Doce muertos sin piedad

Sí. Parodiando trágicamente la obra de teatro de Reginald Rose que tanto éxito tuvo trasladada al cine e interpretada por el genial Henry Fonda, doce son los españoles asesinados en Irak desde que comenzó esa estúpida guerra. Dos de ellos, periodistas. Otros dos, militares. Y los otros ocho, militares también pero con la característica de ser agentes del Centro Nacional de Inteligencia.
¿Y asesinados por quién? Excepto el cámara de televisión que murió por efecto de un ataque criminal del ejército norteamericano y el periodista que fue alcanzado durante la invasión, efecto colateral, el resto ha muerto a manos de los terroristas iraquíes, según el Presidente Aznar en sus manifestaciones ante el Congreso de los Diputados, por intentar defender la pacificación del país asiático.
¿Terroristas? Cuando en 1808 el ejército napoleónico, el mejor de aquella época como ahora lo es el del señor Bush, invadió España, las fuerzas regulares españolas fueron barridas a las primeras de cambio y el emperador francés impuso a la nación un rey, hermano suyo, que seguramente hubiera sido mejor que el funesto Fernando VII pero que, por sernos impuesto por mano extranjera, no fue del agrado del pueblo. Y surgió la guerra de guerrillas, los golpes de mano contra la ocupación militar de los "gabachos", la muerte, aun por la espalda, en cuanto había ocasión de aquellos soldados galos. Y aquellos resistentes fueron y son considerados como patriotas, al igual que los miembros de la Resistencia francesa durante la ocupación alemana en el transcurso de la II Guerra Mundial. ¿Por qué vamos pues a considerar terroristas a los ciudadanos iraquíes que combaten a aquellos que, tras unos terribles bombardeos, por muy "inteligentes" que fueran, han ocupado su territorio y quieren imponer un orden democrático a su manera que les proporcione y facilite el disfrute del petróleo oculto en el desierto? Aplicando idéntico criterio que en los anteriores caso, debería tratárseles de héroes. Pero ya se ve que, como dice el refrán, todo es según el color del cristal con que se mira.
Los militares españoles han sido enviados allí siguiendo unos criterios políticos y obedeciendo los deseos de un Jefe de Estado norteamericano y las ansias de complacerle del Presidente del Gobierno Español, que nos ha metido en una guerra no deseada y rechazada mayoritaria y clamorosamente por la opinión pública
Cuando iba a comenzar la invasión, expuse mi opinión contraria al igual que la mayoría de los comentaristas. Aquello me costó que un amigo me retirara su amistad y me dijera que no deseaba volver a saber de mí, porque él estaba a favor de la guerra. Es militar en la reserva y cobra su muy buena paga. Yo me encogí de hombros y pensé aquél dicho: Amigo que no presta y navaja que no corta ni a hacerlo está dispuesta, si se pierden no importa.
Me limité a escribir un poema, basándome en el de Blas de Otero, que acababa diciendo:

No podré detener los bombardeos
ni curar esas carnes laceradas,
mas en contra de aquellos que eso aplauden...
¡me sobran mil palabras!

Pero a Aznar, mis palabras y las de tantos otros, si es que ha prestado oídos a alguna, le sonaron a música celestial. Y lo malo del caso es que pienso que si en vez de haber estado él en el poder hubiera estado otro de la oposición, nuestros hombres también estarían inmersos en esa maldita guerra.
¡Gloria, sí, a nuestros muertos! Que murieron además como valientes. ¿Y qué les podríamos desear a quienes allí les destinaron? Pues eso, que se les atragante el turrón de las próximas Fiestas. No caerá esa breva...

 

 

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