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Navidad...
¡Oh, dulce Navidad! Pues ya llegaron esos tiernos y espléndidos días que todos esperamos ansiosos durante un largo año. Otro más. Y que no sea el último, pensamos mientras libamos gustosamente las dulces copas de cava o las más dulces y sonoras de sidra. Más sonoras por aquello de El Gaitero, digo. Ya puede hundirse el mundo, suceder los hechos más tremendos, acaecer cualquiera cosa, que esos días, los felices días navideños, volveremos nuevamente a sentirnos felices por cualquiera cosa. ¡Eso es maravilloso! Es un período de descanso, de reconciliación con los enemigos, de recuerdo de los viejos tiempos y de los amores perdidos... Un sueño, en fin, de esos que es amargo despertar. ¡Con lo hermoso que es vivir esos días, sonriendo amigablemente las bromas del cuñado pelmazo y zumbón al cual hemos tenido la suerte de perder de vista durante el resto del año y del que no nos acordamos de su padre no sea que le salpique a la parienta! ¿Y qué decir de la cena de Nochebuena, en la que vemos rebosantes los platos y cómo consumen como cerdos los parientes allegados que no te han invitado a tomar una cerveza en todo el año? ¡Y los niños..! Tan cariñosos ellos y tan tiernos, que nos piden, con esa carita de ángeles pegada al escaparate del bazar, que agotemos las últimas pesetas que nos quedan en la cartera en la compra del último y novedoso estúpido juego... Todo es un Edén... Hasta la copa que nos vemos obligados a tomar con el jefe, porque hay que seguirle el juego, y que nos destroza el hígado ya de sí maltrecho., Pero no importa; nos la bebemos con gusto pensando en el posible aumento de sueldo que ha sugerido para el año que viene. Y le reímos aquel chiste que nos cuenta todos los años y que ya nos repite más que las natillas. ¡Todo sea por la supervivencia del cocido diario! En las calles resuenan alegres los villancicos. Y en la televisión los tres tenores nos cantarán el Adeste Fideles... ¿No nos podían poner, para variar, el Rigoletto desde el Teatro Real, cantado por Carlos Álvarez, que es un malagueño excepcional y dejar de dar la lata conque si hacia va Belén iba una burra? Y el cordero, que durante todo el año hemos podido comprar a menos precio y ahora lo pagamos tal vez al doble. Pero, tranquilos. ¡Si es Navidad! No importa lo que se gaste ni lo que se coma. ¡Total! Luego, en enero, ya veremos cómo subimos la cuesta, con la tarjeta de crédito más colorada que la cara del hombre madurito al que sorprenden tocándole los pechos a una niña de dieciséis años, así como el que no quiere la cosa. Y este año, con el maldito euro, mucho más, porque no vamos a conocer el cambio y nos va a pasar como al del anuncio de la televisión. Quinientos una botella de vino. ¿Pesetas o duros? ¡No! ¡Euros! Y, ¡hala! a lavar la vajilla del restaurante donde hemos equivocado nuestras cuentas. De verdad, amigos, la Navidad es maravillosa y hay que procurar vivirla muchas veces e intensamente. Muchas, porque será señal que estamos en este mundo. E intensamente, porque si no todo el mundo nos tildará de viejos agoreros y de malhumorados. Es así. Es ley de vida. Y digo yo: ¿Es que es más gratificante emborracharse en estas fechas que el 28 de febrero, por poner un caso? O el 29, si es que el año es bisiesto. ¿Acaso los mariscos saben mejor iluminados por las luces de un árbol navideño o las del pesebre colocado sobre la mesita? Pues debe ser así porque, si no, no entiendo a qué viene ése felicitar a todo el mundo, en especial a los vecinos de los que estamos maldiciendo el resto del año porque hacen ruido, nos molestan o, simplemente, llaman al ascensor cuando lo necesitamos nosotros y nos hacen llegar tarde. ¿Por qué hay que jugar compulsivamente a la lotería, cuando hay sorteos todo el año? Pues no. En estos días, quieras o no, eres ludópata por conveniencias sociales y por el aquél de: “A ver si les va a tocar a estos y yo no lo jugué...”. Pero, señores, seamos más sensatos. Si te tiene que tocar el Gordo, igual te tocará el día 22 de diciembre que en cualquier otra fecha. Eso sí, imperativamente: ¡Hay que comprar el décimo! Si no, de verdad que malamente... Pero no quiero amargarles el turrón, seamos amigos. La Navidad es estupenda porque sí, sin que tengamos que buscarle más motivos. Y lo mejor que tiene, ¿saben qué es? Que dura pocos días y pasa pronto. Y nos quedan doce meses hasta que vuelve nuevamente. Hay tiempo de sobra para prepararse. A pesar de todo y pese a mi ironía, de verdad, queridos lectores, desde este humilde rincón de ciberanika, les deseo que pasen las mejores Pascuas de su vida. Por cierto: Los jamones y las botellas pueden enviármelas por mail. Serán bien acogidas y con más agrado degustadas. ¡Feliz Navidad! |