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Ni cien días ni
una semana
En todas las democracias existe una costumbre,
un pacto no escrito pero normalmente respetado, que no es otra que no
criticar durante cien días la actuación de cualquier nuevo Gobierno
que comienza a ejercer su legítimo poder. Esa norma proviene, al
parecer, de que era el tiempo que tardaban las noticias en hacer el
camino de ida y vuelta de una costa a otra de los Estados Unidos más un
breve plazo para juzgar la conducta del nuevo Presidente. Era una manera
de demostrar un cierta cortesía al adversario político que había
triunfado, pero parece que en estos tiempos en que la tecnología
permite contemplar cualquier acontecimiento en vivo y que las distancias
apenas si existen también se ha decidido optar por acortar ese plazo.
¡Leña al mono que es de trapo! Y se acabaron los buenos modales.
Está clarísimo que el Partido Popular no pensó nunca en que perdería
las elecciones del 14 de marzo y aún sigue preguntándose el por qué
de esa derrota. ¿El bárbaro atentado del día 11 en Madrid? Es posible
que no se equivoquen. Sin ese detonante es muy probable que la
ciudadanía que no es acérrima votante de un Partido se hubiese dejado
llevar por la inercia o, simplemente, no hubiera votado, dándoles de
esa manera nuevamente la victoria. Pero la situación que existía en el
país era como la de tantos matrimonios que llevan muchos años ya
casados y en los que el amor ha dado paso a la rutina. Mientras no surja
un motivo grave o no se cruce una tercera persona es más sencillo
continuar viviendo juntos y dejarse de divorcios. Eso sí, al menor
motivo romperán su relación porque han dejado de quererse y tan sólo
se soportan. Y el pueblo español soportaba estoicamente, aunque
quejándose en las calles, las excentricidades del señor Aznar; un
señor Aznar al que hacía ocho años había votado para expulsar a
Felipe González que le traía frito y al cual volvió a votar, dándole
la mayoría absoluta, en el año 2000 porque no se había quitado
todavía la careta. La careta que ocultaba lo prepotente, egocéntrico y
megalómano que luego ha demostrado ser. Luego es muy posible, casi
seguro, que lleven razón los populares al culpar a los terroristas de
haberles hecho perder en las urnas. Pero que no nos vengan con gaitas
porque esa derrota se la habían ido ganando ya a pulso durante los
cuatro años anteriores.
Dice el refrán que en la mesa y en el juego se conoce al caballero. En
la mesa porque no suelta eructos ni improperios y en el juego porque
sabe tener buen perder. Pues ya han demostrado algunos dirigentes del PP
su caballerosidad: Aznar desde la tercera página del diario ABC,
diciendo que siente vergüenza por la retirada de las tropas españolas
de Irak y disculpándose ante Bush por ello, y el ex ministro Acebes
tildando de vileza las manifestaciones de su sucesor quien ha culpado
del atentado de los trenes de la muerte al anterior ministro del
Interior, o sea a él. Acebes le ha llamado "miserable" y se
ha quedado tan tranquilo.
Hace semanas escribí que, efectivamente, los culpables de que se
hubiera producido la matanza eran los encargados de mantener el orden,
no por no haber sabido reaccionar a tiempo pero sí por no haberlo
tenido previsto tras la intervención española en el Lejano Oriente.
Eso lo ve hasta el más necio, así que no debe irritarse tanto Acebes
que fue muy buen ministro pero en este asunto se anduvo, como
vulgarmente se dice, "con el bolo colgando". Hay que saber
perder y encajar las derrotas deportivamente, mantener la cortesía
parlamentaria y ejercer una oposición firme pero objetiva y leal. Lo
demás es enrabietarse como niños y ello les llevará a otro desastre
en los próximos comicios europeos.
Señor Aznar, resígnese y estese convencido de que usted ya ha escrito
la página que debía en la historia de España. No quiera ahora seguir
emborronándola con unas manifestaciones que animan a sus antiguos
colaboradores a sacar los pies del tiesto, porque con esa conducta no
hace más que beneficiar a los socialistas, quienes, al no responder a
sus improperios, quedan como unos benditos ante la opinión pública.
A
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