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Vizcaíno Casas El pasado domingo, semioculta la noticia por la otra más fastuosa del compromiso matrimonial del Príncipe de Asturias, falleció en Madrid a los 77 años el escritor y abogado Fernando Vizcaíno Casas, valenciano e hijo de un fabricante de paraguas y abanicos, como le gustaba recordar. Vizcaíno fue un escritor siempre polémico por sus ideas ultraconservadoras, pero que supo llegar al gran público por su fino humor y quirúrgica ironía, relatando desde su punto de vista la historia de la transición democrática española en forma divertida. Sus cuarenta libros publicados y el enorme número de Premios conseguidos, así como su presencia constante en programas radiofónicos avalan sus triunfos. Se podrá estar o no de acuerdo con sus ideas, (este villano, personalmente, no lo está), pero es innegable que su forma de describir el llamado cambio fue aplaudido por muchísimos lectores, de cualquier ideología y no solamente de derechas. Fue un trabajador incansable, tanto como abogado como escritor, logrando dejar concluida antes de morir su obra Nietos de papá, que pronto será editada, heredera se supone de su anterior Hijos de papá, en la cual diseccionaba a la perfección la transformación sufrida por la sociedad española a raíz de la muerte del Dictador. Abogado laboralista en ejercicio siempre, lo mismo defendió a empresarios que a trabajadores, siendo un hombre normalmente afable y sin necesidad de ser polémico como otros “colegas” suyos que necesitan dar el escándalo en los medios para captar clientes. Discutido o no, lo que es indudable es que Vizcaíno ha sido el escritor valenciano más leído después de Blasco Ibáñez. Leyendo sus páginas he pasado muy buenos ratos, que es lo único que se le debe exigir a un autor: Distraer a sus lectores. Ya digo, más bien acorde con sus afirmaciones aunque no con su ideario, he intentado aprender bastante de su estilo, claro y elegante pero sencillo mas sin caer en la vulgaridad, aunque siempre rozando los límites de la picardía. Siempre se mantuvo fiel a sus creencias y no optó por rectificarlas para medrar como tantos otros, según relata en su novela De camisa vieja a chaqueta nueva. Tal vez por eso le sonrió el éxito, ya que el que es bueno lo es independientemente de cuáles sean sus colores. Y es que no hay nada mejor en esta vida que mantenerse fiel a sí mismo. Por ello, y tras dedicar este respetuoso recuerdo a este, para mí, gran novelista, deseo dejar constancia de la carta que recibí hace días de una amable pero equivocada lectora catalana, en relación con mi anterior artículo. Amable, porque así considero a quien me lee semanalmente; y equivocada porque tildarme de nacionalista españolista es sacar las cosas de contexto. Defender la unidad de España y la fraternidad entre todas sus regiones no puede considerarse ser españolista sino, sencillamente, ser español. Mi nación, efectivamente, es España. Me considero, en primer lugar, español; y después, castellano y madrileño. Lo demás, sinceramente, creo que es ver las cosas de una forma pueblerina, desorbitada y paleta. En una época en la que se tiende a una Constitución Europea, anteponer a otro sentimiento el cariño a lo que siempre se ha denominado patria chica lo considero absurdo y, ya digo, poco inteligente y verdaderamente sectaria y racista. No estoy dispuesto a consentir que a mis nietos se les considere inmigrantes en Vascongadas ni que les llamen maquetos o charnegos en parte alguna. Vizcaíno supo mantenerse en sus trece. Yo, desde luego, también pienso hacerlo. Aunque nunca logre alcanzar los triunfos que él obtuvo. Será porque no los merezco, seguramente...
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