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Es más fácil matar al mensajero A estas horas en que tecleo estas letras, el cadáver de Julio Fuentes es incinerado en el horno crematorio del cementerio de la Almudena de Madrid. No tuve el placer de conocerle pero sí de leer sus escritos. No hay duda de que el fuego consumirá su cuerpo pero sus andanzas y su memoria quedarán en el corazón y la mente de todas las personas que algún día leyeron sus crónicas. Julio ha sido una víctima más de esta guerra tan absurda y tan cruel contra el terror y, en particular, de la ignorancia y la desesperación que reinan en el semidestruido régimen de los que un día supieron mantener a todo un pueblo sometido y ahora se ven acosados por aquellos que buscan venganza de la furia con que fueron perseguidos. Los tiburones, en su agonía, saben asestar coletazos mortales y éste ha sido uno más y, tal vez, no el último. Hace años firmé una póliza de seguro de vida para mi tres hijos. Da la casualidad de que es más barato que la secular póliza de decesos que mantenían nuestros abuelos y aún se sigue pagando por mucha gente. “Pagar el entierro”, le llaman. Y es que, en verdad, hasta morirse es caro en esta sociedad en que vivimos. Pues cuando declaré que mi hijo era periodista y trabajaba para un diario madrileño, automáticamente me cobraron un recargo elevado sobre la prima que le correspondía, por el concepto de peligrosidad. Yo, entonces, no lo comprendí. ¿Qué riesgos extraordinarios podía correr mi chico, el joven estudiante que iniciaba sus pasos en esa singular carrera de la información? El corredor de seguros pasó a informarme que muchos más de los que yo podía creerme. ¿Sentado ante un ordenador, escribiendo?, pensé yo. Y mencionó la cifra de muertos, todos de forma violenta, en dicho gremio durante el año anterior. Días más tarde cubrió el informe de la consecución de una Copa de Europa por el Real Madrid. Y allí, junto a la estatua de la Cibeles, le pasaron rozando las botellas que lanzaban unos borrachos y las bolas de goma que arrojaban los antidisturbios. Volvió a casa por su pie y sano y salvo, pero lo mismo podía haberse quedado en el camino. Toda profesión tiene sus riesgos y estos deben ser asumidos por el trabajador. Mucha gente, demasiada, fallece, por ejemplo, en la Construcción. Pero existen Comités de Seguridad en el trabajo que tratan de impedir los accidentes. En el caso del periodista no existe más que la loca voluntad de apretar el gatillo que un desesperado tenga. No es ya el asomarse a una trinchera con una cámara de vídeo al hombro, lo más parecido que hay a un lanzagranadas y, por tanto, posible y casi necesario objetivo de un tirador. Es el asesinato inútil a sangre fría de unos informadores que no interesa que informen. Siempre fue más fácil acabar con el mensajero que conceder respuestas. Se ha utilizado desde lo más antiguo y, al parecer, sigue siendo puesto en práctica. Esperemos que sea la última vez, pero será difícil. La tinta y la sangre se entremezclan fácilmente en las galeradas. Es el precio de la libertad de expresión, que no se paga con lo que cobran en el quiosco. |