Serenidad

Ante el bárbaro y criminal atentado perpetrado en esta mañana del 11 de marzo de 2004 en Madrid, que ha causado más de un centenar de muertos y varios cientos de heridos, la única respuesta del pueblo madrileño y en general de todo el español sólo debe ser de serenidad, domeñando la rabia y sofocando el dolor que en estos instantes dominan a todos los ciudadanos bien nacidos y que confían desde hace años en el triunfo de la democracia sobre las fuerzas empeñadas en destruirla.

Es muy pronto para emitir juicios de valor sobre la importancia del tremendo asesinato. Mientras escribo estas líneas, abatido por la sorpresa y el dolor, en tanto que intento hablar con familiares y amigos que sé que utilizan esas líneas ferroviarias para acudir a su diario trabajo, escucho las sirenas de las ambulancias que se acercan al cercano hospital Gregorio Marañón y el ruido de los helicópteros policiales que tratan de controlar desde el aire el caos reinante.

Las emisoras de radio y de televisión no dejan de dar cifras de víctimas y es difícil concentrarse en esta palabras. Solamente me he quedado claramente con las que ha pronunciado el lehendakari Ibarreche condenando el crimen y afirmando que sus autores no son ciudadanos vascos sino una simple banda de asesinos indignos de asumir tal ciudadanía. Y eso es cierto. El noble pueblo vasco, que tantas veces demostró su valentía en la historia de España, no es capaz haber cometido una vileza semejante. Eso es obra de unos iluminados sin escrúpulos que se amparan bajo una bandera a la cual mancillan con sus actos.

Pero sí es verdad que ese fanatismo ha sido más o menos inculcado a lo largo de los años por una permisividad y hasta un aliento por parte de las autoridades del PNV. Ellas no querían llegar tan lejos pero el manifiesto deseo de inculcar un sentimiento nacionalista que está fuera de toda realidad ha sido un buen caldo de cultivo donde se ha creado ese odio por parte de unos canallas hacia todo lo español.

Espero que ahora comprenderá el señor Carod Rovira el error que cometió al tratar de dialogar con esa pandilla de criminales. Con esa gentuza solamente hay dos formas de diálogo: La principal y legítima, que las fuerzas del Orden acaben de una vez con ellos para que den con sus huesos en la cárcel hasta que se pudran. Y la otra, no menos justificada, que cuatro millones de madrileños suban por la carretera de Burgos y acaben con los cobardes de ETA a hostia limpia, sin necesidad de tiros en la nuca ni de matanzas de inocentes.

Sea como sea, ahora solamente queda adoptar un aire de tranquilidad, llorar a nuestros muertos y heridos y acudir a las urnas el domingo a fin de que de las mismas salga un gobierno fuerte y una oposición que colabore en lo esencial para, de común acuerdo, dedicar todos sus esfuerzos a terminar de una vez por todas con esta lacra que viene atormentando a la sociedad española desde hace ya demasiados años.

Recemos por el alma de los muertos y deseemos el pronto restablecimiento de los heridos. No nos queda otro remedio y sofoquemos cualquier deseo de venganza por muy justa que ésta pudiera ser. El tiempo nos dará la razón a los que confiamos en una España en libertad y en concordia y si para conseguirla tenemos que acabar con los desalmados que quieren evitarlo, no tengo la menor duda de que lo llevaremos a cabo.

 

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