo la razón, sobre todo después de que Juan Pablo II tratase con la mismísima Madre Teresa de Calcuta y comprobase la labor efectuada por esta gran mujer que, antes que hembra, era una gran persona independientemente de su sexo.
En cuanto al celibato obligado de los curas, pues otro tanto. El día que bautizaron a mi nieta me dirigí a quien había celebrado la ceremonia y le llamé por el apelativo de Padre, según costumbre mía desde pequeño al haberme educado en un colegio religioso: - Sí, de mis tres hijos. -. Me respondió. Y es que se trataba de un diácono, una figura que tuvo gran importancia en los principios del cristianismo y que fue rescatada, según me han explicado, por el Concilio Vaticano II, el promovido por el Papa Roncalli, claro, ante la carencia de vocaciones sacerdotales, muchas veces promovida por ese imperativo que es la falta de relaciones sexuales, de formar una familia, de gozar del cariño de una mujer, que es causa del abandono de muchos seminaristas.
¿Quién mejor que un sacerdote padre de familia para conocer y comprender los problemas de otro semejante? A mi entender, nadie.
A Wojtyla se le olvidaron muchas cosas. Seguramente tuvo mucho que ver el haber sido objeto del atentado que a punto estuvo de causarle la muerte. Puede ser que a partir de entonces cambiara. Pero al final, después de haber obtenido tan grandes éxitos en tan numerosos viajes, cosa que no podemos negarle, por mucho que pensemos que ha sido un gran hombre ha resultado ser un Papa del siglo XX cuando muchos esperábamos que fuera ya del siglo XXI.
Lo que sí que le admiro es que tuvo los santísimos, y nunca mejor dicho, huevos para cantarles las cuarenta a más de uno, entre ellos al mismísimo Bush. Claro que, teniendo detrás el poder económico y la enorme riqueza de la Iglesia, así hasta yo le canto La Traviata entera a quien sea si es preciso.
Esperemos a ver quién es y cómo actúa su sucesor, pero roguemos que cambie de actitud. ¿Saben quién me gustaría y por quién apuesto en principio? Por Carlos Amigo, sobre el cual ya escribí hace tiempo. Pero al final será un italiano, seguro...

 

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