La pluma y la espada

Nadie puede negar que la espada es más fuerte que la pluma y que muchas veces ha seccionado a ésta o el cuello de quien la manejaba, pero también es muy cierto de que a menudo ha sido la pluma quien ha mellado el acero o lo ha hecho caer de la mano que lo esgrimía.
Así ha ocurrido en esta ocasión con dos artículos periodísticos que han conmovido a toda la sociedad española y han sacado a la luz el caso del confinado José Ignacio De Juana Chaos, etarra condenado a tres mil años de cárcel por cometer 25 asesinatos y de los cuales ha pasado en prisión dieciocho, anunciando la próxima puesta en libertad, el mes próximo, de dicho individuo. Las Leyes por las que fue juzgado, hoy ya felizmente en desuso, así lo tenían dispuesto por las múltiples absurdas redenciones de pena que preveían; tan absurdas como redimir días de encierro por matricularse en una Universidad aunque luego no se siguieran los estudios, por ejemplo. Pero la Ley es la Ley, ("dura lex, sed lex", que decían los latinos), y aunque se oponga al sentido común, del cual dicen que es el menos común de los sentidos, hay que acatarla. Al fin y al cabo, las leyes están hechas por hombres y si estos se equivocan al dictarlas no cabe duda que el resultado solamente puede ser erróneo. Es lo mismo que un computador: La máquina nunca se equivoca, el que se confunde es quien la programa o quien la maneja. Pero la máquina, por sí misma, no tiene por qué ser mala.
Afortunadamente, dos artículos de Opinión han hecho conocer el asunto a la gente y ésta ha obligado a los jueces a tomar cartas en el asunto. ¿No eran treinta años a los que fue condenado? Pues que los cumpla sin tenerse en cuenta esas estúpidas y necias rebajas. En esta ocasión la pluma ha vencido a la espada gracias a dos escritores, como pueden comprobar. Igual tenía que ocurrir otras veces...
Lo que ya no encuentro de recibo, y en eso sí que estoy de acuerdo en parte con la senadora vasca Uría, es que una persona no puede ni debe ser condenada por lo que piense, opine o escriba, lo publique donde lo publique. El individuo en cuestión, que ciertamente tiene un aspecto patibulario que tira de espaldas y posiblemente es que el patíbulo hubiese sido su verdadero destino, es un miserable que pedía langostinos y cava para festejar los atentados cometidos por sus correligionarios. Supongo que no se los darían, (yo le hubiese dado una patada en la boca por pedirlo); pero, a pesar de eso y de que merezca el desprecio y el odio más enormes que puedan concebirse, que ahora quiera involucrársele en nuevas condenas por escribir y comentar sus ideas no lo veo correcto. Soy del parecer que, en una verdadera democracia, la libertad de expresión debe ser tan amplia que hasta hacer apología del terrorismo no tendría por qué estar castigado mientras esa apología no sea inductora de nuevos atentados. Y no creo que éste sea el caso de De Juana. Él se ha limitado, por lo que yo he leído, a exponer su satisfacción, odiosa por supuesto, por los actos criminales de ETA; a la postre, él ha pertenecido y de hecho debe seguir perteneciendo a dicha banda. Por tanto, hasta veo lógico que quiera brindar con cava sus criminales "éxitos", pero mientras no pueda demostrarse que ha contribuido con sus opiniones a fomentar los crímenes o que ha participado en ellos, no debería intentar ampliársele la condena. Si se hace así, estamos poniéndonos a la misma altura que los criminales y para ese viaje, sinceramente, se deberían volver a imponer las alforjas de la pena de muerte y se acababa tajantemente con tantas dudas. Tú la has hecho, tú la pagas. Si se considera que con una condena realmente cumplida de treinta años no es suficiente y que el reo va a pasar el tiempo que sea sin intentar rehabilitarse o reinsertarse en la sociedad, se le da garrote vil y así no vive tanto tiempo a costa del erario público para a la postre no conseguirse ninguna mejoría en su carácter...
¿No dicen que muerto el perro se acabó la rabia? Pues, llegados a tales extremos, se debería optar por esa solución, opino. Y si no, libertad total para expresar lo que uno siente aunque ese sentimiento nos parezca abominable. A mi modesto entender, nadie peca con el pensamiento sino con los hechos. Sé que mi idea podrá ser muy discutible pero si fuésemos a condenar a todo el que alguna vez ha pensado matar a alguien no habría prisiones suficientes ni carceleros bastantes porque todos estaríamos seguramente en ese brete. ¿O no es cierto, díganme la verdad?
Veremos en qué acaba todo esto; de momento, parece que se le va a decir que no al señor Ibarreche. Esperemos a ver si es un no rotundo o simplemente una tímida negativa.

 

 

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