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La trastienda
Hace unas semanas, la revista TIEMPO, con cuyo
director Jesús Rivasés me une una "entente cordial", (o sea,
yo le escribo a veces cartas alabando su ingenio y él me las responde
diciendo que qué lector tan magnífico tiene en mí y qué agudo soy
pero luego no me publica ningún artículo), regaló unas películas en
formato DVD de El mejor cine de la Transición, entre las cuales estaba
la que lleva por título el de este artículo, La trastienda, de Jorge
Grau.
Esta película tuvo un gran éxito taquillero en aquellos días con
motivo de aquello de "el felpudo de la Cantudo", ya que era la
primera vez que una actriz española se mostraba en la pantalla
totalmente desnuda aunque fuera a través de su imagen reflejada en un
espejo. Por cierto que, o en la copia que ha distribuido TIEMPO se ha
recortado la imagen o es que la imaginación de los españolitos de
entonces era verdaderamente calenturienta, porque es que ni se le
adivina el dichoso felpudo. Y yo creo recordar que sí se le veía, pero
vaya usted a saber si no era eso, producto de mi imaginación y de mis
años jóvenes de entonces, ansiosos como todos estábamos por ver lo
que nos tenían prohibido desde siempre.
El caso es que ahora, transcurrido el tiempo y habiendo visto en el cine
bastante más ya que una borrosa imagen del cuerpo de una mujer, he
apreciado las cualidades de dicha cinta y aunque el éxito que entonces
tuvo se debiera al motivo indicado hay que reconocer que había otras
razones que la hacían merecedora del éxito.
La película, para los que no la recuerden, transcurre durante unos
Sanfermines, en Pamplona. Típica historia de médico madurito pero de
buen ver y de enfermera jovencísima y de mejor ver todavía que
trabajan muy unidos. Pero él, aparte de pertenecer a la buena sociedad
pamplonica, es miembro de "la Obra", léase Opus Dei.
Mientras el médico lucha cruentamente contra el deseo que la joven le
ha inspirado, llegando a clavarse en la palma de la mano un crucifijo,
su esposa, toda una digna señora y madre de familia, se dedica a
ponerle los cuernos con su mejor amigo en la trastienda de la tienda de
modas que posee. En casa es una mujer recatada, fina y sabedora de que
su marido "cumple" los jueves, como está mandado por sus
cánones religiosos. Pero en la boutique se despendola y es una
verdadera tigresa. Mientras, el esposo en el limbo y sufriendo
atrozmente por las tentaciones con que le acosa la presencia de su
ayudante.
Una de esas mañana, después del encierro, médico y enfermera se
encuentran en las calles abarrotadas y toman unos vinos juntos.
Automáticamente, un compañero de hospital y de credo le llama al orden
y le dice que está incurriendo en escándalo público. En una ciudad
pequeña, las noticias corren más que la pólvora y pronto el suceso
llega a oídos de la esposa quien, viéndose agraviada, acude al
Director Espiritual de su marido y entre todos le condenan. El galeno,
que no ha cometido pecado alguno se ve acosado y decide que ya que le
acusan sin motivo va a ver si dándolo por lo menos le condenan por
algo. Y se exhibe a todas horas con la jovencita hasta que la mujer
decide separarse. Hay un intento de suicidio de la chica, él acude a
cuidarla abandonando su trabajo y allí se arma la de Dios es Cristo.
Por fin, el sacerdote le plantea el tema, él duda y aprovechándose de
esa momentánea debilidad se encarga de llevarle de nuevo al redil.
Redil que se encuentra cerrado, ya que la esposa adúltera se niega a
recibirle. Una historia muy afortunada por parte del guionista que no
tuvo necesidad de inspirarse mucho porque de ésas existen a miles y
todos estamos al cabo de la calle. Todos menos el marido, que es el
último que suele enterarse.
Lo importante, pues, en esta sociedad tan cínica es guardar las
apariencias y no darle cuatro cuartos al pregonero. Lo que luego haga
cada cual en su trastienda eso es secreto de sumario; pero que si te
pillan la cagas, está claro. Hay que tener dos caras y presentar la que
mejor parezca en cada instante, si no pueden romperte la otra a las
primeras de cambio.
Esta moraleja se la enseñaría con gusto a muchos de nuestros
políticos, a ver si les valía de algo... Pero creo que para muchos ya
sería demasiado tarde. Llevan cuernos y encima están apaleados.
Y el viernes, Zapatero presidente. Ya veremos.
A
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