¡Adiós con el corazón..! 

... que con el euro no puedo! A menos de un mes de entrar en vigor la moneda única europea y aquí estamos todavía hechos un lío con las ciento sesenta y tantas pesetas seguidas de sus céntimos que han querido imponernos por no sé qué estrategia de mercado.

Es que los alemanes se lo montan macanudo. Dos marcos igual a un euro. Y se quedan tan anchos y el que venga atrás que arree. Podían haber puesto la paridad igual a una peseta y que los que calculasen fuesen ellos. Pero ya es conocido que el pez grande se come al chico y aquí no valen otras martingalas.

Yo conocí, y aun sisé del bolsillo de mi madre, las perras chicas y las gordas. Y las monedas de veinticinco céntimos. ¡No te ponías morado ni nada por una peseta de pipas de girasol a la puerta del colegio! Recuerdo que te las servían en un cubilete de jugar al parchís. Y las cáscaras iban a parar a los tinteros que horadaban los pupitres, que siempre carecían de tinta para evitar que nos manchásemos las camisas, que entonces no había detergentes biodegradables y se lavaba una vez a la semana y a mano, ya fuera en la pila de la cocina o a la orilla del río en zonas rústicas. Y uno no es tan viejo, ¡qué narices! Pero los tiempos han avanzado a velocidad de vértigo y del correo de postas hemos pasado en un santiamén a que yo mande mis escritos a la simpática Anika en un instante, a través de la línea telefónica.

La peseta era simpática, tan redondita ella y tan mona. Aunque en los últimos tiempos habíase encanijado un poco y ya ni te la encontrabas... La moneda, digo. También las conocí de papel y parecías un potentado cuando sacabas del bolsillo todo un billete y te devolvían cambio encima. Pero aquello pasó a la historia. Hoy en día se te cae una al suelo y no doblas los riñones para recogerla. No merece la pena.

No cabe duda que la llegada del euro nos acerca a nuestros vecinos y facilita transacciones y viajes continentales. Se abren muchas fronteras y esto es sumamente bueno. Pero perdemos algo que nos pertenecía; algo que llevábamos muy dentro y formaba parte de nuestras vidas. Es como quien pierde de un día para otro el amor de su vida o el que se queda huérfano de golpe.

Como ocurre cuando nos quedamos sin un ser querido, aunque lo tengamos ya asumido,  vamos a echarla de menos. Sobre todo porque, a pesar de lo que digan nuestras Autoridades, no se ha informado bien al ciudadano y éste ha optado por la política de siempre: Aguardar al último día. ¿Se imaginan, en la alegre madrugada del Año Nuevo próximo, cuando pagues una copa de cava y no sepas de qué va? Porque ni el que cobre ni el que abone van a saber bien el cambio. Estaremos sumergidos en la duda. Y como a río revuelto ganancia de pescadores, al final te saldrán más caras las burbujas doradas de lo que corresponde. El error, a mi juicio, es la coexistencia de las dos monedas durante un tiempo. Esto es lo que va a traer los líos. Es como quien tiene dos amores a la vez y se le escapa el nombre de uno cuando está con el otro. Se arma la marimorena. Y vete a dar explicaciones, que no te van a hacer el menor caso.

Para lo que sí sirve el cambio es para que aflore el muchísimo dinero negro que se ocultaba bajo los colchones. Yo no hago más que ver coches, y de lujo, con matrículas de tres letras y apenas si quedan pisos para vender y se han vendido al contado. Y los sueldos no han subido... Así que me lo vayan explicando. Por eso Hacienda ha tomado cartas en el asunto e investiga a tanto comprador que decía ser pobre.

Dejémoslo por hoy, que se ha hecho tarde. Reuniré mis pesetas e iré a un Banco a que me den unos céntimos de euro. Se acabó mi esperanza de ser millonario. Me lo han puesto muy caro y muy de golpe.

 

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