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Justicia social
Esta semana había grandes temas para
discernir sobre ellos: Desde la consabida medalla del Congreso de los
Estados Unidos concedida al señor Aznar mediante el pago de dos
millones de dólares a unos abogados de aquél país, dinero que ha
salido del bolsillo de todos los españoles, partidarios o no del ex
Presidente del Gobierno, y que, aparte de suponer un mal uso de fondos
públicos, puede suponer hasta un cohecho, lo cual sería digno de ser
revisado por el Fiscal General del Estado porque hasta se le podría
imponer pena de cárcel al susodicho señor Aznar por este acto, hasta
el fallecimiento de doña Carmina Ordóñez, llamada "la
Divina" y que, realmente, no fue más que una vividora que en su
vida pegó golpe y se limitó a sacar dinero de exclusivas en la prensa
del corazón. No voy a entrar a juzgar la vida de esta mujer, aunque
tengo entendido que a los catorce años mantuvo una relación apasionada
e incestuosa con su tío carnal, el famoso torero Luis Miguel
Dominguín. Luego se casó con otro del mismo gremio, el desaparecido
Paquirri y ella misma era hija de otro diestro de fama, Antonio
Ordóñez. Así que su vivir transcurrió más entre cuernos que no otra
cosa. Lo que me extraña es que se ha dado a su muerte más publicidad y
se le han dedicado más horas en los medios de comunicación que si
hubiera sido la Madre Teresa de Calcuta o cualquier Jefe de Estado. De
hecho, hace días murió un Presidente en activo de un país europeo y
estoy convencido que ninguno sabemos ni su nombre ni apenas de qué
país estoy hablando.
También está el tema de la confrontación de la Iglesia con la posible
aprobación de la ley que permita el matrimonio a las parejas de un
mismo sexo, tema que ya veremos más adelante. Y el del señor Botín
que acaba de convertirse en uno de los banqueros más poderosos de
Europa cuando en octubre va a enfrentarse a un juicio por malversación
de fondos o cosa parecida. Ya se sabe, en España robas una gallina y te
meten en el talego forrado a palos, como le pasó a Eleuterio Sánchez;
robas millones y no corres el menor riesgo, salvo pasar algún tiempo en
un balneario.
Pero más importante me parece hablarles de la justicia social, que
parece que es la menos justa y la menos social de todas las justicias.
Un íntimo amigo mío, de mi misma quinta, comenzó a trabajar en abril
en una obra como administrativo; con tan mala suerte que al tercer día
de trabajo se cayó y se fracturó el hombro izquierdo. La caída se
produjo por un acceso deficiente y en malas condiciones a los servicios
sanitarios. Diez veces había pasado por allí en esos días y es de
suponer que los demás trabajadores igualmente. Pero el que tuvo la
desgracia de caerse fue él aquella tarde.
Naturalmente fue atendido por los servicios de la Mutua de accidentes y
tras tres semanas de tener inmovilizado el brazo comenzó la
rehabilitación. Dada nuestra edad, el arreglo no era fácil pero, entre
los buenos servicios de los fisioterapeutas y su esfuerzo a tope
personal, consiguió a finales de junio una grata mejoría hasta el
punto de que le querían dar ya de alta. Teniendo que conducir 80
kilómetros diarios para acudir y volver de su trabajo, rogó que le
mantuviesen unos días más de baja hasta que ya comenzó a trabajar el
día 5 de este mes.
Cuando llegó a la empresa se halló con que en su lugar habían
empleado a una joven, cosa normal por otra parte. Se le destinó a un
cuarto donde iban a veces los encargados de la obra y donde pasaba la
mayor parte del día solo. ¿Trabajo? Le encargaron dos temas y los dos
los resolvió en breve tiempo y concienzudamente. El resto del día no
le daban nada que hacer. Acudía a la oficina a pedir labor y nunca
había hasta que le ordenaron ejercer de conductor varias veces, cosa
que realizó aunque no formaba parte de su categoría laboral. El caso
era trabajar y ganarse la vida.
Y el pasado jueves, de improviso, le dieron la carta de despido porque
"sus servicios" ya no eran necesarios en dicha obra. La
palabra que se utiliza actualmente para esta maniobra empresarial es
conocida como "moving", tener a una persona muerta de
aburrimiento para que se desespere.
Mi amigo acudió a los servicios de orientación de un sindicato y le
dijeron que no había nada que hacer, que lo tenía perdido y que verdes
lo habían segado, compañero. - ¿Ni siquiera por las secuelas que
me quedan en mi brazo? -. Preguntó. La respuesta fue ambigua y poco
más o menos le dijeron que el culpable de su caída había sido él.
- Pues ya sabes, compañero... -. Mi amigo, irritado, se volvió
y contestó a sus dos "asesores": - ¿Compañero? Nunca les
vi a ustedes por Falange.
Uno de ellos no se dio por aludido porque era joven. El otro se puso
colorado. Sería obvio aclarar que mi amigo nunca tuvo ninguna
filiación política, pero lo dijo lleno de rabia y al parecer acertó.
Señores, ésta es la justicia social que nos ha traído la Democracia y
los partidos políticos. Y, sobre todo, los sindicatos, que en vez de
defender al trabajador están del lado de las empresas siempre, como
bien paniaguados que son de ellas.
Durante la Dictadura no se podría hablar ni escribir esto pero cuando
un empresario contrataba a alguien era más que casarse; a la mujer se
la podía dejar, al empleado no podía echársele salvo causas muy
justificadas.
El próximo 1 de mayo nos dirán que salgamos a la calle a levantar el
puño. Desde luego, mi amigo no podrá hacerlo. Su brazo no se lo
permite. Así pintan las cosas...
A
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