¡Cuán duro es ser juez!

Y difícil. No tan sólo ya por los muchos años de estudio que tal actividad requiere, sino principalmente porque juzgar a un semejante valiéndose de las leyes impuestas por los y para los hombres tiene que ser muy complicado. Si no sabemos, en la inmensa mayoría de los casos, juzgarnos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a poder juzgar a otra persona? Es evidente que es tarea ardua.
Aunque el mismo Jesucristo dijese: "No juzguéis y no seréis juzgados", la sociedad, en todas las épocas, ha tenido que regirse por unas normas que protegiesen a los débiles de las injusticias de los poderosos o de los desmanes de los desaprensivos. Pero como normalmente estas normas son impuestas por quienes ostentan el poder, nunca acaban de estar bien confeccionadas. Y contra los asesinos y su violencia poca defensa pueden presentar las víctimas. Para remate, las leyes no están bien hechas y casi prestan más defensa al delincuente que a quienes padecen sus delitos.
El ejemplo más reciente lo tenemos en Tony Alexander King, el británico autor y confeso de los crímenes de las jóvenes Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof, que ha confesado sus crímenes ante el juez de la malagueña localidad de Coín. Este individuo, por denominarle de alguna forma, porque si se le dividiera - que es lo que se debió haber hecho hace años para impedir sus brutales y horribles asesinatos - no hubiera matado a las dos niñas, fue condenado ya por la Justicia Británica a diez años de cárcel por haber estrangulado a ocho mujeres. Una vez cumplida su pena, se limitó a trasladarse a España y a seguir haciendo de las suyas. Aparte de estos dos crímenes que tendrán que ser juzgados y analizados exhaustivamente por los jueces españoles, ha confesado haber llevado a cabo otras agresiones sexuales en la misma Costa del Sol. Y los ingleses tan tranquilos por habernos endilgado a tal "angelito".
En una Comunidad Europea donde hay medios para que todo funcione al unísono, es incomprensible que no haya un tráfico de información sobre estos sujetos peligrosos, pero mucho más incomprensible es que se deje en libertad a un sujeto que se sabe de antemano que va a volver a matar. Incomprensible e indignante.
Yo no soy, ni nunca podré serlo, partidario de la pena de muerte. Pero sí de la privación completa y de por vida de la libertad de tales maníacos. Y si esto resulta caro y penoso para un Estado, ya digo, y con arduo dolor de mi corazón y en contra de mis principios, más valdría eliminarles que dejarles que campen a sus anchas.
¿Qué puede cocerse en la mente de una persona como ésta que, según sus declaraciones, disfruta acariciando el cuerpo de sus víctimas muertas? Pienso que ni los mejores expertos en Psiquiatría podrán nunca a saberlo. Se habla de un problema de impotencia, las dos muchachas al parecer no fueron ni siquiera violadas pero otras sí fueron agredidas íntimamente; se dice de un desdoblamiento de personalidad; se comenta que...
Miren ustedes: Ya que existe un vacío amplio en la Justicia, (este individuo no habría podido ser condenado, según informaciones escuchadas, simplemente por la prueba del ADN ya que ello no está todavía recogido en la Legislación Española), y las condenas por asesinato no pueden exceder de treinta años, los cuales luego se ven reducidos por diferentes circunstancias y el asesino sigue en condiciones de volver a matar, habría que aplicar el consabido refrán de que "muerto el perro se acabó la rabia".
Pero esto, al parecer, no puede decirse en voz alta. Todos los defensores de los Derechos Humanos se nos echarían encima. ¿Y quienes defienden los derechos que las muertas poseían? Pues ya ven lo difícil que es ser juez en tales asuntos.
Felicito tanto a la Guardia Civil como a la Policía Nacional por su esmerado trabajo de localización, investigación y puesta a buen recaudo del tal King. Luego, los jueces tendrán que dictar sentencia y ésta nunca estará acorde con la brutalidad de sus hechos.
Si es que, de veras, habría que aplicar el mencionado refrán... Que este perro no pudiera volver a morder ni tan siquiera a ladrar. Bien sé que por afirmar esto pueden llamarme troglodita. ¡Pues me la trae al pairo, leñe! Y si no, que les pregunten a los padres de las niñas, que íbamos a estar muchos en la misma caverna...

 

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