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Carta a una esposa infiel
Amiga mía:
Intentaré, escribiendo, poner un poquito de luz en esa
cabeza que en estos instantes se halla muy trastornada.
Dices que te sientes sucia, que no puedes mirar a tu
marido a la cara y que te lo notan todos en casa. Y
seguramente esto último es bien cierto ya que si
sientes arrepentimiento es lógico que trascienda a tu
rostro. Pero tienes que hacer todo lo imposible para que
eso no suceda.
Tú no has hecho nada más que lo que muchas personas
hacen por culpa del madito chat, unas; y por otros
medios que ahora existen, otras. La explicación es muy
simple y si intentas comprenderla, tú misma te dejarás
convencer por cuanto digo.
Llevas casada la tira de años y has criado, junto con
tu marido, unos hijos. No sé ahora mismo si trabajas
fuera de casa o no, no lo recuerdo. Si lo haces, tienes
algo en qué distraer tu mente. Si no, solamente
estarás ocupada en las labores domésticas y entonces
la imaginación es la loca de la casa, como algo
parecido decía Santa Teresa. No obstante, también
trabajando fuera del hogar puedes verte sorprendida por
esas ideas.
Llevabas una vida normal, monótona, del día a día,
con tu marido y tus hijos. Los hombres, cuando estamos
siempre viendo a una mujer, teniéndola diariamente a
nuestro lado, perdemos no el interés por ella pero sí
la pasión y la inquietud de cuando la conocimos siendo
jovencita, casi una niña. La vemos desnuda y es como si
nos viéramos a nosotros mismos. Y a vosotras os sucede
lo mismo, no lo niegues. Ya no sentís ese ardor de hace
años. El amor es sustituido por el cariño, por el
mutuo respeto y, desgraciadamente, la vida moderna nos
lleva a una falta de comunicación entre ambos muy
importante. Hay cosas en qué pensar que consideramos
más importantes, como pueden ser el dinero para llegar
a fin de mes, conservar el trabajo, qué hacen los
chicos, etc... Y no dedicamos unos minutos, tan sólo
unos minutos, a charlar sobre la pareja. Nos dedicamos,
en vez de a hablar, a ver la televisión, el vídeo, el
fútbol o cualquier otra distracción que ahora tenemos
a nuestro alcance en todos los hogares. Y no existe el
diálogo, incluso ni con los hijos, cada cual va a su
bola y es cuando comienza lo que muchas veces me han
repetido: Se acabó el amor. No, no es el fin del amor,
lo que terminó es la comunicación, el preocuparse por las
cosas del otro.
Entonces, a través de ese mundo maravilloso que es
Internet por medio del cual hablas con quien quieras,
aparece un galán maravilloso, extraordinario, el
príncipe azul... Que al final resulta que es un hombre
normal, como el que ya tienes en casa, con sus mismos
vicios y defectos o peores. Al tuyo ya le conoces; sabes
si fuma o si bebe o si eructa o ventosea cuando le
apetece. Al otro no; ése es magnífico. Por no hacer
nada, ni se afeita. O cuando le ves ya está afeitado y
no con barba de tres días como puedes ver al tuyo.
Además, seguro que ni ronca. Y es amable, gentil, se
preocupa de tus inquietudes, está atento al menor
detalle, te dice cosas bonitas que hace mucho que no
oías... En definitiva, te vuelve loca hasta el punto
que un día tomas el coche o el tren y te presentas a
una cita a la que acudes ya con una idea preconcebida de
él que, normalmente, nunca suele ser cierta. Porque, al
fin y al cabo, es sólo un hombre y no un héroe
mitológico.
El encuentro se produce en un ambiente no habitual,
lejos de tu entorno diario. Después, un hotel y no las
cuatro paredes de costumbre. Todo es nuevo, hasta el
amante. Se ha roto la rutina y si además es más joven,
su potencia y sobre todo el hallarse con una mujer nueva
le harán destacar sobre tu esposo, aquél que de mozo
tuvo los mismos deseos e idéntica fogosidad pero que
tú ya apenas si recuerdas. Y te sientes transportada al
Paraíso cuando sigues estando bien atada aún a la
tierra.
Una comida bien servida para la cual no has tenido que
mancharte las manos ni acudir al mercado, una voz y una
forma de decirte las palabras desconocida, nueva subida
a la habitación y de repente te crees que has
descubierto al superhombre. Luego, cada uno se marcha
por su lado, vuelta al hogar y ya lo que encuentras te
semeja peor que lo que dejaste. Mas tarde intentas
hablar con él y resulta que no era libre sino que está
casado y sin ninguna gana de romper su matrimonio.
¿Para qué, si ya ha conseguido lo que quería, tenerte
entre sus brazos? Tú te creías que le amabas pero él
no te quiso nunca sino que solamente buscó tu sexo. Y
cuando lo obtuvo ya había cumplido su objetivo. Ésa es
la vida y así somos las personas, porque casi idéntico
comportamiento podría ser aplicable si dieras un giro a
este relato y la seductora fuera ella y el seducido un
hombre.
¿Y por ello quieres separarte de tu esposo? ¿Por ese
desconocido vas a abandonar al padre de tus hijos, al
hombre que te hizo mujer y quien supo enjugar tu llanto
cuando se produjo durante todos estos años? No, ni
debes ni puedes hacerlo. Sería estúpido romper una
hermosa realidad, aunque tenga tonos grises, por un
sueño alucinante porque está iluminado por los más
bellos colores que tu fantasía ha imaginado. Y
confesarle a tu marido lo ocurrido, sería en vano.
Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente.
Vístete tus mejores galas, busca el momento
apropiado... Y cuando llegue a tu lado sueña que estás
aún en aquel ambiente que viviste con tu amante,
repleto de cosas nuevas, y rompe con la rutina. Ésa
será la mejor manera de recobrar tu amor y de olvidar
tu travesura.
A
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