|
Violencia de
género
El pasado martes, día 25, se celebró
mundialmente el Día contra la Violencia de Género, o malos tratos o
como ustedes quieran llamarlo. Las cifras de mujeres fallecidas en
España a causa de este hecho durante lo que llevamos de 2003 son
escalofriantes: 64 muertes, haciendo un total de 169 en los tres
últimos años, aunque hay Organismos que elevan este número. En la
mañana del miércoles nos despertamos con la noticia de otra víctima
mortal más, a la vez que otra herida grave por intentar defenderla.
Habrá que suponer que cuando lean ustedes estas líneas la cantidad ya
sea mayor, siguiendo la proporción con que se producen.
Dicen los informes que el mayor número de casos se recogen en
Andalucía, País Valenciano y Cataluña, siendo normalmente los
homicidas los antiguos maridos o compañeros sentimentales de las
víctimas que, al parecer, no soportan el abandono, la soledad o que la
dulce y delicada hembrita a la que dominaron desde niña se les suba lo
más mínimo a las barbas.
"¡O mía, o de la tumba fría!". Esa expresión la he
escuchado ya siendo yo niño, pero lo que entonces parecían ser
solamente anécdotas o historias de aquellos llamados "cantares de
ciego" ahora se han convertido en una realidad cotidiana con la
cual nos desayunamos muchos días. Como con lo de las muertes en la
carretera. Se escucha en la radio, se lee en los periódicos, se hace un
poco de tertulia en la televisión y luego todo continúa lo mismo. Otro
loco que ha matado a su mujer, suele ser el comentario. Y aquí no
ha pasado nada, se da tierra a la fallecida, el homicida es condenado,
cumple una condena atenuada por diversas causas y todo se concluye en el
olvido.
Es inconcebible que en pleno siglo XXI, más de la mitad de la
población española esté sometida por el terror no a un machismo
secular sino a una amenaza real contra su vida. Lo del machismo puede
ser más o menos discutible en cuanto a diferenciación en trabajos, en
cargos y en prebendas; pero de ahí al verdadero terrorismo que puede
llegar a ejercerse dentro de una relación sentimental hay una gran
diferencia. La mujer que, por sus características biológicas, debiera
ser el miembro más considerado de una sociedad resulta ser el más
indefenso ante las leyes y ante la violencia. Sí, claro que la Ley las
protege... sobre el papel. Pero no es nada raro que acuda a denunciar
que la ha agredido su esposo y los encargados de atenderla le contesten
que "mientras no haya sangre, ellos no pueden hacer nada".
Todos hemos escuchado esa versión alguna vez y parece que es bien
cierta. Luego, cuando tienen que ir a recoger el cadáver sólo hay
lamentaciones y pesadumbre.
El perfil del agresor parece estar bien definido: Varón de unos 45
años, separado o en trámites de separación y, como siempre, adicto al
alcohol y a las drogas. Y, normalmente, de un mediano o escaso cociente
intelectual y un fracasado en la vida. ¿Con quién le va a ser más
sencillo desahogarse de todas estas penas que con aquella desgraciada
que un día se cruzó en su camino y a la cual tuvo sometida a sus
caprichos? Pues ni corto ni perezoso va y lo hace. Y si no la mata, al
menos la golpea y con gran saña.
Y estamos hablando de España, país declarado católico y en donde esa
misma cultura machista es todavía gentilesca. No olvidemos otros
países en los que la mujer, por motivos religiosos y sociales, es
literalmente inferior. Allí se las lapida directamente por orden
judicial a la menor que hacen en contra de unas leyes ignominiosas.
Simplemente, no hay derecho a que por una diferencia morfológica, a que
porque sean mal llamadas el sexo débil, cuando estamos hartos de
comprobar que es al contrario, y a que por unas leyes ancestrales que
siempre han supeditado la hembra al varón, continúe esta sangría. Al
próximo asesino, por favor, me lo cuelgan por los huevos ya que tanto
presume de tenerlos y me lo dejan diez días en esa postura hasta que se
pudra. Veríamos si el siguiente lo pensaba. ¡Ya lo creo que lo haría!
A
portada |