¿Qué nos importa?

Sinceramente, hace días había escrito un largo y más que aburrido artículo sobre las nuevas elecciones en la Comunidad de Madrid al que titulaba Votar o no votar pero, una vez hablado con algunos amigos dicho tema, he decidido cambiarlo por otro más corto y más explícito y que, posiblemente, aburra menos a mis muy fieles lectores.
A la gente, al ciudadano de a pie, que es quien ha sido convocado a las urnas merced a la falacia de unos traidores, le trae al pairo quien sea el que nos rija en estos cuatro años. Lo que desea es vivir en paz y lo más cómodamente posible. Y como sabe que ello es una utopía, gobierne quien gobierne, sin que le saquen los cuartos y que todo son promesas en estos instantes que luego no van a verse convertidas en realidades, los que estábamos cambiando estas impresiones llegamos a la decisión de imitar al cantante Raphael, el ya viejo niño de Linares, y afirmar a voz en grito aquello de ¿qué nos importa..?
Todos los políticos, de un partido o de otro, nos ofrecen trabajo, viviendas, sanatorios y un buen y económico transporte público. Y da la casualidad de que aquí, y en todas las partes del mundo, lo único que los ciudadanos desean es que les toque la Primitiva o cualquiera de las múltiples loterías para no tener que volver a trabajar, para marcharse a vivir a una isla desierta y paradisíaca, tener un médico privado y exclusivo y circular en la más elegante de las limusinas, conducidos por un buen chofer.
A esto nos ha llevado la sociedad de consumo y el capitalismo: A desear tener trabajo para ganar dinero y poder poseer más bienes que luego, normalmente, no utilizamos pero que nos parecen imprescindibles en este ahora. Para lograr las mujeres más hermosas; o los hombres, según sea el caso. Para conseguir no divertirnos pero sí matar el tiempo lo más agradablemente posible. Y para, en fin, llegar a la vejez con un cierto margen de estabilidad y conformismo.
Así que están perdiendo el tiempo los políticos con tantas ofertas electorales. Prometan de una vez que a todos y a cada uno de sus votantes les va a tocar el Premio Gordo y déjense de historias. Lo demás es regar sobre mojado. Salvo muy raras excepciones, las profesiones vocacionales no existen, con la salvedad de algunos artistas, clérigos, médicos e investigadores que, a veces, sí trabajan sin ningún empeño pecuniario. El resto lo hacemos por dinero y ansiando el conseguirlo sin necesidad de realizar el más mínimo esfuerzo.
Lo mismo es más rentable jugar una quiniela este domingo que echar la papeleta en una urna. Y seguro que nos sale más barato... Total, si no nos toca, puede ser que alguien a quien tampoco conocemos, lo mismo que esos nombres de las listas cerradas, sea el agraciado. Lo dicho, no siendo nosotros, ¿qué nos importa que se lo lleve uno u otro? Si se lo van a llevar lo mismo...

 

 

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