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¡Ojo, que estoy clonado! A mí, personalmente, eso del clon me suena a campana de boxeo o, si quieren, a festejo bullicioso de Fin de Año, cuando el reloj de la Puerta del Sol da las doce campanadas que inauguran un nuevo ciclo de tiempo. Del resto, ni soy biólogo ni practico más filosofía que la mía propia, que es un tanto peculiar, ni entro en materias divinas. Si es con fines terapéuticos, me parece fabuloso pero me sigue sonando a chino. Y si es con otros objetivos, entonces ya me mosqueo un rato largo. Lo que más me preocupa es si soy yo quien escriba estas líneas o es mi doble. Si es él, de veras que no me hago responsable. Puede decir más tonterías de las que yo acostumbro y eso me fastidiaría un tanto. Bien mirado, eso de tener uno o varios clones puede tener su encanto, por una parte. Por otra, debe ser fastidioso. Lo de mandarle levantarse a las seis de la mañana para que vaya al currelo, en lugar nuestro, tiene que ser magnífico, mientras uno se queda en la cama, calentito. Pero que te cobre la nómina a fin de mes es más bien tremendo. Por no hablar de otros asuntos más íntimos y trascendentales. ¿Y si valiéndose de los encantos personales de uno mismo, el muy ladrón seduce a mis amantes? Y hasta goza de ellas si se tercia. Eso ya no me cuadra en absoluto. Y lo malo es que no podría pegarle dos bofetadas porque le haría daño a mi cara, según cuentan. Y otra pregunta se me ocurre y me atosiga... ¿Los cuernos consabidos, si eso ocurriera, nos saldrían a los dos o solamente a mi persona? Porque si a ambos nos creciesen, sería un digno espectáculo; casi, casi, una berrea digna de los más afamados ciervos de la Sierra de Cazorla. Total, un lío de narices. O de astas, en tal caso. Ni por pienso he de permitir clonarme. Como medida medicinal me parece más bien sana. Sería maravilloso tener un hígado a punto, igualito que el nuestro propio pero intacto, después de tantas copas trasegadas, para cuando lo tuviéramos pachucho. O cabellos para los que sufrimos de alopecia. Y si nos cortan una pierna, tener otra idéntica de repuesto. Para las féminas sería maravilloso poderse transplantar a edad madura los senos que en su día fueron firmes y erguidos, sin tener que acudir a siliconas. Y tantas y tantas cosas que no se me ocurre ni pensarlas. Pero... (o manzano, como más guste): Es cierto que hoy en día la radioactividad se utiliza para curar los tumores con mal genio. Y que el láser es fundamental en cirugía. Mas, ¿cómo empezó todo ello y a qué otros fines se dedica? Pues ni más ni menos que con la destrucción de dos ciudades japonesas en el primer caso y con una amenaza permanente de desastre universal. Y el famoso rayito, que tan curativo es, también sirve para señalar objetivos militares y poder bombardearlos con total acierto. Luego no hay bien que por mal no venga, jugando con el refrán y dándole la vuelta. Todo dependerá de quién lo utilice y lleve a cabo su desarrollo y de las intenciones que en tal instante lleguen a animarle. No estoy ni un ápice en contra de la Ciencia ni de la investigación seria y honrada. Pero hay asuntos que tal vez sería mejor no menearlos, porque tocan las fibras de las almas. Y ya lo dijo el alcalde de Zalamea: “El alma sólo es de Dios”. Si con tanta tecnología jugamos a ser divinos, corremos el riesgo de caer en el polo opuesto y convertirnos en demonios. Es complicado el asunto y digno de todas las opiniones. Pero, al final, ¿ven?, entre ciervos y diablos salen a la luz los cuernos. Malo veo el panorama. O bueno, según prefieran. |