Rindiendo cuentas...
Año de nieves, año de bienes. Pero el 2001, con toda la nevada que nos ha caído encima, poco bienestar nos ha traído. Pues ya veremos lo que nos depara el año capicúa, que también tienen una fama que se las traen. Estuve escuchando en una radio los sucesos acaecidos en años similares y ninguno fue muy bueno que digamos, salvo que el recopilador de tales datos estuviese equivocado o se guardase en la manga algún evento benigno y quisiera poner tintes de luto en su discurso. Yo, personalmente, y sin el menor ánimo de traer malos augurios, la verdad es que veo la cosa más negra que la tinta de un calamar. Ya sé, por lo que me ha comentado algún que otro amable comunicante a mi email privado, que estoy adquiriendo fama de pesimista... Pero es que creo que tengo motivos para serlo. A los acordes de la música de Ennio Morricone, “Rindiendo cuentas”, de aquellas magníficas películas que protagonizaba Clint Eastwood, démosle un repaso a lo pasado y veremos que no estoy tan confundido. Y me refiero a tal son y a aquellos filmes porque recordarán que sonaba un reloj que presagiaba un final trágico. La
muerte tenía un precio... Fue la primera de la serie y rompió moldes. En ella, el pistolero al que apodaban “El Manco”, no lo era precisamente. Y encargaba los ataúdes para sus enemigos antes de enfrentarse a ellos. Ahora ha pasado lo mismo: Ben Laden, en su odio tremendo al Occidente, convirtió en panteones los dos centros más representativos del poder americano y, al hacerlo, pagó de antemano la factura de los féretros de sus seguidores. Ya hemos visto el precio que tenía la muerte de los neoyorquinos: La represalia de una tremenda guerra. Por
un puñado de dólares... Pues
sí; también nos cuadra el título porque, gracias a la fortuna que el
terrorista saudí tenía amasada, le fue posible cometer tal desaguisado
y movilizar a tanto fanático dispuesto a morir por sus creencias. Y esa
fortuna la amasó con la ayuda de los mismos a los que después hizo la
guerra, en años anteriores. Y por un más que un puñado de monedas,
estos le han devuelto todas las bofetadas, una por una, en cada mejilla,
hasta ponérsela bien roja. Parece que sigue sonando el relojito. Tic,
tac, tic, tac.
Recuerden... El
bueno, el feo y el malo. Así se llamaba la tercera parte de la trilogía. Lo que ahora es difícil es designar quién es el actor que actualmente representa cada papel en esta película interactiva y viviente. Feo de narices sí que me parece el Ben Laden; pero ya, adjudicar quién hace de bueno y quién de malo se me hace cuesta arriba. Hay opiniones para todos los gustos y dejemos que cada uno le asigne a quien prefiera estos comprometidos roles. Después, Clint Eastwood cambió de género y se dedicó a hacer de un policía al que, como mínimo, le denominaban El Sucio. No debió mejorar mucho en el cambio, pero sí lo interpretó en varias ocasiones. Y en ésas estamos: Rindiendo cuentas. El año 2001 no había sido del todo malo, a pesar de Gestcartera y de más de cien guerras soterradas en el olvido a lo largo del planeta y de que se nos marcharon para siempre personajes ilustres y queridos. Pero amaneció (en Estados Unidos, que a nosotros nos dio el postre) el 11 de septiembre y las cosas cambiaron su rumbo. Para acabar de rematar el panorama, los judíos se pusieron chulos una vez más y se dedican a acallar el clamor de las cacerolas palestinas con el ruido de los morteros. Y en la Argentina se vino abajo, más que estaba, el tinglado económico que tenían montado entre unos cuantos fulleros de baja estofa y se empezaron a mudar de Presidente como el que se muda de camisa. Todo para el pueblo pero sin el pueblo, decía un slogan antiguo. Pero el pueblo dice que “ánde andará” lo que le dicen que es suyo. Porque es que no han visto ni lo que se les han llevado. Acabemos el repaso (que la musiquita de reloj se está acabando) dirigiendo la mirada a esos dos estados que se disputan Cachemira y que ambos son potencias atómicas. El reparto que hizo en su día Gran Bretaña fue de pena y, pasados los años, esa gente sigue tirándose los trastos a la cabeza por un trozo de tierra y por sus diferencias religiosas. Y esos se lanzan la bomba atómica uno a otro, que se les da una higa y que les sobra gente. Van a tener que volver el Manco y el tal Harry a imponer orden y a ver si la cuestión termina un poco en tregua. Aunque sea por breve tiempo. O si no, los “marines” que, por lo visto en Guantánamo con los prisioneros talibanes, saben imponer el orden aplicando la Ley del Talión. Díganme, de verdad, sinceramente, si ante tal panorama no es para estar clamando al cielo y, teniendo la maleta preparada, gritar aquello de: ¡Que paren el mundo, que me bajo!
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